Otro Chávez para Irán
POPULISTAS, fundamentalistas de una u otra revolución, con mucho petróleo a su disposición..., en esto coinciden el nuevo presidente iraní, Ahmoud Ahmadinejad, y el venezolano Hugo Chávez, el liberador de las Américas. En el caso de Ahmadinejad, al poco de su elección aparece la noticia de que supervivientes del brutal secuestro de la embajada norteamericana en Teherán, allá en el año 1979, están identificándole como uno de los secuestradores. Es una sustanciosa aportación a las tan precarias relaciones entre ambos países mientras el régimen de los ayatollás prosigue con la intención de tener arsenal nuclear propio.
Es tanta nuestra desmemoria que no está de más evocar los rasgos generales de aquel secuestro en 1979. El secuestro lastró la última fase de la administración Carter y concluyó al llegar Ronald Reagan a la Casa Blanca. Los ayatollás habían dicho que los Estados Unidos eran el gran Satán. Aquel secuestro, de una duración superior al año, fue la venganza de Jomeini contra el Gran Satán. Los secuestradores exigían que el Sha derrocado y refugiado en los Estados Unidos fuese entregado a Irán y juzgado como malhechor. Sería turbadora la confirmación de que el actual presidente de Irán, ya temido por sus proclamas regresivas, fuese uno de los activistas radicales que ejecutó el secuestro.
Algunos de los más de cincuenta americanos secuestrados entonces han dicho -según el 'Herald Tribune'- que uno no suele olvidar la cara de alguien que te retuvo bajo amenaza durante 444 días. Entonces quedaron del todo rotas las relaciones diplomáticas entre Washington y Teherán.
Quizás no se logre determinar con previsión si quien hoy es presidente de Irán ayer fue un terrorista. Incluso así, Ahmadinejad es un peligro, como lo es Chávez o seguramente mucho más. Entre otras cosas, tiene la capacidad de inflamar la población chiíta de Irak. Ese es un riesgo que da poco margen de maniobra a Washington para amoldar a sus políticas los ímpetus de Ahmadinejad. No sería fácil olvidar que el día de las elecciones que le hicieron presidente, Ahmadinejad pisó una bandera de los Estados Unidos para ir a votar. Al ser elegido su propósito fue continuar con su programa nuclear.
La elección de Ahmadenijad contrasta paradójicamente con una sociedad iraní que sobre todo en el sector profesional y urbano está harta de la ortodoxia impuesta por unos ayatollás que a su vez ya no creen en nada, solo en el poder y en el ejercicio de la corrupción que resulta tan asequible cuando el petróleo mana. Ese mismo petróleo es el que, en el caso de una votación del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el programa nuclear de Teherán, llevaría a China a ejercer el veto puesto que depende considerablemente del oro negro iraní. Esas son las verdades de la 'realpolitik' frente a las arcangélicas alianzas de civilizaciones.
Con su nuevo presidente, Irán se niega las posibilidades de un deshielo político que diera paso a los reformismos. El petróleo está al servicio del Estado teocrático, como en Venezuela está a disposición de la revolución bolivariana y da un respiro al régimen de Castro. Desafortunadamente, la incógnita Ahmadenijad reintroduce a Teherán en primera fila geoestratégica.