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Matemáticas y sentido político
Por Hernán Invernizzi


Se escribió mucho acerca de las últimas elecciones. No obstante, quedan algunas cosas por decir, no sólo acerca del proceso electoral en sí mismo sino además acerca de algunas reacciones alrededor del los comicios.

En un artículo anterior analizábamos algunos aspectos de las pasadas elecciones en la Ciudad de Buenos Aires, en donde señalábamos que detrás del triunfo del ingeniero Macri “hay un frente político escasamente orgánico que expresa la crisis del sistema de representación a nivel de la reorganización de las fuerzas conservadoras, para lo cual no sólo han aprovechado la confusión general y la estructura de clases de la Ciudad, sino además la capacidad de sus cuadros propios y las limitaciones del llamado “espacio progre” porteño”.

Poco después parecería que el ingeniero porteño “perdió lo que ganó” a manos de una abogada chaqueña. Pero, si es cierto que detrás de del triunfo de Macri hay un frente político escasamente orgánico y no un partido político - y si es cierto que esos frentes expresan una crisis del sistema de representación y no una nueva propuesta de organización política - entonces, en realidad, el pretendido éxito de la doctora Carrió expresaría lo mismo pero de forma un poco más sofisticada.

La heterogeneidad del “frente macrista” es equivalente a la del “frente lilista”. El “voto Carrió” – no sólo en la Ciudad – también expresa esa crisis, pero de forma un tanto más complicada debido a la mayor complejidad del frente ideológico-político que acompañó a la candidata. No se trata de que los votos de los porteños no tengan dueño, como se ha dicho, sino que la sociedad porteña – pero no sólo la porteña -  carece de estructuras de representación genuinas. Algunos candidatos tienen cierta habilidad para obtener éxitos puramente estadísticos y coyunturales en este ambiente inestable y enmarañado. Pero no evidencian la misma habilidad para construir y acumular.

Esa teoría elitista según la cual los votos tienen o no tienen dueño, no sólo fue desmentida hace años cuando un ignoto médico radical le ganó la provincia de Buenos Aires al peronismo, o después por los casos de Catamarca, La Rioja y la ciudad de Córdoba con la aparición de Luis Juez. También quedó desmentida con el caso del intendente de Morón, Martín Sabatella, que ganó tres veces seguidas con más del 50% de los votos, en un municipio donde hay 242.000 votantes – más que en Vicente López o Bahía Blanca. Se suman ahora los casos de Darío Díaz Pérez, que en Lanús (349.000 electores) desplazó al imbatible Manuel Quindimil, y de Francisco “el Barba” Gutiérrez, que en Quilmes (385.000 votantes) le ganó con claridad al candidato del Ministro del Interior.

La euforia liberal que presentó como una victoria a una derrota con excepciones (Córdoba, Ciudad de Buenos Aires), hasta llegó al ridículo de olvidar que desde 1983 a la fecha el peronismo sólo una vez ganó en la Capital del país. Algunas fuerzas políticas deberían preguntarse porqué sólo pueden ganar en la Ciudad de Buenos Aires, mientras que al peronismo quizás no lo preocupe tanto que sólo en un distrito pierde casi siempre desde hace 25 años...

Sobre todo los grandes medios gráficos instalaron a la Dra. Carrió como la imagen misma del opositor que ganó, del perdedor que a pesar de la derrota salió ganador. Si bien es cierto que la ex diputada salió segunda, también es cierto que lo hizo con votos que no representan un compromiso ideológico- político estable, votos que no expresan de manera homogénea y consistente un interés de clase o de sectores socio-económicos. Muchos de esos votantes no están en contra de lo fundamental del actual modelo económico, comparten – con matices – la política de derechos humanos del gobierno, celebran la consolidación de una nueva Corte Suprema, etc. Muchos de ellos estaban más interesados en forzar el ballotaje que en cambiar el rumbo del país. Y si llegaban al desempate, es difícil saber si todos la hubieran vuelto a votar.

El voto al ex ministro Lavagna, en cambio, es un voto con mayor consistencia ideológico-política. Porque los votos al ex ministro y el frente que lo respaldó, son votos que francamente aprueban el modelo del cual Lavagna fue parte desde las épocas de Duhalde. Es un voto según el cual “está todo bien pero no es para tanto”; todo bien pero más Lula y menos Chávez. Lo mismo pasa con los votos obtenidos por el otro ex ministro, López Murphy, que expresa la crítica antagónica al llamado “modelo K” pero con una clara perspectiva doctrinaria y de clase. A mediano plazo estos votos tienen menos volatilidad que el voto a la Dra. Carrió.

De modo que, como señala con sabiduría un viejo dicho: en política nunca dos más dos es igual a cuatro. Una cosa es la pura estadística electoral y otra muy diferente su significación. La candidata oficial obtuvo el 45% de los votos, el doble que el actual Presidente, que asumió en circunstancias excepcionales. Se ha dicho que se trata de un claro apoyo a los éxitos económicos de la actual gestión. Si eso es cierto, entonces también es cierto que la mayor parte de los votos a Lavanga significan un “respaldo critico” a la misma política económica. Y lo mismo ocurre con X porcentaje de los “votos Carrió”.

De modo que, en realidad, la propuesta económica oficial recibió un apoyo más amplio que el 45% obtenido por la senadora Fernández de Kirchner, lo cual significa una especie de desintoxicación en una sociedad que durante décadas estuvo empachada de esa rara especie que es el liberalismo vernáculo. No obstante, queda pendiente el problema de la cultura política, el mundo de los valores simbólicos, la ideología y los rituales, que nadie haría bien en despreciar.

Apredizaje

Durante los días inmediatamente posteriores a los comicios, en la búsqueda de sentido acerca de los datos matemáticos, aparecieron en los grandes medios gráficos opiniones que, a veces, son tan reveladoras como los votos mismos.

Columnistas de “La Nación”, por ejemplo, funcionan como una perspicaz y creativa usina intelectual opositora, que le brinda a las fuerzas políticas liberales más argumentos y propuestas que todos los cuadros activos de esas mismas fuerzas.

Según Morales Solá “la futura presidenta no debería ignorar que más del 50% de los argentinos votó por otras expresiones políticas”. Es curiosa la advertencia, dado que en realidad todos los candidatos deberían tener en cuenta que nunca los votan todos. Si la candidata del Frente para la Victoria hubiera obtenido el 70% de los votos, el columnista le hubiera recomendado recordar que no la votó el 30%?  Cuál es la diferencia? Cualquier gobernante electo “no debería ignorar” que hay otros que no lo votan, sean ellos más del 50% o apenas el 25%. Tampoco debería olvidarlo el ganador de un centro de estudiantes o el secretario general de un sindicato...

En el mismo artículo Morales Solá señala que la doctora Carrió “fue la más creativa entre los dirigentes opositores: se corrió al centro cuando vio que la propuesta progresista que ella lideraba ya tenía, bien o mal, una poderosa oferta con los Kirchner. Eso es lo que Roberto Lavagna nunca quiso hacer y, al final, redujo su propuesta a un módico mejoramiento de los métodos de Kirchner. "Nos diferencian las palabras, no las políticas", suele decir el propio Kirchner de su ex ministro de Economía. Lavagna desoyó, en tal sentido, insistentes consejos de Eduardo Duhalde para que no compitiera con los Kirchner por el mismo espacio político...”

Se trata de una lógica curiosa en una columna en la cual se dice reivindicar los llamados “valores republicanos”. Según esta lógica, Lavagna hizo mal porque fue auténtico con la sociedad y Carrió estuvo bien porque hizo todo lo contrario. Dicho de otro modo, lo valioso no sería convocar a la sociedad detrás de un proyecto propio (que en este artículo sería el caso Lavagna) sino el oportunismo ( que sería el caso Carrió corriéndose no hacia sus convicciones sino hacia sus conveniencias). De esta forma, el llamado republicanismo liberal aparece reivindicando la eficacia política (lo importante es ganar) por encima de los valores (autenticidad, consecuencia, honestidad intelectual, etc).

Más allá de las definiciones y los implícitos del periodista, queda pendiente la duda acerca de si la doctora Carrió se corrió “al centro” porque le convenía, o si el alejamiento de su real o presunto progresismo fue un acto de sinceramiento.

El doctor Mariano Grondona se manifestó preocupado porque la Argentina podría estar frente a un caso de reelección indefinida entre un matrimonio que se presente alternadamente durante varios períodos sucesivos. Para desarrollar su argumento elaboró una introducción doctrinaria según la cual  “todas las constituciones giran en torno de una fórmula central: cuándo y cómo se hará la transmisión del poder, entendiéndose habitualmente por "poder" el poder "ejecutivo" que ejerce, en los Estados Unidos y en las naciones latinoamericanas, un presidente”.

Es indudable que el tema de la transmisión del poder ejecutivo es un aspecto importante de esas constituciones. Pero definirlo como “fórmula central” instala el problema de por dónde pasan las “centralidades” de una constitución. Un artículo periodístico no puede convertirse en un tratado de derecho constitucional, es cierto. Pero también lo es que basta con un paréntesis para establecer que el autor no ignora ni menosprecia otras centralidades constitucionales, como aquellas que hacen a los derechos y garantías de los ciudadanos, por ejemplo. Estos desplazamientos se convierten, así, en definiciones políticas enmascaradas de análisis constitucionalista.   

Carlos Pagni, en el mismo periódico, advierte que “las matemáticas del domingo (de las elecciones) pusieron en evidencia una fractura llamativa en la orientación social del voto. El electorado y la política parecen organizarse en dicotomías superpuestas. Mundos que coexisten, incompatibles, dentro del mismo país.

“La primera medianera, que se insinuó en los cómputos iniciales, se ve desde ayer
más impactante. Es la que separa a la clase media de las grandes urbanizaciones,
de los vecinos de localidades pequeñas o del campo. Cristina Kirchner arañó el
45% de los votos sin haber ganado una sola gran ciudad, salvo San Miguel del
Tucumán y Mendoza. Curioso: conquistó Gualeguaychú a pesar del ambientalismo.
Perdió en la Capital Federal, Rosario, Córdoba, Mar del Plata, La Plata, Bahía
Blanca, Vicente López, San Isidro.

“(...) Si el kirchnerismo se sintió en algún momento llamado a tender un puente entre dos culturas, ese sueño terminó hace 48 horas. La propuesta del Gobierno quedó más encerrada en una geografía y una clase social que las experiencias peronistas del cafierismo o del menemismo.”

Este artículo permite analizar problemas que van más allá del texto firmado por el periodista. Uno de ellos es de “vocabulario”. En éste y otros escritos periodísticos se habla de “grandes urbanizaciones”, “pequeñas localidades”, “campo”, ciudad”, conurbano, etc. de manera tan peculiar que deberíamos reformular todo nuestro conocimiento acerca de la geografía argentina.

San Isidro (249.000 votantes), Vicente López (220.000), La Plata (441.000), Bahía Blanca (211.000), Rosario (876.000) o Mendoza capital (98.000) serían “grandes ciudades”. Pero... qué serían con Matanza, Lomas de Zamora, Quilmes, Lanús, Avellaneda o Morón...

Cuando éste u otros comentaristas se refieren a localidades en las cuales habría predominio de clase media y media alta, éstas se vuelven “ciudades”, “grandes centros urbanos”, etc. Se concluye entonces que el mundo urbano le da la espalda a un candidato y que apoya a otro. Los demás – sin que importe la cantidad de votantes, el nivel promedio de ingresos, etc. – se vuelven “pequeñas localidades”, “barriadas”, “pueblos”... y hasta “campo”. Llegando al extremo de que a veces, ni siquiera existen, no se las menciona.

De esta forma caemos en absurdos como el siguiente: Mendoza (capital), Bahía Blanca, Vicente López y San Isidro aparecen dentro de la categoría de las “grandes ciudades”, mientras que Matanza, Quilmes, Lanús, Lomas de Zamora, Avellaneda o Morón quedan reducidas a “pequeñas localidades”, “barrios”, “municipios”, dentro del genérico “conurbano”, o bien directamente condenadas a la inexistencia.

Por un lado, no hay cómo sostenerlo desde el punto de vista puramente matemático. Bahía Blanca cuenta con 211.000 votantes, Mendoza con 98.700, Vicente López con 220.000 y San Isidro con 249.000, mientras que Matanza tiene 773.000, Quilmes 385.000, Lanús 348.000, Lomas 415.000, Avellaneda 254.000 y Morón 241.000 votantes. Es decir que las cuatro presuntas ciudades representativas de “lo urbano” tienen menos electores (y por lo tanto menos habitantes) que cualquiera de los otros acá mencionados como ejemplos. Para algunos articulistas éstas no serían “ciudades” sino algún tipo de ente urbanístico de menor categoría. Pero las que apoyan a otros candidatos pasan a ser “ciudades”, aunque se trate de “municipios” equivalentes, como al comparar Vicente López con Lanús.

Y por el otro lado, es por lo menos discutible sugerir o implicar (según los casos) que estas “ciudades” son puramente representativas de la clase media y media alta, mientras que las otras lo serían sólo de los “sectores populares”. Porque así como Lanús, Avellaneda o Morón se caracterizan por la notoria presencia de amplios barrios de clase media, de modo inverso, San Isidro o Bahía Blanca incluyen tanto villas miseria como barrios de sectores de bajos ingresos.

Esos análisis pretendidamente sostenidos por verdades socio-económicas, en realidad tienen por objetivo instalar la idea puramente política de que el gobierno kirchnerista sólo está apoyado por “los pobres” y enfrentado a la clase media y media alta. O sea, que expresaría una fractura de clases, enfrentamiento, antagonismo y polarización. Se entiende así la oración apocalíptica del artículo usado como ejemplo: “Si el kirchnerismo se sintió en algún momento llamado a tender un puente entre dos culturas, ese sueño terminó hace 48 horas”.

Sería lamentable que estemos en el inicio de políticas editoriales parecidas a otras que se vieron durante el siglo veinte, destinadas a promover divisiones socio-políticas que costaron tragedias y problemas graves a la sociedad argentina – en las cuales siempre fueron los sectores populares los que más perdieron. Pasó con el golpe del 30 así como a mediados de los años ’50; pasó con la presidencia del doctor Íllia y también con los meses previos al golpe de 1976. Ya pasó. En nombre de ciertos valores, tanto el liberalismo democrático como los liberales autoritarios promovieron la política del conflicto antagónico, de la división en dos de la sociedad, con las consecuencias conocidas. Parecería que algunos no aprenden nada de la historia.

 

 

 
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