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Las nuevas relaciones internacionales y la guerra frķa - II
Por Hernando Kleimans


El crudo trepando irremisiblemente hacia los 100 dólares el barril. Explosión crítica y mundial de los precios de los alimentos. Recalentamiento hasta el paroxismo de la crisis financiera en los Estados Unidos. Alarmas varias por el calentamiento global. Tales son las condiciones reinantes. Objetivas. Cada una de ellas tiene sus causas y sus orígenes. Los daremos como sentados y los pasaremos por alto. Como digo siempre, el que quiera puede obtener todos los datos aleatorios en las innumerables páginas de la web.

El objetivo de esta segunda nota sigue siendo analizar la nueva etapa de una recurrente “guerra fría” que se convierte cada vez con mayor evidencia en la protagonista central de las relaciones políticas y económicas internacionales.

En este contexto, aquel que tenga elementos propios que incidan en el cuadro anteriormente descrito tendrá que trazar con muchísimo cuidado su línea de conducta. Las grandes potencias, de una o de otra forma, vendrán “a por ellos”. Energía, alimentos, agua potable y naturaleza benigna se convierten en atractivos mortales.

Resurgen conflictos que parecían tapados por la globalización. Mejor dicho por un aparente reinado unipolar en la globalización. Pongamos las cosas en claro de una vez para siempre: son elementos contradictorios. Si existe globalización no puede existir unipolaridad. Un enfoque grosero de la realidad es el que pretende conjugar estos dos términos, confundiendo su significado. Intentando que ambos impliquen la misma cosa.

La globalización es un proceso que abarca un número cada vez mayor de actores. Con una diversidad abrumadora pues no se trata simplemente de incorporar otro “miembro” al “club” globalizador. Cada uno de los factores de este proceso aporta un elemento nuevo, diverso, diferente tanto en calidad como en cantidad. Tal es la “mágica” interacción entre la aparición de nuevos, revolucionarios medios de producción, la gestión de nuevas y amplias masas de productores y el acomodamiento de las relaciones socio-económicas a estas nuevas realidades.

Esta interacción ha modificado sustancialmente, radicalmente, el concepto de revolución y la ecuación evolución-revolución. Marx tenía toda la razón del mundo al calificar a la violencia como la partera de la revolución. Hoy, con las nuevas tecnologías y métodos, con la constante incorporación de nuevos sectores a todo tipo de producciones, con la modificación del propio concepto de clase social, debemos reconocer que la violencia ha dejado de ser partera de la revolución. Hoy se ha impuesto el parto sin dolor. La violencia se ha convertido en símbolo de opresión, de atraso y de impotencia.

En su “Imperialismo, como fase superior del capitalismo”, Vladímir Ilich Lenin avizoraba el futuro y advertía que países tan adelantados como los Estados Unidos podrían pasar de un estadio socio-económico inferior a otro superior sin recurrir a la violencia. La inclusión social en los nuevos métodos de producción impone la necesidad de cambios no sólo en las relaciones de producción, sino en el apropiamiento de la plusvalía. La ecuación evolución-revolución o, si se prefiere, la acumulación de cambios cuantitativos hasta su salto de calidad se da, se está dando por acción de los propios parámetros de esa producción: inclusión, capacitación, elevación de las necesidades de la fuerza de trabajo, definición social del capital.

La globalización ha impuesto estas modificaciones en un sentido transversal. El sistema imperialista, donde poderosos países centrales dominan, explotan y subyugan a los países periféricos conservándole a su fuerza de trabajo esclava o semi-esclava sólo lo necesario para su reproducción, ha sido traspasado por la interrelación de los nuevos factores mundiales. Los antiguos centros presentan inclusive muy dañadas sus funciones de controladores financieros omnipresentes. El creciente deterioro de estas funciones de gendarme financiero revela, a todas luces, la decadencia de todo el sistema imperialista. Los cambios cuantitativos se acumulan y pueden pasar a una nueva calidad por el efecto y la incidencia de esta nueva “masividad”.

Países que hasta no hace mucho tiempo dependían por completo de la munificencia de los países mal llamados centrales, hoy dictan sus leyes. En nuestro continente, Venezuela y Bolivia son los ejemplos más concretos. Pero el resurgimiento del cobre le ha servido a Chile para volver a ubicarse en la mesa de las negociaciones con una fuerza impensada. La Argentina y el Brasil pueden llegar a imponerse como suministradores mundiales de proteínas. Algo tan fundamental como el suministro energético.

Si, a la luz de esta realidad, quisiéramos sistematizar, regular la calificación de los países, la propia diversidad del campo haría muy difícil repetir las simplificaciones de décadas pasadas. Tercer mundo, países en vías de desarrollo, Norte-Sur… conceptos que nunca fueron patrones metodológicos y que ahora aparecen simplemente como expresiones “naif” de seudocientíficos sociales. Cabe apuntar que “naif”, en ruso, significa “ingenuo”.

En este mismo canasto se halla el concepto de “potencias centrales”. ¿Centrales de qué? ¿a quién concentran? O mejor aún, ¿hacia quiénes irradian?

Tomemos el caso de los Estados Unidos de Norteamérica (EUN). Carece de reservas de todo tipo, afronta durísima crisis financiera, no tiene capacidad militar, su sociedad aparece cada vez más fragmentada y es el principal causante del desastre ecológico mundial con industrias altamente obsoletas. Roma, como dije en mi anterior escrito. No le encuentro mejor parangón histórico.

Sólo que, por las dialécticas leyes del desarrollo de la Humanidad, esta Roma cuenta con armamento nuclear y misilístico, y por su despliegue económico su incidencia es planetaria. La sorda disputa por la necesaria reforma de la ONU, cuya estructura está lejos de responder a las realidades internacionales, es una manifestación evidente de este antagonismo entre lo que muere y lo que nace.

Mientras esta situación bloquea cualquier desarrollo satisfactorio en los propios EUN, sus principales sostenes, las grandes transnacionales, emigran cuidadosa y sigilosamente hacia otros continentes, se fusionan con grupos económicos de terceros países, diversifican sus activos llevándolos fuera de la otrora metrópoli mundial. Claro está, no se trata de un proceso lineal. Nunca los hubo en la historia. Chrysler se fusiona con Daimler Benz y todo parecía ser un casamiento para siempre. Daimler acaba de separarse.

Europa muestra su verdadera cara, para nada subordinada. La UE se vuelca cada vez con mayor pasión hacia su vecino oriental, Rusia. Energía, mercados de consumo, campo seguro para las inversiones, emprendimientos tecnológicos conjuntos. Los países “cadeneros” como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia o España tiemblan si alguien les incita a endurecer sus relaciones con Moscú en aras de defender la “democracia occidental”.

La administración Bush, a través de su empecinada secretaria Condoleezza Rice, se ha empeñado en financiar directa o indirectamente, las distintas intentonas separatistas emprendidas en algunas ex repúblicas soviéticas. Las llamadas “revoluciones naranjas” (por el color de los estandartes con que se embanderó la operación en Ucrania) no hicieron más que exacerbar las contradicciones internas y desnudar una dura indisposición de sus líderes para resolver los reales problemas nacionales.

En Georgia, Mijaíl Saakashvili, egresado de la Universidad de Columbia y abogado del estudio neoyorquino de Patterson, Belknap, Webb & Tyler, financiado por la Fundación Soros y el magnate ruso-israelí exiliado en Londres, Borís Berezovski, no logró ordenar su gobierno y garantizar el asentamiento de bases estadounidenses en el candente territorio caucasiano. Bases cuyo objetivo, desde luego, no es la detección e impedimento de avances del terrorismo islámico, sino el libre “laisser passer” de los hidrocarburos del Caspio y el dominio sobre el Mar Negro.

En Ucrania, el presidente Víctor Iúshenko, también financiado por Soros y Berezovski, no pudo imponer su dominio y finalmente debió cederle el poder a su rival pro-ruso Víctor Ianukóvich, líder del Partido de las Regiones, que representa al oriente ucraniano.

Washington y Bruselas fracasaron en su intento de abrir el candado de Europa Central y dominar el sistema de ductos que llevan petróleo y gas desde Siberia hasta Europa Occidental. Como resultado de ello, el precio del Ural Export ruso se disparó en Londres hasta rozar los 80 dólares el barril…

La Unión Europea reacciona dolorosamente ante estas realidades y sus líderes emprenden reiterados “viajes a Canossa” para distender el conflicto. Acaba de presentarse un modelito de este panorama. El nuevo y durísimo primer ministro ruso Víctor Zubkov, presunto partícipe del enroque que Vladímir Putin dibuja para cuando en 2008 deje su presidencia: él como primer ministro y Zubkov como presidente (recordemos “Cámpora al gobierno, Perón al poder”), en su primera gestión de gobierno le presentó a Kiev una “cuentita” de 2.000 millones de dólares por el gas impago. Al mismo tiempo, notificó a la UE que podría haber problemas de suministro si Ucrania no pagaba. El conflicto tardó un día en resolverse a satisfacción de Moscú: Ianukovich se reunió en la capital rusa con Zubkov, acordó el pago y recibió las correspondientes eurobendiciones.

El reciente viaje de Sarkozy a Moscú y el inminente de Angela Merkel son un clarísimo ejemplo del delicado cuidado con que los líderes eurooccidentales tratan al Kremlin. Para Alemania, la relación con Rusia es vital en tanto que, en un momento de sostenido auge económico, casi el 50% de su generación energética es rusa.

Para Francia, esta relación implica, además de los suministros energéticos, el sustento tecnológico de su programa espacial, el destino principal para sus inversiones y un mercado básico para sus productos. Este furibundo defensor del atlantismo que ahora llama al presidente Putin “mon ami Vladimir” fue, hasta hace muy poco tiempo estrecho aliado de Washington. En su reciente conferencia dictada en la Universidad de Moscú, puso distancia reconociendo su amistad con EUN y al mismo tiempo sentando su clara divergencia en los aspectos centrales de la política internacional.

Por ejemplo, en la tozudez washingtoniana de implantar sistemas antimisiles en Chequia y en Polonia (como se sabe, los conversos son los peores enemigos…). El pretexto washingtoniano es que esos sistemas previenen contra ataques misilísticos terroristas. Algo que Rusia rechaza con total firmeza y argumentos más que convincentes: ningún país fuera de Europa puede alcanzar a ésta o a los EUN con hipotéticos cohetes intercontinentales. Putin acaba de advertirle a Rice que “no insistan” con ese programa. Dijo el presidente ruso que si se avanza con esta idea, muy pronto estarían discutiendo la instalación de cohetes en la Luna en lugar de seguir con los programas de cooperación espacial.

Putin dice lo que dice mientras las fuerzas armadas rusas prueban uno tras otro nuevos sistemas de armamentos tácticos y estratégicos y redes de detección temprana y las corporaciones del Complejo Militar Industrial ruso siguen ampliando su mercado de venta de armas hacia Asia, América Latina y África. Y mientras la trader estatal de armamentos, “Rosoboronoexport” aumenta su participación en los programas espaciales franceses y chinos, compra más acciones en EADS, el consorcio europeo de los Airbus,  o acuerda con Boeing la fabricación de partes esenciales para el demorado 787.

Es mi intención evitar la mención del actual presidente estadounidense. El desdichado Bush está cada vez más aislado y presenta cada vez mayores grietas. Pero la crisis lejos está de obedecer a esta, digamos, “original” manera de presidir la principal potencia mundial. La crisis es la crisis de esta potencia, no de una presidencia.

A partir de allí, creo de suma importancia advertir que la tensión que provoca la frágil posición en la que se encuentra Washington hace posibles peligrosos vaivenes y aproximaciones a situaciones críticas desde el punto de vista político y militar.

Mientras la UE mira para otro lado, Turquía se convierte en un insospechado, no calculado e incontrolable contrincante en lo que Churchill llamaba “el bajo vientre europeo”. En realidad, Turquía nunca dejó de sustentar una política imperial en sus relaciones internacionales. El Imperio Otomano cayó a principios del siglo pasado pero sólo en su faz meramente territorial. Kemal Attaturk y sus “jóvenes turcos” eran de un nacionalismo extremo. Ankará ha consolidado sus redes con países afines como Azerbaidzhan o Turkmenistán y ha vuelto a una relación estable con su poderoso vecino ruso, con el que se ha cansado de guerrear durante siglos por la posesión de las riberas del Mar Negro y el libre paso por los estrechos del Bósforo.

Lo curioso del caso es que, con esa política, Turquía se ha asegurado su provisión energética tanto por el ducto “Torrente Azul” desde Rusia como por los caños del ducto Bakú-Tbilissi-Ceyham. El primero atraviesa todo el Mar Negro con el gas ruso y hecha por tierra aquel secular antagonismo. El segundo lleva petróleo azerbaidzhano, ruso y kazajo hasta el puerto de Ceyham, sobre el Mediterráneo. En este tendido participa, entre otras, “UNOCAL”, el holding norteamericano cuyo CEO es el general Alexandr Haig (de funesta memoria para los argentinos) y cuyos consejeros son Henry Kissinger y Zbignev Bzezhinski.

Otro elemento de curiosidad es que el famoso proyecto de gasoducto desde Turkmenistán hasta el Golfo de Bengala, pasando por Afganistán y Pakistán, en el que apareció como “frentista” cierta empresa petrolera argentina largamente desairada luego, fue apropiado por la misma UNOCAL, acentuando así su papel de “buscador energético” de Washington y de encubierto agente represor de los movimientos nacionalistas locales.

Pues bien, en estos momentos esos intentos de la Administración Bush dirigidos a aliviar la provisión interna de hidrocarburos fracasan en toda la línea. En Turkmenistán la muerte del permeable y altamente corrupto Saparmurat Turkmenbashí (neé Niazov) trajo al poder a un astuto Gurbangulí Berdimujammédov quien, tras liberar a los miles de presos políticos del “padre de los turkmenos” (tal la traducción de Turkmenbashí), le aseguró a sus vecinos inmediatos, Afganistán, Rusia y el propio Pakistán, una provisión directa de gas.

En Afganistán, está cada vez más claro que el presidente Karzái pierde poder frente a los invencidos talibanes. Los groseros y criminales ataques de la aviación estadounidense sólo agudizan esta situación. Algo que, desde luego, impide el desarrollo de cualquier proyecto serio de inversiones.

En Pakistán, el aliado Pervez Musharraf, reelecto presidente pero con un incierto futuro político, tiende su mano de concordia a la exiliada ex primer ministra Benazir Bhutto lo cual significará a plazo vista un viraje en su desempeño como socio incondicional de los intereses norteamericanos en la región.

Por si esto fuera poco, los kirguizos, los uzbekos y los tadzhikos, que hasta hace poco permitían el posicionamiento militar de EUN en Asia Central so pretexto de combatir al terrorismo islámico pero con la intención de llenar sus alforjas con las dádivas de allende el océano, han desandado el camino y en la práctica las bases aéreas norteamericanas fueron levantadas y su personal evacuado.

Un relevante papel en este sentido juega la Organización de Cooperación de Shangái (ShOC). En su reciente summit en Dushanbé, capital de Tadzhikistán, esta asociación entre Rusia, China, la India, Kazajstán, Kirguizia, Tadzhikistán, Uzbekistán, Pakistán e Irán (con una futura asociación de Indonesia en ciernes) concretó su alianza con la Organización del Pacto de Seguridad Colectiva, compuesta por las ex repúblicas soviéticas. Nace así la ya conocida como OTAN Oriental que abarca casi el 70% del territorio euroasiático y casi la tercera parte de la población del planeta.

De modo que en Asia Central, gracias a una errática política impuesta por su crítica situación económica, los EUN han visto como se le cierran las puertas. Los factores locales, antes calificados como atrasados, atrabiliarios, impotentes, sentaron  sus reglas.

Quedaba Turquía como plaza fuerte de Washington en la región. Más o menos, digamos. Algo parecido al rol de Arabia Saudita… “Con semejantes aliados, líbrame de enemigos”, diríamos… Pero es lo que hay y no pida usted otra cosa. Sin embargo y aunque la UE sigue impidiendo el libre acceso turco a su membresía, los EUN, en aras de sus necesidades logísticas en Asia Central, permitieron que el gobierno del nacionalista de derecha Tayyip Erdogan reafirmara sus pretensiones sobre la dividida Chipre, expandiera sus vínculos económicos con Azerbaidzhan y Turkmenistán (dos países turcófonos) y, sobre todo, reivindicara sus derechos sobre el norte iraquí con riquísimos yacimientos de hidrocarburos, so pretexto de combatir a los secesionistas kurdos, unas paupérrimas tribus que viven acaballadas en la frontera entre ambos países y que secularmente reclaman su autonomía, pero incapaces de trascender de un escenario meramente regional.

La invasión estadounidense a Irak calentó las ambiciones hegemónicas turcas y disparó los preparativos bélicos. La frontera norte iraquí se convirtió en un colador por el que transitan libremente las tropas turcas “en busca de los terroristas kurdos”.

Faltaba el correspondiente “atentado de Sarajevo” para justificar una ofensiva plena. El congreso norteamericano acaba de facilitarla, condenando el genocidio de armenios, efectuado por Turquía en… 1915. Algo que nadie se anima a tocar. Rusia misma, pese a tener a Armenia como principal aliada estratégica en la región caucásica, desechó cualquier tipo de declaración solidaria. Los congresistas demócratas, impulsados por la cercanía del derrumbe de la actual administración de Washington, dispararon este obús sobre la temblequeante estructura erigida por la secretaria Rice para sostener la deteriorada imagen de su presidente.
¿Qué puede ocurrir si los militares turcos invaden el norte de Irak? ¿Qué ocurrirá con el petróleo mundial si uno de sus principales proveedores “estalla” y se fragmenta? ¿Cuál será la respuesta de Irán?

¿Y cuál será la posición que asumirán en nuestro continente estrechos aliados de Irán como Bolivia y Venezuela, ellos mismos principales proveedores energéticos de la región? ¿Y cómo se preverán los intentos para apoderarse de nuestros ingentes recursos naturales que, sin duda, efectuarán esas mismas “UNOCALes” que ahora ven frustrados sus designios en regiones que consideraban propias?

Esto es una nueva vuelta de tuerca en la contraposición mundial de intereses. Lo que en su momento Churchill (es que hay que mencionarlo una y otra vez a este genio pragmático) advirtió en su famoso discurso de Bretton Woods. En 1944 el lord Marlborough que se había echado al hombro la salvación del imperio británico, propuso todo un sistema de interrelación económico-política en un intento por evitar que esa contraposición mundial volviera a encender hogueras bélicas.

La segunda posguerra del siglo XX transitó por otros caminos. El final de la guerra no terminó con los conflictos por la repartición de mercados en el mundo. Por el contrario, agregó nuevos ingredientes. La “guerra fría” en realidad fue la exteriorización violenta de esa lucha por los mercados.

El derrumbe de la URSS fue el resultado de esa lucha. Quien haya transitado por el territorio soviético en los albores de la década del 90 habrá podido ver las ruinas de esa derrota: fábricas cerradas, equipos tirados a los costados de los caminos, poblaciones exangües, el sistema estatal colapsado…

Entonces, Washington cantó victoria. Y vuelvo a recordar la advertencia gorbachoviana: “no saben lo que van a tener que enfrentar”… Así fue. La nueva Roma se vio imposibilitada de frenar procesos desatados por la globalización: integraciones transversales, surgimiento de nuevos centros periféricos de poder económico, nuevas producciones y nuevos modos de producción que se desarrollan ex-metrópolis, etc. Lo que trajo aparejado el surgimiento de nuevos centros político-militares. Como la mencionada OTAN oriental, con una Rusia cuasi imperial resurgida de las cenizas y con un sostenido ritmo de crecimiento equivalente a casi el 8% de su PBI desde hace casi diez años.

Como podría ser el MERCOSUR…

América Latina y sobre todo América del Sur se convierten en uno de los centros más potentes para el combate en esta nueva espiral de la “guerra fría”. Sólo que ahora la lucha será por elementos y recursos y no por mercados. Las grandes corporaciones serán los principales motores de la confrontación. Los ejemplos de UNOCAL, de Total o de BP en distintos escenarios conflictivos así lo demuestran. Se agregarán aquellas que aspiran al monopolio mundial en la producción alimenticia, o en la distribución de los recursos de agua potable. Dos materias tan sensibles y prioritarias como la energética.

La capacidad que tenga el poder local para contrarrestar y ordenar estos embates determinará el curso del enfrentamiento. En el concepto “capacidad” se engloba el arbitrio del poder real del gobierno en cuestión, hasta dónde domina la situación; lo permeable que sea a las presiones foráneas; el grado de corrupción que evidencien sus estructuras; el modo de utilizar el consenso popular; la instrumentación de planes y programas que promuevan el desarrollo nacional de esos recursos o un sistema de concesiones que controle y acote las actividades de las corporaciones internacionales.

En esta ecuación es donde se define hoy el actual nivel de “guerra fría”. La irrupción del terrorismo como un factor de violencia incontrolado es un fenómeno que, en última instancia, puede ser calificado de circunstancial, coyuntural y menor. Despojándolo de su incidencia mediática, el terrorismo es simplemente una manifestación de este nuevo nivel de “guerra fría”. Pues a nadie se le escapa que la acción directa de los grupos terroristas está soportada, por no decir sponsoreada, por concretos intereses legales o ilegales pero todos ellos vinculados o emanantes de poderosos centros internacionales económicos y políticos que manejan los tres rubros más redituables de la actualidad: energía, armamentos y drogas.
Ninguno de esos grupos terroristas, per se, posee en modo independiente, el grado de sofisticación, logística y operatividad necesario para plantearse operaciones de gran magnitud o, lo que es peor, guerras a largo plazo. El ejemplo chechenio es harto elocuente: primero el gobierno de Putin desarticuló el flujo logístico proveniente de ciertos países árabes y de ciertos centros financieros internacionales, en especial de Londres. Una vez más, el amigo Berezovski aparece como el principal financista y agente financiero de los secesionistas. Luego, se buscó la vinculación política con una población harta de guerras, destrucción y miseria. Esa vinculación llegó a través de grupos que abandonaron la resistencia y se dedicaron a consolidar su poder soportados por Moscú. El clan Kadyrov es en este sentido un excelente modelo de solución a estudiar para estos casos.

Una vez logrados ambos pilares, se retiraron las tropas militares y quedaron en Chechenia contingentes del Ministerio del Interior, algo así como cuerpos especiales de represión. Y cada vez más asumieron su rol los propios contingentes de seguridad chechenos. De modo que, al menos en este caso, el terrorismo se convirtió –obviamente con cruentos escalones intermedios- en un episodio meramente policial, como lo anticipó el mismo Putin.

Este modelo, claro, es el adoptado para combatir el terrorismo por los países de la OTAN Oriental. Con resultados más que interesantes que obligan a los verdaderos soportes del terrorismo a ponerse en evidencia. ¿De qué otra forma puede definirse el papel de Washington en Irak, con comitentes como Halliburton, TEXACO, UNOCAL, etc.?

En América Latina y especialmente en América del Sur, no existen condiciones objetivas para conflictos interétnicos, raciales o religiosos. Los litigios fronterizos actuales están en vías de resolución o son fácilmente obviables por las propias realidades continentales. El flamante acuerdo entre Venezuela y Colombia por el suministro mutuo de gas hace que, pese a las divergencias políticas entre Chávez y Uribe, la cooperación venza no sólo las inmadureces internas sino las intentonas foráneas por imponer sus dominios. El resultado político inmediato de esta creciente interacción económica es el inicio de las negociaciones de paz con las FARC, por intermedio de Caracas, en un proceso que puede llevar al fin de una situación beligerante que el año que viene cumplirá formalmente ¡seis décadas!

Bolivia y Chile buscan –con gobiernos y personalidades afines- la solución negociada tanto al suministro energético como al larguísimo sueño boliviano de salida al mar. Ecuador y Brasil eluden sus diferendos selváticos para estudiar programas de explotación conjunta de hidrocarburos en las profundidades amazónicas.

En este caso y ante estas repetidas manifestaciones de compactación política transversal, el terrorismo diletante es bruscamente desplazado por el terrorismo central. Como en el enjuiciamiento del terrorismo no pueden existir dobles patrones o concepciones de legalidad, es una acción terrorista la declaración unilateral del gobierno del “laborista” (¡!) Gordon Brown, pretendiendo extender la anacrónica zona de exclusión en torno a Malvinas a las 350 millas marítimas. No existe el menor argumento para validar esta actitud. No hay situación de conflicto bélico, la Argentina mantiene su posición de reclamo de soberanía en el marco de las Naciones Unidas, los isleños no han manifestado queja alguna respecto de presiones o dèmarches argentinas que puedan ser tildadas de agresivas.

La razón de esta inesperada agresión está en la inestable situación energética británica. Con sus reservas en el Mar del Norte exangües y con pocas posibilidades en otras regiones donde su empresa líder BP participa activamente pero acotada por los poderes locales, como es el caso de Sajalín y el Caspio, Londres asiste en la actualidad a la división de intereses en el Ártico, sin estar presente en ella. En especial le atemoriza la reafirmación de sus posesiones por Rusia, que revitaliza su flota de rompehielos nucleares y efectiviza un intenso relevamiento de recursos en la cadena Lomonósov, en el lecho del Ártico.

Habrá que desempolvar el viejo informe del lord Shackleton, de 1976, advirtiendo sobre los fenomenales recursos energéticos e ictiológicos que encierran los suelos submarinos en esa región. Habrá que recordar los planes militares que, por indicación de otro laborista, el primer ministro James Callaghan, preparó el Almirantazgo a finales de esa década del 70. Y recordar también, especialmente, el rol jugado por Washington en el desencadenamiento de la guerra de Malvinas en 1982. Por ejemplo, constatar que el secretario de Estado de ese momento era… el general Alexandr Haig, actual CEO de UNOCAL, quien había sido trasladado de la OTAN a esa función.

Por lo tanto, en vísperas de la definición de quién será nuestro nuevo gobierno, más que nunca hay que recordar que la política nacional surge de la política internacional, en este mundo interrelacionado e interdependiente. Creo que hay que definir firmemente quiénes son nuestros aliados a largo plazo, los tácticos y los estratégicos, los cercanos y los lejanos. Con quién vamos a asociarnos para resistir estos zarpazos y fundar las nuevas realidades latinoamericanas. Cómo y por qué tendremos en cuenta liderazgos y transiciones en nuestro continente. Cómo vamos a insertarnos en el complejo esquema financiero internacional. Quiénes serán nuestros proveedores y a quiénes les suministraremos nuestro producto. Qué tipo de licencia le otorgaremos a quienes quieran invertir en nuestro suelo.

Una vez que definamos estos presupuestos estaremos en condiciones de afirmarnos como factores independientes del juego internacional. Vitales y eficientes. En capacidad de ordenar el uso de nuestros grandes, fantásticos recursos para bien de nuestro pueblo y, por supuesto, de la comunidad internacional.

Ese será, sin duda alguna, nuestro aporte para superar la creciente espiral de tensión de la nueva etapa de la “guerra fría”.

Resta saber si tenemos el valor suficiente como para aceptar esta posición. Quizá lo adquiramos si asumimos que no tenemos otra opción. Alguien dijo que “el año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Pues bien, la unión pasa indefectiblemente por la asunción de estas definiciones como módulos propios de nuestra identidad nacional.

 

 

 
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