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Ha llegado el momento.
Por Hernando Kleimans


Ha llegado el momento. Uno de los instrumentos decisivos de la actividad política es el sentido de la ubicación y el olfato social. La sociedad argentina necesita con urgencia acomodarse a los cambios que le imponen la realidad económica internacional, su propio desenvolvimiento y los nuevos elementos de la Revolución Científico-Tecnológica (RCT).

La Humanidad se enfrenta a un momento clave de su historia. O ella encuentra el modo de supervivencia en un mundo al que transforman los cambios climáticos y el boom tecnológico, o se sumerge en una nueva época de oscurantismo. El futurólogo inglés James Martín - cuyo rigor científico quedó confirmado cuando su pronóstico sobre la omnipresencia de internet se convirtió en realidad - afirma ahora que la sociedad humana debe adaptarse para sobrevivir en un nivel cualitativamente superior de desarrollo del pensamiento, de la tecnología y del ambiente.

Como siempre, el entorno ambiental define el futuro. Los cambios climáticos, sean de la naturaleza que sean, inciden básicamente sobre los principales centros urbanos del planeta: Asia Sudoriental, el Mediterráneo y los Estados Unidos. Las consecuencias de estos cambios siguen el patrón habitual desde que el mundo es mundo: reestructuración de los suelos, reducción de cultivos, hambre y éxodos.

Las transformaciones son tan vertiginosas que implican en sí mismas un salto cualitativo: los cambios impetuosos y globales se convierten en norma. La sociedad tiene ante sí el desafío de ponderar esta línea crítica y acomodar sus ritmos sociales a esta constante dialéctica. La interacción entre los diferentes sistemas de la RCT va a crecer exponencialmente. Esta interacción se convierte aceleradamente en una nueva y superadora variedad del nuevo globalismo y, por lógica consecuencia, en su principal motor de desarrollo y aceleración.

Nada terrible, claro, si se cuenta con una dirigencia política que sepa evaluar esta nueva realidad y disponga de los elementos de juicio correspondientes para poder asimilarla y determinar hacia dónde hay que marchar. Y hay que marchar. Caso contrario, quedaremos aislados, arruinados y, con mucha probabilidad, quebrados como nación independiente y cohesionada.

La frágil memoria argentina - alimentada por una conciencia vividora propia de nuestra formación conceptual ideológica pequeño-burguesa - olvida antiguos y fragorosos episodios de una historia no tan lejana. Han pasado apenas instantes desde episodios tan trascendentes como el rodrigazo prehistórico, el salvaje desarmadero económico de Martínez de Hoz, el blando caos alfonsinista, el festival primermundista del menemismo, el circo delarruista o la repetición de la “anarquía de 1820” cuando una incontable bandada de presidentes se sucedió vertiginosamente sobre nuestro país.

“Condenados al éxito”, sonó por ahí la frase ligeramente fatalista de uno de esos ex presidentes (quizás el más clarividente). Ella encierra la esencia de lo que hay que cambiar: el modo liviano y volátil con que los argentinos se relacionan con el futuro. Uno se pierde en un mar de frases similares: “con dos cosechas resolvemos la crisis”, “Argentina es rica”, “acá plantás una estaca y crece un bosque”, “tenemos tantas vacas por habitante”. No es verdad. Perón decía que un pueblo es rico por lo que produce y no por lo que yace inerte en el lugar. Una vez más, el Gran Viejo tenía razón.

Claro que, apurados siempre por tantas internas como habitantes tenemos, no estamos en condiciones de diagramar políticas a largo plazo, como sí lo hacen nuestros vecinos. (Atención, también son memorables las malévolas diatribas contra brasileños, paraguayos, chilenos, bolivianos y ahora… ¡uruguayos! Todos son muy malos y horribles).

Y aunque entre nuestros vecinos las internas no sean menores, todos ellos han desarrollado coherencias estratégicas que soportan sus desarrollos desde hace ya varias décadas. Más precisamente desde que Perón lanzara el famoso programa “ABC”, aquella fantástica visión de unidad latinoamericana que hoy, corregida y aumentada, sustentan el bolivariano Chávez, el metalúrgico Lula, el evangelista Correa, la pediatra Bachelet, la abogada Cristina y el aymará Evo, entre otros.

Dentro del Frente Amplio uruguayo pugnan por ser candidatos presidenciales todos los sectores menos el propio Tabaré. Sin embargo, al momento de presentarse en sociedad, el FA es unido y unívoco. Mal que les pese a blancos y colorados…

Ya es hora de que nosotros nos unamos a los múltiples ejemplos de cohesión latinoamericana que hoy caracterizan a nuestro continente y le permiten asociarse al mundo contemporáneo. Modelos para elegir, entre esta corriente liberadora y superadora, sobran. El caso es que, decididamente, podemos edificar nuestro propio ejemplo lo suficientemente exitoso como para que sea constante.

LAS PERSPECTIVAS ECONOMICAS

¿En qué tenemos que basar esta construcción? ¿Cuáles son los elementos a cooptar para que ella sea exitosa?

En primer lugar, una definición económica. ¿Qué país vamos a construir? Han pasado las épocas en las que proclamábamos al mundo que la Argentina era autosuficiente y que podíamos “vivir con lo nuestro”. Pese a la pureza de intenciones con que esa consigna fue lanzada, es absolutamente ingenua e incompleta. Sin embargo, el presidente Chávez acaba de enunciar una ecuación que merece la pena ser estudiada y profundizada: “Argentina nos da agroindustria y alimentos y Venezuela le da energía”.

Alguien podrá aducir que se trata de una apología de la “mono-economía”, encerrada en una estrechísima franja, que requiere de la importación general. Nada más alejado de la realidad. La agroindustria y la industria alimenticia son generadoras de economías colaterales. Desde las obras de infraestructura hasta la nanotecnología y la genética.
Los especialistas en el cultivo de biocommodities y bioalimentos deben dominar los fundamentos de la bioingeniería, de la bioquímica y los hábitos de las TICs (tecnologías informáticas y de la comunicación). Este es un gran desafío social y económico. Es allí donde se esconde un nuevo peligro, quizás el más destructivo: podemos perder el tren tecnológico y también entregar esas tecnologías en manos no aptas.

En la economía global, la especialización en el desarrollo sectorial es un elemento de progreso. Y también de despliegue del antagonismo en la apropiación de la plusvalía. El concepto clásico de contradicción antagónica entre proletariado y burguesía, enfrentados en la lucha por esa apropiación, ahora se convirtió en el enfrentamiento entre sectores mundiales productores y los centros financieros internacionales. Ellos dirimen hoy quién se queda con la plusvalía global. El surgimiento de bloques como los países BRIC o el G20, o el mismo G7 (tomo a Rusia como el G8 condicional) abonan en esta definición.

Por lo tanto, la globalización presenta - siendo un proceso de alto desarrollo socioeconómico, complejo, no uniforme - las dos alternativas: o la plena dependencia o una política “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”. La modernidad que encierra este enunciado clave peronista lo convierte, incuestionablemente, en piedra de toque para la acción política por venir.

La preparación socio-cultural de nuestra sociedad pasa por la asimilación de la determinación del camino a seguir. La especialización, como se dijo, es contraria a la conformación unilateral de las estructuras sociales y, por el contrario, requiere un programa multifacético de educación, de entrenamiento, de culturización que abarque tanto a la población “originaria” como a la generada por fenómenos migratorios provocados por esa misma especialización.

La Argentina es, por definición, uno de los centros agroindustriales más importantes del mundo. Esto comprende tanto a las culturas orgánicas como a los OGM. Pero también implica fortalecer el papel líder de nuestro país en los alimentos orgánicos. Los especialistas de la FAO – que en su momento afirmó que la Argentina puede alimentar a 800 millones de personas por año - señalan que los “bio-alimentos” serán fundamentales para la Humanidad y su supervivencia. Muy pocos países en el mundo presentan las condiciones del nuestro para un “masivo” desarrollo de estas culturas.

Y, además, la Argentina es uno de los principales reservorios de agua potable. En principio, claro, para consumo humano. Pero… para producir un kilo de cerdo hacen falta tres kilos de alimentos balanceados y para la carne vacuna la proporción es de uno a siete. Pero para producir un kilo de maíz para forraje se requieren… 900 litros de agua.

La carencia de materias primas alimenticias, cada vez más notoria como en el caso de la avena, convierte a este problema en un factor fundamental en el enfrentamiento entre productores y financistas. Mientras siguen batiéndose records en los precios de los commodities alimenticios, se enciende la guerra por las tierras fértiles o las cuencas acuíferas. A ello se agrega el pírrico esfuerzo en convertir los alimentos en combustibles como alternativa a los hidrocarburos. Se encarniza la polémica sobre la utilización de determinados recursos alimenticios: serán para la creciente población mundial (a razón de 80 millones de nuevos habitantes por año) o serán biocombustibles.

Pero los productos alimenticios tienen un valor imprescindible: son el medio para la conservación de la vida y en realidad, es falsa la creencia de que existen y existirán siempre y en todas partes. Tanto más a precios garantidamente bajos.

Durante muchas décadas, el mundo industrial se permitió el dudoso lujo de producir más alimentos de los que consumía su población. Los sobrantes se vendían al exterior si había deseosos de comprarlos en las condiciones y a los precios fijados por los vendedores, o de lo contrario simplemente se exterminaban.

Por primera vez en la historia se está conformando un mercado agropecuario realmente global fundado. En la actual situación de tensión económica internacional es suficiente un pronóstico desfavorable como sequía o inundación para que en todos los mercados del mundo se produzca algún temblor. Existe la fundada amenaza de que esta situación conduzca a una verdadera hambruna. Como las que asolaron a Europa en la Edad Media temprana. Precisamente después del derrumbe del imperio romano…

El Foro Económico de Davos, en el que hace unos días volvió a reunirse la elite mundial, reconoció el déficit de producción agropecuaria como la amenaza global principal de nuestros días. “El sistema alimenticio mundial deberá atravesar por serias pruebas”, dijeron sus organizadores. La ONU advierte, a su vez, que en algunos países pueden desatarse conmociones sociales por esta causa. La experiencia con la tortilla de maíz en México así lo demostró.

Pues bien, esta crisis es un primer anuncio de la lucha que aguarda al planeta: por tierra fértil, por agua, por contratos alimenticios favorables, por un mejor material de cultivo. Una lucha que, con un poco de ingenio, podemos revertir en una negociación como la propuesta por el bolivariano Chávez. Necesitamos energía para producir alimentos, vías de comunicación para transportarlos, informática para sistematizarlos. La convocatoria para ese mentado capital inversor huidizo es a partir de ese intercambio y de su aprovechamiento financiero. Acotado, claro, por una política fiscal conveniente y apropiada.

Y aquí también se requiere un posicionamiento político: el productor agropecuario moderno es, antes que nada, un empresario. Su “cartera” está compuesta por cereales, carnes, oleaginosas, etc. Debe acertar cuál de estos artículos será demandado en la próxima temporada y producirlo de acuerdo con sus posibilidades. El Estado debe respaldar, con sus programas federales, el desenvolvimiento de esa producción y la armonización con otras perspectivas. Incluye esto, en primer lugar, las necesarias relaciones económicas internacionales que permitan ese desarrollo armónico. Tanto por inversiones directas como por apertura de mercados.

La Argentina - curiosamente junto con Rusia - son dos de los poquísimos países que están incorporando nuevas superficies a los cultivos. Pero en el resto del mundo, una cantidad similar de tierras se utiliza para la construcción civil o para la industria.

El matemático alemán Frantz Joseph Radermacher, miembro del Club de Roma, advierte que si para 2050 la población del planeta llega a los 9.000 o 10.000 millones, “en el mundo surgirá una demanda colosal de biomasa complementaria, producida por la agricultura y tendrá lugar una dramática agudización del déficit de recursos naturales”.

El simple incremento demográfico se complica por la calidad del mismo. Los “nuevos millones” de seres humanos cambian un estilo de vida obsoleto y sus propias tradiciones culinarias. La nueva clase media de Shanghai, Hanoi o Jakarta no desea más alimentarse sólo con arroz o soja. Quiere ver en su mesa pastas y carnes.

Se requiere muy poco trabajo para, con este panorama, atraer y consolidar las corrientes inversionistas necesarias y suficientes. Reitero: necesarias y suficientes. En un mercado financiero donde la oferta supera largamente a la demanda, la Argentina tiene elementos preponderantes como para prevalecer en la negociación. Esto incluye, obviamente, la regularización de la deuda externa.

Nuestro país debe tomar urgente conciencia de esto y desarrollar políticas y programas acordes con lo que el mundo espera de la Argentina. Quienes primero asumieron la importancia de estos cambios (tienen los recursos analíticos para ello) fueron las grandes transnacionales transferidoras de alimentos. Ellas prácticamente controlan todos los mercados mundiales. Quien quiera participar en el negocio global con productos alimenticios básicos no podrá superar los filtros que le impone el legendario complejo ABC: Archer Daniels Midland (ADM); Bunge y Cargill. Ellas compran monopólicamente el cereal y las oleaginosas a los productores y cooperativas agrarias, lo almacenan en sus elevadores, lo procesan y lo embarcan en sus cargueros en terminales portuarias propias.

Por eso, es absolutamente lógico que los principales países productores agropecuarios, como Rusia, la Argentina, Ucrania o Australia estén pensando en la formación de una “OPEP cerealera”. Forma parte de lo que ya calificamos como enfrentamiento antagónico entre los sectores productores mundiales y los centros financieros internacionales.

Claro está que hay que superar una barrera absurda impuesta por los intereses foráneos con respecto a la explotación indiscriminada y a ultranza. El plan, precisamente, debe consistir en la elaboración de programas sustentables que no sean exabruptos, que no sean espontáneos. El Estado moderno heredó de Keynes la tarea central de encaminar y soportar el desenvolvimiento económico de la Nación. Esto se logra definiendo una proyección de las principales actividades económicas nacionales. Las políticas impositivas tienen que dejar de ser coercitivas y represoras para convertirse en fomentadoras, impulsoras a través del retorno de recursos al despliegue económico social.

El fracaso del modelo soviético trajo también apareado el fracaso del capitalismo tradicional, aún del que se presentó como globalizador. Hoy está claro que el mundo ha dejado de ser unipolar, si es que alguna vez lo fue. Los mejores exponentes de estabilidad y desarrollo son aquellos que han interpolado el incentivo emprendedor con las prestaciones sociales. Independientemente de si esta conjunción se da por el costado estatal o por el privado. Lo fundamental es que se de. Para ello, la herramienta apropiada que más ha perfeccionado la sociedad humana es la política fiscal. La administración de los recursos estatales supera la simple recaudación impositiva para convertirse en un factor fundamental de apropiación de la plusvalía con un criterio social.

LAS PERSPECTIVAS POLÍTICAS

Nuestra sociedad, joven, sin mayores máculas, sin ser afectada por cataclismos, guerras, diferencias étnicas o calamidades endémicas, está en inmejorable condición para elaborar su concepción permanente de desarrollo. Basada en la explotación racional de su agroindustria, auxiliada por una economía periférica, en la incentivación estatal de la comercialización interna y externa de su producción, y en una política fiscal social.
Ha llegado el momento en que nos sentemos a conciliar, a compadecer una plataforma única y coherente sobre esta base, y que dejemos de lamentarnos porque, como decía la madre de Boabdil cuando los moros perdieron España, “no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

Es ridículo que sigamos olfateándonos como los perros para saber si somos compatibles entre nosotros mismos. Nunca seremos compatibles. Siempre podremos compatibilizar. La dialéctica actúa también sobre las individualidades y las personalidades. Desgastarse en discernir puros e impuros es lo mismo que tratar de lograr el motu perpetuo o la piedra filosofal. Es volver a la alquimia medieval y primitiva en la época de la nanotecnología y la web2.

Busquemos ahora definiciones de coincidencia. Son fundamentales para concentrar lo que la moda llama “masa crítica” y lo que en efecto se trata de conciencia social.
En primer lugar, nuestro gobierno es un gobierno adscrito al desarrollo nacional e independiente. Con todos sus defectos, anfractuosidades, retrocesos y errores. Cuando definía un proceso revolucionario similar en la Rusia zarista de principios del siglo XX, Vladímir Ilich Lenin hablaba de “un paso adelante, dos pasos atrás”. En el análisis dialéctico correspondiente, eso explicaba el avance en espiral - al que caracterizó Marx como el itinerario social de la Humanidad. Así se define la política de alianzas. Algo sobre lo que también Perón sabía algo… Por eso el peronismo es un movimiento. Y por eso, antes, antes de que surgieran las estructuras sectarias y dogmáticas, el comunismo también fue un movimiento. Es curioso, las grandes religiones también fueron movimientos sociales.

Los movimientos requieren el sustento de una ideología. Los partidos políticos viven por sus estructuras. Hoy, la revolución informática terminó por reventar esas estructuras y permite volver a la dinámica de los movimientos sociales. Para capitanearlos hace falta una gran sensibilidad, un poderoso sentido de la orientación, una permanente síntesis política y una imponderable amplitud de criterio. Porque…. “los dirigentes marcharán a la cabeza del movimiento, o el movimiento marchará con la cabeza de los dirigentes”…

El ex presidente Néstor Kirchner, dotado de un incuestionable sentido de la ubicuidad y la oportunidad, ha percibido con precisión la migración política desde los partidos tradicionales hacia los movimientos sociales, más amplios, abarcativos y mucho menos estructurados. Sin duda, está tomando el ejemplo del 45, cuando se conformó el peronismo a partir de las adhesiones y fusiones de partidos, movimientos y organizaciones sociales.

En este contexto, se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con metodologías, selecciones, personalidades o procedimientos, pero si algo está claro es que Kirchner picó en punta y con gran ventaja. No es casual. Es un resultado predecible de un gobierno que propugna el desarrollo independiente, el desenvolvimiento de la economía nacional y el posicionamiento internacional soberano. Vamos a reiterarlo: nadie puede aquí tirar la primera piedra. Pero alguien tenía que dar impulso para vencer el estancamiento político. Ahora el panorama es dinámico y, como dicen los rusos, “el tren partió”. El que no se subió, se quedó en el andén…

La pregunta es cómo subirse a este tren para ayudar a que vaya más rápido, con mayores cargas, por más estaciones. Aquí es donde, Dios me perdone, el “progresismo” tiene el desafío de jugar su papel de concentrador ideológico. Si defecciona, lo espera el andén. Antes que nada y para evitar sangrientas críticas, purifiquemos el concepto de “progresismo”.

La izquierda tradicional argentina, muy ilustrada y presta siempre a dirigir las masas, rechazó a priori y con cierta repugnancia su inserción en esas mismas masas. Algo que el peronismo hizo naturalmente, sin vacilaciones especulativas.  Hoy, la primera premisa del “progresismo” está en su asimilación no forzada, necesitada y sentida por quienes están en condiciones de hacer la síntesis ideológica. No se trata, por supuesto, de “ir al pueblo” como proclamaban estoicos los populistas rusos de fines del siglo XIX. Se trata de estar en y con el pueblo que hoy en día utiliza los vetustos trenes suburbanos, trabaja en negro por magras mensualidades, se pelea por un turno en los hospitales públicos o hace la cola para conseguir una vacante en la escuela estatal.

Se trata de comprender y asimilar el enorme problema migratorio y proponer soluciones de fondo. Se trata de disponer de una manera más participativa el presupuesto nacional y las finanzas generadas por la realización de nuestros recursos naturales. Se trata de capacitar a las nuevas generaciones, masivamente, para su acceso a los nuevos modos de producción. Se trata de consolidar una capa empresaria nacional dispuesta a dar la batalla por su propio desarrollo y por su propia inserción en los mercados mundiales.

Se trata de congregar para ello el esfuerzo intelectual de todos los sectores “progresistas” para conformar una coherente plataforma ideológica del modelo de país que por primera vez asoma en la gestión gubernamental: participativo, inclusivo, social.

Propongamos un programa de trabajo en este sentido. Un programa que pueda ser propuesto también a los sectores oficiales. Y establecer un calendario para la elaboración de una plataforma de desarrollo y consolidación nacional, con la correspondiente presentación del modelo en el plano internacional.

Entonces, este trabajo no concluye aquí. Aquí comienza. Ha llegado el momento.


 

 
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