Enlaces


¿Y dónde están los enemigos?
Por Hernán Invernizzi


En diciembre de 1999 asumió el gobierno de la Alianza. Pocos meses después se lanzó la segunda época de la revista “El Porteño”, que fue menos perdurable y menos brillante que aquella de los años ’80. En el Nº 1 de esa segunda época publiqué el siguiente recuadro:

"ENEMIGOS SIN ENEMIGOS
La política se hace “en contra de” y “a favor de”. Una política sin enemigos es como un chico huérfano.
Una política sin enemigos implica la fantasía de un mundo sin conflictos. Pero los conflictos existen, a pesar de las fantasías de los políticos. Una política semejante es como un sueño plácido. Es la ensoñación poética de la resignación, elevada a cuestión de estado.

Hasta que el político se despierta. Y descubre que los enemigos se eligen o los enemigos lo eligen a uno. Es un juego peligroso. Subirse al ring, calzar los guantes y boxear con la propia sombra. A la corta o a la larga subirá un tipo grandote dispuesto a molernos a trompadas. Nos agarra jugando a boxear, divertidos con una sombra, de espaldas, y perdemos como en la guerra.

Pero esto no es un juego. Argentina sufre la crisis más grave desde la década del 30. Cosa semejante no se resuelve sustituyendo la política por el marketing de la política. Un gobierno sin enemigos preocupa tanto como un gobierno que elige mal a sus enemigos. Un gobierno sin enemigos tampoco sabe quiénes son sus amigos. Así, cuando aquel tipo grandote se suba al ring, es probable que se descubra solo, allí arriba - como bien decía el sabio Bonavena.

El Sr. Alderete, la Sra Alsogaray... penúltimos exponentes públicos de un partido político insignificante como organización social y que, sin embargo, se reveló como la más poderosa estructura ideológica de los últimos 30 años, ¿acaso ese es el enemigo? Sería paradojal, por lo menos. Porque se admite como bueno su neoliberalismo pero se los acusa por sus reales o presuntas fallas personales. Es decir: su política es buena, pero ellos son malos. En cualquier momento los expertos en marketing van a resucitar aquellas viejas consignas: “hay que apretarse el cinturón”, “hay que pasar el invierno”. Mientras que sus autores intelectuales serán citados a declarar por los jueces de la Nación. Y en el mejor de los casos celebrarán su éxito ideológico desde un calabozo.

Si alguna vez la política fue el arte de lo posible, ahora es el arte de lo inevitable. Se hace lo que se hace porque no se puede hacer otra cosa. Ésa es la resignación: creer que sólo se puede hacer una cosa. Y yo soy el que mejor la hago. Nos convencieron de eso. Y en eso radica el triunfo de una ideología: anula la voluntad de hacer política porque, total, sólo se puede llevar adelante una sola política. El enemigo, tal vez, podría ser esta concepción de la política según la cual todo se limita a padecer la fatalidad de las políticas inevitables.

Y para terminar: se cambia la palabra “enemigo” por la palabra “adversario” y todo sigue igual. Porque un político sin adversario es como un boxeador solo".

Antes y después de aquel gobierno se debatió febrilmente acerca de la función de la política en el llamado “mundo globalizado”. Aquel breve artículo era apenas una modesta provocación que pretendía zarandear cierta modorra en los ambientes “progres”, aquella siesta político-ideológica que dio la razón al refrán según el cual: “quien se acuesta con chicos, amanece mojado”. Ahora que pasó lo peor de la crisis que explotó en 2001/2002, vuelven a debatirse algunos de aquellos asuntos. A continuación se proponen algunas notas para contribuir al barullo generalizado.

En nuestro país funcionaron dos partidos de masas, el radicalismo y el peronismo. Por razones de orden equivalente – pero a través de procesos políticos diferentes- hoy ambos se encuentran en crisis.

Detrás de su crisis están las profundas transformaciones socio-económicas que experimentó nuestro país durante los últimos 30 años. Esto es así porque los partidos políticos expresan en cierto nivel de organización material y simbólica a las fuerzas sociales de la formación social en la que actúan. O dicho de otro modo, para entender la crisis de los partidos hay que entender las transformaciones de las bases sociales.

Si admitimos que los partidos políticos son una expresión de los intereses de clases y sectores enfrentados, entonces el análisis del sistema de partidos debería apoyarse en una pregunta central: los partidos políticos de la Argentina contemporánea, ¿cumplen con su rol principal de expresar y sostener los intereses de los sectores sociales presentes en el país actual?

Todo parece indicar que no. Bajo las actuales condiciones de crisis de representación política generalizada (es decir, no sólo de aquellos dos partidos de masas), los partidos políticos no cumplen con su rol más básico y elemental: expresar los intereses reales o ilusorios de los sectores sociales que constituyen el entramado socio-económico de nuestra sociedad.

No obstante, alguna vez lo hicieron. Desde los proyectos por crear el “partido de la revolución” hasta las posiciones corporativistas sostenidas por algunas fuerzas del sistema político, hasta hace alrededor de 30 años los partidos políticos cumplían con aquella tarea. Sobre todo a través de ellos se expresaban y articulaban las demandas sectoriales y generales de los sectores enfrentados. Pero esa capacidad declinó vertiginosamente a partir de mediados de los ’70. La imposición del modelo neoliberal - primero a través del terror de estado y después a través del uso oportunista y eficaz de los partidos de masas por parte de las clases dominantes – transformó a la declinación de los partidos en “crisis de representación”.

De ahí que los partidos cuantitativamente más importantes hayan dejado de tener bases y militantes para tener sólo votantes, dirigencias burocratizadas y equipos publicitarios en vez de congresos, asambleas y debates. Naturalmente esto sólo podía producir que las bases dejaran de identificarse con los partidos tradicionales, así como sensaciones de impotencia y desinterés - para las cuales los intelectuales orgánicos y los comunicadores sociales han creado categorías descacharrantes referidas a “los jóvenes apáticos”, “generación apolítica”, “consecuencias de la ecuación posmodernidad + globalización” y otras linduras que si no fueran perversas hasta darían risa.

Sobre esa base puede entenderse en perspectiva histórica el auge de la llamada “sociedad civil”, que no casualmente se instala con sorprendente dinamismo en coincidencia con la crisis de los partidos y de otras formas de organización, como los sindicatos. Según cierta dirigencia partidaria esta “sociedad civil” sería un espacio aparte de la política, de la cual ellos serían propietarios monopólicos o únicos representantes genuinos: “la política es nuestra y es lo que hacemos nosotros”. Y qué sería lo que hacen los protagonistas de la “sociedad civil”? Según las dirigencias burocratizadas no sería más que expresar apenas reivindicaciones particulares, pero, eso sí, “de una manera conmovedora y tan entusiasta que nos llena de orgullo como ciudadanos”.

En realidad, el auge de la sociedad civil es uno de los síntomas de la crisis de representatividad - y desmiente el pretendido desinterés de las bases por la acción política y/o sindical. En efecto, “la gente” organiza ONGs, movimientos reivindicativos (de jubilados o piqueteros), etc. para hacer por donde puede al menos algo de lo que desearía hacer por donde debería - o por donde siempre lo hizo pero ya no puede: los partidos políticos.

Por eso ciertas dirigencias burocratizadas dedican más energía a hablar bien de la sociedad civil que en reorganizar sus partidos; invierten más tiempo en seducir a los referentes de los movimientos reivindicativos que en alentar la formación de militantes propios. Se entiende así la tendencia presente en ciertas fuerzas por sustituir la política por la “moral”, al mismo tiempo que integran a sus filas a representantes prestigiosos y/o mediáticos de la sociedad civil, sean estos dirigentes feministas, empresarios exitosos o falsos profesionales. De este modo se convalida la operación conservadora que propone reemplazar la lógica de la política por la lógica de los valores o por la lógica de la eficiencia técnica.

Pero, cuando llega la hora de tomar las decisiones políticas, las analizan y las deciden dentro del partido – porque la política, es decir, el espacio de lo universal, del interés público y del poder, es algo de ellos y solamente de ellos. De donde resulta que se refuerza el círculo perverso: convocan a los aparentemente desinteresados en la política y después los dejan afuera, de donde los presuntos apáticos se vuelven pesimistas o, en el mejor de los casos, regresan a su “sociedad civil” para canalizar de alguna manera el deseo de intervenir y participar en política, siempre y cuando a todos nos quede claro que ellos no quieren saber nada de la política…

En febrero de este año se dio a conocer un informe oficial según el cual en nuestro país hay alrededor de 700 partidos políticos oficialmente registrados. En vez de proponer            la noticia como un síntoma (es decir, como una manifestación visible de un problema de fondo) los medios lo propusieron como una denuncia, como un escándalo...

El dato acerca de la cantidad de partidos formales aparece como un fenómeno paradojal: se supone que “la gente” está apática o que no está interesada en participar: en las últimas elecciones votó alrededor del 72% del padrón, pero los 716 partidos reconocidos tendrían unos 8 millones de afiliados.

Sí el índice de afiliación fuera expresivo del nivel de participación, nuestro país sería un ejemplo de participación ciudadana, pues el 30% del padrón estaría constituido por “militantes” (afiliados) a los partidos políticos. Si la cantidad de partidos oficialmente reconocidos fuera índice de la conciencia, vocación y voluntad de participación, obviamente estaríamos en pleno proceso de movilización y organización social.

Como es obvio que no se trata de eso, inmediatamente se volvió a hablar de la meneada “reforma política”, entendiendo por tal la modificación de las normas que regulan el funcionamiento del sistema de partidos: condiciones que deberían ponerse para que una agrupación política sea reconocida como partido, depuración de los padrones, mejoras en el sistema de boletas electorales, etc. En realidad estas iniciativas, mejores o peores, sólo tendrían un efecto maquillaje sobre el problema de fondo, que es la crisis de representatividad política generalizada.

Por ver sólo un ejemplo: en la Ciudad de Buenos Aires hay más de 60 partidos políticos oficiales... No obstante, en las últimas elecciones locales quedó políticamente claro que se enfrentaron dos conglomerados representativos de las bases sociales porteñas: de un lado el llamado “macrismo” (que en términos de historia política representaría a la tradición de un partido conservador popular en formación) y del otro el llamado “progresismo porteño” (que vendría a representar al “reformismo popular”, debido a la peculiar situación del peronismo porteño, que desde hace décadas no encuentra su lugar en el sistema de clases y sectores sociales de la Ciudad ).

Atento a los conflictos en las bases sociales de la Ciudad, el “macrismo” tiene una política de alianzas más o menos flexible que le permite sumar dirigentes y tendencias peronistas y radicales a su propuesta neo-liberal. Las fuerzas reformistas, en cambio, enfrentaron la coyuntura electoral tan dispersas y enfrentadas que, en realidad, convirtieron a las elecciones locales antes en una interna abierta que en un verdadero enfrentamiento con su adversario político – lo cual, balotaje mediante, condujo necesariamente a una derrota coyuntural.

En la Ciudad siguen los enfrentamientos y los conflictos sociales. Sigue la lucha por el poder. Volverán las elecciones. Y por mucho que sus actuales 67 partidos políticos formales se reduzcan a la mitad, la disputa volverá a ser la misma que acaba de enfrentar a las fuerzas conservadoras con las fuerzas reformistas. Hasta ahora el macrismo parece tenerlo más claro que sus adversarios.

 

 
www.grupomayo.com.ar
  Restricciones Legales y Términos de Uso
Todas las notas, noticias y documentos publicados en esta revista
pueden ser reproducidos con la sola condición de citar la fuente y el autor.