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¿Celebración del bicentenario o cotillon histórico?
Por Francisco Senegaglia

 

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Argentina, y América toda se preparan para celebrar el bicentenario de la independencia.  Toda celebración supone naturalmente una liturgia que permita relevar aquello que se celebra o se conmemora, y tratándose de la independencia lo que esta puesto a nuestra consideración no parece sujeto a ninguna duda.

Sin embargo para que la mística de la celebración sea sustantiva es necesario abrevar en algunos sentidos que tiene pensar el bicentenario. Y en todo caso a partir de allí repensar el futuro, porque vale decirlo, las fiestas que no guardan alguna promesa se quedan en la mera fiesta.

En primer lugar plantear doscientos años de emancipación, es una arbitrariedad, y lo es por varias razones. El escenario de mayo de 1810, estaba íntimamente ligado al escenario europeo, tanto que el Río de La Plata era el patio de atrás del desvencijado imperio español. Y en ese sentido los patriotas de mayo que se alzaron con el cabildo, no planteaban la independencia de España.

La España de 1808, había sufrido la invasión de la Francia napoleónica, destituyendo a su monarca Borbón Carlos IV, y llevándose preso a su sucesor Fernando VII. España se arma para pelear por su rey, desconociendo en la figura del hermano de Napoleón, -José I- al legitimo monarca. Rápidamente se organizan Juntas de Gobierno en nombre de Fernando VII, en España y se replican en América, por lo que los virreyes dejan de ostentar el poder. La guerra hecha al  invasor por los españoles empieza a mudar -a partir del protagonismo del pueblo- en revolución democrática. No alcanza con desterrar al invasor, hay que desterrar las prerrogativas de la iglesia y la nobleza, es el pueblo y no el rey quien en la práctica defiende España. En España primero y en América después, la resistencia se transforma entonces en revolución democrática. La declaración de los derechos del hombre de la Francia de los directores es el nuevo evangelio de los revolucionarios. Esta resistencia al invasor no tarde en transformarse en resistencia a un modo de gobierno: el absolutismo.

Esta revolución democrática no pretendía abolir entonces  la monarquía, sino el absolutismo monárquico. En América no se pretendía dejar de ser español, sino mas bien dejar de ser una colonia, es decir ciudadanos de segunda, y ser español sin mas.

Razón por la que mayo, no fue una revuelta independentista. Sino una revuelta ideológica. Dicho de otra forma, la opresión no era de un país extranjero (España) sobre una cultura o grupo racial (América), sino de un sector social sobre otro, como sostiene claramente Norberto Galaso. 1

Unos años después, en julio de 1816,  se declara la independencia de España, pero los patriotas siguen discutiendo sobre la forma de gobierno que debe regir los destinos del sur, y la mayoría se inclina por la monarquía. Nuestros congresistas debatían sobre que príncipe debía ser coronado en el ex virreinato. Nuestros hombres ilustres, San Martín, y Belgrano entre otros, eran monárquicos. San Martín peleaba contra los godos, los realistas, contra los absolutistas de Fernando VII que vuelto al trono no quisieron perder sus prebendas, cerrándose en el absolutismo más rancio. Podría decirse que fue para muchos la lucha de españoles revolucionarios democráticos contra realistas absolutistas.

En ese caldo de ideas y luchas políticos-militares se asienta nuestra fiesta. Pero este análisis seria incompleto si no habláramos de otros hombres y otros sueños

 

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La revolución trajo igualmente nuevas necesidades y generó necesariamente nuevas visiones. Visiones que en su origen no fueron comprendidas. Los hombres que la sostenían no encontraron interlocutores, y fueron finalmente los padres de esa idea de patria que intenta recobrar nuestra fiesta. El poder después de mayo de 1810 quedo planteado en tres segmentos bien definidos. Los conservadores con Saavedra a la cabeza, que poco pensaban en revoluciones ideológicas, y más bien querían esperar que pase el vendaval para conciliar con quienes sustanciaran el poder, y que las cosas tomen su curso natural. El partido de los comerciantes, con Rivadavia a la cabeza, planteaba una revolución porteña que le permita hegemonizar el poder, favoreciendo el comercio que ofrecía la pequeña y promisoria urbe. Eran liberales, mercantilistas y por que no como lo prueban los hechos en el tiempo, pro británicos.

Finalmente la fracción de Moreno y Alberti, conocida como jacobina, por que pretendían una revolución que concluya con la independencia tanto de España como de la ideología monárquica. Es el partido que pretende una republica que se funde en la igualdad. El absolutismo de la igualdad en una América india, negra, mestiza, criolla y por cierto también española era un proyecto inaceptable para la mayoría de los padres de la patria.

El morenismo pierde la pulseada y con él la América incipiente extravía su destino. Envenenado Moreno, infartado Alberti, los partidarios de Rivadavia se quedan con el poder.

Pero un morenista de la primera hora, va a dar batalla y muchos dolores de cabeza a Buenos Aires: José Artigas.

Patricio montevideano, héroe de las invasiones inglesas, y profundo conocedor de la tierra adentro va a transformarse en el defensor acérrimo de un modo de gobierno que garantice la igualdad de forma incuestionable: la republica, y la igualdad entre las republicas: el federalismo. La igualdad que proponía el liberalismo de los Rivadavia contemplaba sus propios intereses. Nada sabia de criollos indios y negros. La guerra ideológica del artigüismo va a ser contra el modelo de Rivadavia y su partido.

Sistemáticamente traicionado y librado a su suerte, Artigas para comienzos del año 1813 dicta sus instrucciones. Todos somos iguales. Diferentes, pero iguales. La oligarquía centralista y promonárquica predominante en las decisiones de Buenos Aires no podía entender –menos imaginar-  una comunidad de iguales, con un poder que repartiera la tierra, que dejara de ser propiedad del rey, para ser del pueblo. Ese Artigas forjó el más importante proyecto jurídico político de su tiempo, que daba verdadero sentido y destino a la gesta de mayo, -en la que fue uno de sus cruciales actores- fundó la federación y construyó cuatro herramientas jurídicas para reformular el viejo virreinato en término de republicas de iguales. Dos de esas herramientas pasaron a la historia como las instrucciones a los diputados del 5 y 13 de abril de 1813. Una para circular en las provincias, otro para darse una ley en la Banda Oriental; dos proyectos completos para el futuro estado nacional y otro para el estado provincial. Proyectos federales y republicanos. Mientras el Congreso de Tucumán sesionaba en 1816, (congreso que no dejo entrar a los diputados de la artiguista liga de los pueblos libres Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Misiones, Corrientes y Córdoba), Artigas dictaba leyes para su protectorado, repartía tierras, privilegiaba a los desclasados, indios, negros, zambos, criollos, pobres. Establecía la educación gratuita y generaba leyes sobre salud e higiene. El congreso de Tucumán buscaba todavía un monarca. Artigas defendía la igualdad y la soberanía popular. Allí en Arerungúa, el sueño de Artigas se encarnaba, dando paso a una experiencia determinante en la historia de América del sur. Allí al norte de la Banda Oriental se construyó una comunidad, el primer modelo profundamente latinoamericano de comunidad, Vivian de manera conjunta e igualitaria indios charruas, abipones, minuanas, guaraníes, portugueses, gauchos, criollos, negros, mestizos. (Se hablaban más de siete idiomas). Una comunidad multiétnica sin precedentes en nuestra historia emancipatoria. ¿Por que no hablan nuestros maestros, nuestros libros de historia de esa gesta? De esos días solo nos ha quedado la bandera que Artigas izó en 1815 en medio de esa comunidad, la misma bandera azul celeste de Belgrano, pero cruzada por una diagonal roja de sangre, la sangre de los que luchan por la verdadera libertad. ¿Quien escribe la historia? Sin duda los que la ganan, los que hicieron desaparecer a los indios, y marcaron las diferencias entre pobres y ricos, los que se avergonzaron de lo criollo y de lo gaucho… lo cierto es que cuando soñamos con la verdadera igualdad, despertamos esos viejos sueños que siguen viviendo de esa apuesta legítima: una patria de iguales

Por ese sueño murieron miles de hombres.

 ¿Cual es nuestra herencia a la hora de pensar en el bicentenario? ¿Cual es nuestra deuda? ¿Cual es el compromiso que nos dejará celebrar el bicentenario?

 

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¿Vivimos en una comunidad de iguales? Sabemos que sí desde el punto de vista jurídico institucional, pero ¿somos una comunidad de iguales en la practica? ¿Tenemos verdaderamente todos las mismas oportunidades?

El bicentenario nos encuentra con una incuestionable hipoteca. Las desigualdades, la falta de oportunidades, la mala distribución de las riquezas, la imposibilidad de muchos sectores de tener sus necesidades mínimas satisfechas, la falta de salud y de vivienda, la falta de trabajo. Somos federales, seguramente, pero de un federalismo tuberculoso, que plantea el desarraigo para millones de argentinos del interior: vivir en Buenos Aires o morir. Hay mas tucumanos, santiagueños, orientales, mesopotámicos viviendo en el cono urbano que habitantes tienen sus provincias. Sí, en las formas somos federales, pero en la práctica Rivadavia timonea los destinos del sur.

El bicentenario es más que una posición política, y nos interpela a todos, clase dirigente y pueblo.

A la clase dirigente le pide menos demagogia y mas compromiso, y a nuestra condición de pueblo menos hipocresía y  sin duda, el mismo compromiso. Por que la identidad es una urdimbre compleja que no deja a nadie por fuera. La identidad supone el reconocimiento de las identificaciones en el tiempo. La independencia es una obra inconclusa, pensar lo contrario seria ahorrarnos el compromiso que todos debemos asumir. Continuar la obra comenzada, es el verdadero sentido de una celebración que pueda ir más allá del bronce y de las ofrendas florales. Rescatar la historia y las causas, las ideas y las luchas de esos hombres que pusieron los cimientos de una América que es hoy muy distinta a la que soñaron.

Dicho de otra forma nuestras convicciones ¿se anudan a las convicciones de los padres de la patria? ¿Que patria querían? ¿Que patria queremos? Este es el verdadero sentido de la preparación del bicentenario. Si no existen estas preguntas solo participaremos de un cotillon histórico, pondremos placas y cantaremos himnos, pero habremos roto con la sangre derramada de todos los hombres que imaginaron la igualdad de oportunidades y dieron su vida para conseguirla. ¿Tan distintos de esos hombres podemos ser?

 


Galasso Norberto. “Seamos libres y lo demás no importa nada” Ed. Colihue.


 

 
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