Enlaces


La canción es la misma
Por Hernán Invernizzi

 

Desde hace unos meses, las dirigencias y las militancias del llamado “campo popular” llevan adelante incesantes debates, como hace mucho que no se veía. Páginas web, correos electrónicos, algunos medios gráficos y programas radiales, bares, esquinas, centros vecinales, sindicatos, agrupaciones varias, en fin, todos esos lugares donde también se hace política, están atravesados por estas polémicas que, en el fondo, nacen más o menos de la misma pregunta: qué debería hacer la militancia popular en esta coyuntura, en la cual muchos adhieren a la llamada “causa K” y otros muchos no lo hacen.

Después de leer varios de estos debates y de participar en varias de estas polémicas, se proponen algunas observaciones con la idea de contribuir a esta vigorosa trifulca.

+ + La polémica que reproducimos en otro artículo aparece apoyada en un texto de Ricardo Forster (Página 12, 27 diciembre 2008). El mismo incluye un párrafo que es como para ponerlo en un cuadrito y leerlo todas las mañanas (de otros párrafos no se podría decir lo mismo...). Dice:

“...lo que todavía no se ha derrumbado es la persistencia de un modelo cultural que logró transformar profundamente los imaginarios colectivos penetrando hasta los rincones más oscuros de la vida privada. Las conciencias fueron atravesadas por un núcleo simbólico-cultural que asoció los intereses del mercado y del neoliberalismo a las formas “naturales” de la existencia, casi convirtiéndolos en un equivalente a la lluvia o a cualquier otro fenómeno natural, generando una esencial deshistorización de las actividades humanas, haciendo del mercado y de sus ideologemas el eje de lo verdadero y absoluto”.

O dicho de otro modo – como lo venimos sosteniendo desde este espacio – en nuestro país el neoliberalismo aparece casi como una religión, como una verdad dogmática y universal que todo lo explica.

Ahora bien, cuando una ideología consigue semejante status, podríamos decir que ha triunfado – o por lo menos, que ganó una batalla estratégica.

Como éste no es un texto académico, baste con señalar que la dinámica cultural no se limita al simplismo de “éxitos/fracasos”, “victoria/derrota”, etc. No obstante, a fin de provocar un poco el debate, digamos que cuando alguien o alguna ideología ha ganado, entonces alguien o alguna ideología ha perdido. Si el neoliberalismo tiene semejante peso político-cultural, entonces estamos frente a un problema estratégico.

“Eso que no se ha derrumbado” es la ideología dominante - hegemónica, cuasi hegemónica, o podemos llamarla de cualquier otra forma. Y mientras esto sea así, ciertas cosas no van a cambiar – por lo menos de manera perdurable. Porque para cambiarlas es necesario que cambie el marco de referencia ideológico. Lo cual constituye una tarea política por excelencia.

Enfrentar la “hegemonía del neoliberalismo” es una de las dos o tres grandes tareas político-culturales de la etapa. Se pueden armar frentes, coaliciones, alianzas progres detrás de dirigentes más o menos piolas, pero si el marco de referencia ideológico está dominado por el neoliberalismo, muchos – pero muchos– van a terminar “del otro lado” apenas se agudicen las contradicciones. Esto no quiere decir que la acción política de coyuntura (electoral o no) sea inútil. Quiere decir que los límites de estas tácticas están condicionados por el factor ideológico.

Las clases sociales para las cuales el neoliberalismo es su mejor herramienta de dominio y control de la sociedad, demoraron décadas en alcanzar este predominio ideológico. ¿Cuánto le va a costar a las fuerzas populares modificar esta situación?

Hay por lo menos dos problemas. Por un lado, habría que ver si existe una propuesta ideológica alternativa (cosa que es menos obvia de lo que parece).

Y por el otro, que es muy difícil acertar en la estrategia de esta enorme tarea si no se parte de una correcta caracterización de la situación - de una situación apoyada en un “fracaso”. ¿O acaso la ideología dominante de la sociedad argentina fue siempre este liberalismo new age?

+ + El problema anterior remite necesariamente al problema de la correlación de fuerzas. O sea, una especie de geografía dinámica del poder en una coyuntura histórica determinada.

Aún a pesar de la crisis internacional, el neoliberalismo desarrolla en esa geografía una dinámica, una capacidad de producción y difusión de ideología mucho más potente que cualquiera de sus opositores. Está más organizado, su sistema de producción y reproducción funciona eficazmente, las fuerzas políticas que lo expresan se recomponen rápidamente, etc. Pero tiene un problema: carece de un proyecto que los unifique.

Llevado al terreno de la política coyuntural, lo anterior se manifiesta con rotunda brutalidad. La correlación de fuerzas actual muestra que la sociedad argentina no va a elegir entre los Kirchner y Pino Solanas o entre los Kirchner y Libres del Sur, sino entre los Kirchner y Reutemann, entre los K y Macri, o entre los K y Carrió...

Frente a lo cual cabe por lo menos una aclaración. Es inaceptable decir que se trata de “lo mismo”. No es lo mismo “los K” que Libres del Sur, Solanas, etc. Ni es lo mismo “los K” que Carrió, Macri, Reutemann, etc. Ni son lo mismo ni son antagónicos. En política pocas cosas peores que la pérdida de los matices, que perder de vista los diferentes “tonos” o “gamas” de las propuestas y los proyectos políticos.

Bien señala Rudnik (18 de enero de 2009) que en las elecciones de 2005 el Frente para la Victoria le pegó una paliza electoral al aparato imbatible del PJ. Esa alianza no fue una asociación entre iguales sino una sociedad de diferentes unidos por la lucidez política. Pero también es cierto que del Frente para la Victoria formaron parte otros “diferentes” unidos – cada cual según su necesidad – por parecida lucidez política. Es decir, había conciencia de los matices y de las diferencias: “vamos juntos aunque tengamos diferencias”, porque había “algo” que a todos les parecía más importante que esas contradicciones.

Las diferencias no desaparecen porque “algo” hace posible que se pongan de acuerdo. Las diferencias se mantienen... y uno se pregunta: y eso, qué tiene de malo? Mientras sea dentro del mismo campo ideológico general, el problema no son las diferencias sino la política de alianzas y la política de acumulación. Lo demás es coyuntura.

Es fácil decirlo... Pero en la práctica cotidiana se generan situaciones que ponen a la vista el estado de confusión general. Para escándalo y desconcierto de algunos referentes K, semanas atrás la Ruta Nacional 9 fue parcialmente cortada por UOM Villa Constitución, ATE/CTA, MTL, la FAA y otros...

Después de haber visto a organizaciones de izquierda marchando junto a la SRA, tal vez a estos referentes K se les pararon los pelos: Buzzi junto a Piccinini!!!! Se habrán sentido como en un tango de Discépolo. Pero algo parecido le habrá pasado a otros cuando el senador Saadi votó a favor de la 125, forzando de ese modo el desempate de Cobos... Este es el estado real del llamado campo popular – a menos que algún trasnochado pretenda poner en duda que UOM Villa Constitución y ATE/CTA están firmemente instalados en el campo popular desde hace muchos años.

Ahora bien, en una etapa en donde la correlación de fuerzas es favorable al neoliberalismo, el problema está en cómo relacionar la política de coyuntura con las variables estratégicas. La ideología del adversario es un problema estratégico y es sobre esa base que el rival político consigue predominar. O dicho de otra forma, si la propuesta ideológica del adversario no fuera dominante, hoy se estarían debatiendo otras cosas.

+ +  El problema de la correlación de fuerzas remite al problema del poder. Hay distintas teorías acerca del poder y no podríamos acá ocuparnos de ello. Pero, sea cual fuere la definición que se adopte, el tema ideológico-cultural debería ser por lo menos co-protagonista de cualquier otra variable.

Si miramos las cosas desde el punto de vista de los “aparatos” y de las clases y sectores en general que hoy interactúan en la sociedad nacional, nuestro país presentaría un panorama peculiar.

La Argentina presenta una manifiesta fragmentación del poder. Medido en términos de organizaciones, clases y sectores, el poder en nuestro país aparece con un nivel de fragmentación inédito en la historia nacional de los últimos 100 años. (Medido en términos de sociología de la cultural pasaría más o menos lo mismo). En el escenario actual no puede advertirse una o un grupo de instituciones, organizaciones, clases, dirigentes etc de los cuales se pueda decir “ahí está el poder real”.

Por el contrario, el poder aparece como “roto” o disperso entre numerosos factores, clases y organizaciones – y aún dentro de cada uno de ellos, como sería el caso del propio Estado. Esto quedó a la luz el año pasado con el enfrentamiento político-económico alrededor de la Resolución 125: ni en ese momento ni ahora quedaba claro por dónde pasaba el poder real.

La Iglesia... las empresas de comunicación... la CGT... los movimientos sociales... las asociaciones empresariales... la clase obrera... la clase media... algunas fuerzas políticas (resulta difícil seguir hablando de “partidos políticos”)... las fuerzas de seguridad... la sociedad civil... la corporación judicial... las Fuerzas Armadas... las asociaciones patronales... el Poder Legislativo... ciertos dirigentes... el Poder Ejecutivo... la opinión pública... son todos pedazos de poder disperso sin cohesión duradera, sin verdadera articulación política que perdure más allá de las sucesivas coyunturas desde 1983 en adelante.

+ + De una u otra manera estos debates se apoyan en valoraciones acerca del pasado. No hay propuesta de acción política que no esté apoyada en una evaluación del pasado. Cuando un político en acción evoca cosas que pasaron, trata de entender para actuar mejor, y a la vez trata de encontrar una base en la cual apoyar el trampolín hacia el futuro – lo cual vale por izquierda o por derecha.

Es lógico, entonces, que en los debates actuales se discuta con pasión la experiencia de la Alianza, la coyuntura de los ’70, etc. Hay una asunto del cual se habla poco: la unidad/división de las fuerzas populares en los años ’70.

La unidad en sí misma no es ni buena ni mala. Hay momentos en los cuales la unidad aparece como un bien político superlativo. Y momentos en los cuales hasta puede ser una trampa. Además (por obvio que sea) la unidad política puede estar bien o mal planteada, sobre ejes correctos o sobre ejes equivocados.

Una característica distintiva de las fuerzas políticas populares que actuaban a principios de los ’70 fue su falta de unidad. Y cuando se empezó a hablar más o menos en serio de unidad, ya era tarde. Estaban divididas. Sus enemigos las juntaron para recordarles que todos, de un modo u otro, eran más o menos lo mismo, a pesar de sus diferencias. Sobre la base de esa división, el pueblo argentino, aquel por el cual asumimos nuestros compromisos, sufrió la derrota económica y política más grave de su historia.

A algunos los encarcelaron y los preservaron para las futuras negociaciones. A la mayoría, nos mataron con las mismas armas, nos torturaron con la misma electricidad, nos tiraron al río desde los mismos aviones, nos desaparecieron en los mismos chupaderos, nos encerraron en las mismas cárceles y secuestraron a los hijos de todos nosotros. Hoy, con o sin “los K”, los riesgos personales no son los mismos. Pero el peligro de una nueva derrota popular es igualmente grave. Y lo demás es verso.

 


 

 
www.grupomayo.com.ar
  Restricciones Legales y Términos de Uso
Todas las notas, noticias y documentos publicados en esta revista
pueden ser reproducidos con la sola condición de citar la fuente y el autor.