Estamos frente a una coyuntura en la cual se crean las condiciones que dentro de dos años nos llevarán hacia un gobierno conservador populista, hacia el radicalismo liberal o, menos probable, hacia la consolidación de la propuesta reformista neokeynesiana.
+ Se planteó que “nosotros o el diluvio”. “Nosotros” significaba “el modelo”, mientras que “el diluvio” vendría a ser el retorno a los años ’90. La elección legislativa era un plebiscito para dirimir si los votantes estaban con este modelo o con un modelo neoliberal noventista.
Las fuerzas oficialistas confundieron el mediano plazo con la táctica (la política de coyuntura). El enfrentamiento entre “liberales” y “no liberales” es histórica y es real, pero no era lo que estaba en juego en el corto plazo. El temido “diluvio” sólo podría desatarse a partir del 2011.
Lo cual resulta doblemente grave si se tiene en cuenta que los opositores no conforman un frente homogéneo. Es el mismo error cometido por el oficialismo durante “la crisis con el campo”. Como resultado de lo cual, la expresión “la oposición” - como una unidad política homogénea - no es tanto una creación de los medios sino una consecuencia de la política oficial.
De este modo, quedó instalado una especie de plebiscito antes contra un fantasma que contra rivales claros, concretos y variados. En los años ’40 o en los ’70, con altos niveles de organización y movilización, con partidos políticos funcionando orgánicamente y con una militancia activa, hablar en términos de valores estratégicos y de mediano plazo formaba parte de la lógica cotidiana de amplios sectores sociales y políticos - por izquierda o por derecha. Las condiciones político-ideológicas actuales son por completo diferentes.
Sería un simplismo señalar que muchos opositores sostienen políticas neoliberales aunque no lo reconozcan.
Porque los nostálgicos de los ’90 no admiten sus ideas en público, obligados por las circunstancias: reconocer su verdadera doctrina era y es piantavotos. El neoliberalismo monetarista está asociado a Menem y a la Alianza. A nadie se le ocurrió levantar consignas a favor de la convertibilidad o por un nuevo festival privatizador. A ningún opositor se le pasó por la cabeza proponer el regreso de Cavallo a Economía.
Macri sinceró su posición frente a algunos temas. Pero, como ya quedó claro, a muy poca gente le importó que Macri dijera una cosa, Solá otra, de Narváez otra, Carrió otra, Cobos ninguna y así sucesivamente. Lo cual confirma que el eje estaba colocado en un lugar equivocado.
+ Pero, más allá de las cuestiones pragmáticas, la contradicción planteada es discutible. En las actuales condiciones del capitalismo contemporáneo, ya no se trata de volver al thatcherismo o a la furia neoliberal privatizadora del los ’90. Porque en las condiciones actuales – como de diferentes pero equivalentes maneras lo representan Obama o Lula – ya no se trata de “achicar el estado es agrandar la Nación”, ya no se trata de “es lo mismo acero que caramelos”, ni se trata de reprivatizar empresas.
Las dictaduras de los ’70 respondían a la lógica de su época. La ofensiva neoliberal que conquistó medio mundo en los ’90, estaba apoyada en condiciones internacionales que en nada se parecen a las actuales. No se pueden simplificar ni subestimar los alcances y la profundidad de la crisis económico-financiera que afecta al mundo globalizado. Nuestro país no está fuera de esta nueva lógica, en la cual los poderes más concentrados de la economía están a la búsqueda de un nuevo paradigma que asegure su dominio planetario, como se puede observar en el enfrentamiento entre el modelo Obama y la vieja guardia republicana.
El capitalismo siempre fue pragmático dentro de los límites de sus reglas básicas. En los centros de poder económico internacional, el debate no pasa por si el estado debe o no intervenir en la economía, si debe o no ser un estado empresario, etc. Se debate, en cambio, de qué manera debe intervenir en la economía y en beneficio de quienes.
Dentro de esa búsqueda no se va a debatir la reprivatización de Aerolíneas ni se van a tener en cuenta los negocios oportunistas del sector financiero local – por mucho que sea importante para nosotros. En ese contexto, las confesiones de los capangas de Entre Ríos son irrelevantes aunque puedan servir para agitar la coyuntura. En cambio, los cuadros técnico-políticos de la Sociedad Rural y en general de los sectores más dinámicos y modernos de la producción agropecuaria y de la exportación de cereales y sus derivados, estarán en sintonía con la nueva dinámica internacional. (En tal sentido es recomendable leer el discurso del Presidente ruso que se publica en esta edición).
Por unos cuántos años el llamado Estado articulador entre lo público y lo privado, el estado como socio y salvavidas del capital, será la clave del funcionamiento económico planetario– con los matices y enfrentamientos del caso, porque estos cambios nunca ocurren sin contradicciones. Así lo conciben desde Lula hasta Gordon Brown, desde Obama hasta Putin, y hasta la dirigencia china, por muchas diferencias que haya entre ellos (y las hay).
Los sectores más concentrados y pujantes de todos los mercados internacionales están debatiendo la letra chica de esta nueva sociedad Estado/capital privado, y no las nostálgicas preocupaciones de los lectores de La Nación.
Ese será el panorama de fondo, el escenario sostén dentro del cual deberá moverse la dirigencia política en los próximos años. Quienes no lo entiendan resutarán anacrónicos para las nuevas necesidades de la estrategia del poder. (En tal sentido, son más astutas y modernas las posiciones de De Narváez, Solá, Reuteman y Carrió que las de Macri).
+ Pero, lo que es mucho más importante, “el modelo K” no es sólo la suma de ciertos indicadores económicos y medidas políticas - por ponderables que puedan ser unos y otras. El modelo es mucho más que eso. El modelo también es la política. El modelo también es la política de alianzas, la política de acumulación, la de construcción, etc.
Por eso se puede decir que las elecciones no las ganó la oposición sino que las perdió el propio oficialismo. No fue la mediocre oposición la que consiguió aislar a las fuerzas oficialistas dentro de su núcleo primario. Fueron las fuerzas oficialistas las que optaron por aislarse en ese espacio.
Veamos. ¿Cuál es el “modelo” que perdió esta elección? Más allá de los discursos de campaña, los electores no votaron contra la negociación con el FMI. El oficialismo no perdió las elecciones porque el 70% de los argentinos esté contra la estatización de las AFJP. No se votó contra el cuidado de las reservas ni contra la política hacia el dólar. No se votó contra el aumento del trabajo en blanco. Quienes votaron a Elisa Carrió: están contra la renovación de la Corte Suprema? Quienes votaron a Sabatella: están contra la política de derechos humanos? Los que votaron a Solanas: acaso están contra la política exterior latinoamericanista del gobierno? Los peronistas que votaron a Francisco De Narváez: están contra la estatización de AYSA? Ni siquiera se votó contra la existencia de retenciones a las exportaciones de granos…
No se votó ni a favor ni en contra de las principales políticas públicas del gobierno. Se votó, en realidad, contra los criterios de construcción y de acción política.
+ Las interpretaciones que vienen de las usinas intelectuales del kirchnerismo enfatizan el papel jugado por la Mesa de Enlace, las corporaciones económicas o los grandes medios de comunicación. Sostienen que perdieron las elecciones en una lucha contra esa clase de poderes. Pero se supone que los adversarios harán todo lo posible para ganar, o no?
Cualquiera que se presente ante la sociedad como la opción nacional y popular sabe que deberá enfrentar a poderes dispuestos a casi todo para ganarle. Y deberá optar. O bien dice: “perdí porque mis adversarios eran muy fuertes y muy malos”; o bien: “perdí porque no supe enfrentar a poderes muy fuertes y muy malos”.
Lo mismo pasó cuando la llamada crisis con el campo: en vez de desarrollar una política destinada a aislar a sus adversarios principales y ampliar su frente social, hicieron exactamente lo inverso. Lo cual es curioso, porque durante los primeros años de la gestión K se aplicaba la idea de ampliar el frente propio y aislar al núcleo adversario.
De donde podría concluirse que ya no se trata de un error sino de una política. El kirchnerismo eligió la opción del “frente social chico” en vez de una política amplia que dejara aislados y a la vista a sus adversarios más enconados.
No perdió el “modelo” que contradice a la hipotética propuesta neoliberal. Perdió la estrategia de construcción política del oficialismo. Un modelo que expulsó a las clases medias, desatendió a los llamados movimientos sociales, despreció alternativas progresistas y excluyó organizaciones populares de variados matices. Pretendieron llevar adelante un plebiscito con la CGT más los intendentes bonaerenses: una ecuación demasiado estrecha para atender un sistema de representación en crisis.
Desde las usinas intelectuales del mundo K se sostiene que, en realidad, fueron todos aquellos excluidos y desatendidos quienes abandonaron el barco K por miopía política, por no entender cuál es la contradicción principal, etc.
Pero también es verdad que las responsabilidades políticas deben repartirse de manera armónica. Es un simplismo y una comodidad autoexculpatoria atribuirle la culpa de la falta de unidad a todos los sectores sociales y las fuerzas políticas que quedaron fuera del ambiente K.
La noche del 28 de junio el problema del oficialismo no era la posible defección de algunos intendentes sino los 400.000 votos de Nuevo Encuentro y la división del voto peronista. El espacio armado por Sabatella, CTA, Libres del Sur y otras fuerzas es un síntoma elocuente del cambio de política de la conducción K.
+ Un buen ejemplo de lo anterior es la coalición intelectual que desató su furia contra el empeño electoral de Pino Solanas. (La calidad del debate previo, celebrado en la edición anterior, duró poco).
Solanas seguramente cometió errores políticos en su discurso de campaña. Pero también es verdad que la política de construcción y de alianzas de las fuerzas progresistas y populares de la Ciudad de Buenos Aires se parece bastante a un papelón. Si no fuera por su responsabilidad ante la sociedad, la conducta política del progresismo, la izquierda y el peronismo porteños, está más cerca de la farsa que de la tragedia.
En su afán por cuestionar a Solanas, esas usinas intelectuales lo trataron como si de él dependiera el resultado del “plebiscito”. Le dijeron “candidato de los medios”, “opción inofensiva”, etc – con lo cual quedó a la vista que la política de alianzas y de construcción del mundo K, era, como decíamos, el frente chiquito, un “nosotros” políticamente angosto y socialmente encogido.
Los mismos que descalificaron la propuesta Solanas en la Ciudad, también descalificaron a Libres del Sur cuando denunciaron que se había pejotizado la política K. Les respondieron que cuestionar pejotización era una “burda simplificación”. Era una simplificación – como ocurre en el debate político cotidiano – pero no era burda. Se podía coquetear con el riquismo pero no se podían hacer los mayores esfuerzos para incluir a la CTA, para recuperar a Libres del Sur, para volver a dialogar con las clases medias o para, como pidió Luis D’Elía, meter más morochos en las listas.
Se supone que estas maniobras se hacen en nombre del pragmatismo político. O como se decía durante el alfonsinismo: a veces hay que tragarse sapos... Y algo de cierto hay en eso. Pero, vistas las cosas desde tal pragmatismo – que se mide por los objetivos alcanzados – el hecho es que con este presunto realismo político el mundo K perdió más votos de los que ganó…
Creían esas usinas intelectuales que debilitar a Solanas mejoraría las chances de la lista K? Creyeron que alguien votaría a Heller si lo convencían de no votar a Proyecto Sur? No entendían que si su adversario principal era el “ambiente Macri”, lo mejor no era debilitar a Solanas sino a Michetti o Prat Gay? Acaso no entendían que era mejor tener muchos legisladores progresistas y populares en la Ciudad que entregarle la Legislatura al macrismo?
En vez de celebrar que Proyecto Sur era capaz de representar a quienes no se sentían convocados por la lista K, prefrieron lamentarlo. Se ve que no son ellos quienes deberán hacer política en el Congreso Nacional y en la Legislatura local...
Pero al día siguiente la distancia entre los intelectuales y la política saltó a la vista: la Presidenta trató a Solanas de posible o cuasi seguro aliado...Si para la Presidenta era un aliado, por qué los intelectuales (y los militantes) lo maltrataron tanto?
Dentro del modelo K, es mejor proponer a Proyecto Sur como aliado en vez de Aldo Rico. Pero... por qué esperar al día después de las elecciones para reconocerlo como un aliado? Si se trataba de un actual o potencial aliado, por qué no hubo alianza, frente, acuerdo, etc? Sólo porque Solanas sería un cineasta personalista, vanidoso, narcisista, ególatra, individualista, panfletario, superficial, senil, oportunista, antisemita… - y otros calificativos que se dijeron y escribieron durante las últimas semanas? Sólo porque Libres del Sur merecería tantas descalificaciones como Solanas?
+ Salvo el vicepresidente Cobos y el diputado de Narváez, la oposición no tiene tanto para festejar. Macri perdió demasiados votos en poco tiempo - dato del cual tomarán nota los peronistas a los que necesita para sostener su proyecto presidencial. Frente a él se alza la figura de Reuteman, que ganó por poco pero no perdió votos...
Carrió ya no es la única figura capaz de reorganizar al radicalismo conservador: deberá disputar ese liderazgo con Cobos, en una dinámica en la cual es impensable imaginarse una fórmula “Cobos-Carrió” o “Carrió-Cobos”. La recuperación del radicalismo es tan notoria que hasta vuelven a tener internas. Pero esta vez no se enfrentan Balbín vs Alfonsín sino Balbín vs Balbín.
La crisis del sistema de representación y la dispersión del sistema de poder real es tan seria y profunda que ni siquiera los sectores más poderosos tienen claro quiénes serían sus mejores opciones en las próximas elecciones. Las grandes empresas que operan en nuestro país obtuvieron mayores ganancias durante los últimos 5 años que durante los cuestionados años ’90. De donde es poco probable que pretendan destruir “el modelo” derrotado en las elecciones. Más bien están a la búsqueda de quién será capaz de mantenerlo, pero dentro de ciertos límites. Varios disputarán ese lugar.
Al analizar ese movimiento será importante no perder de vista los matices y las diferencias. Porque así como la unidad del llamado campo popular se construye entre diferentes, también habrá diferentes entre sus adversarios.
+ La oposición fue un ente ilusoriamente homogéneo sólo frente a la coyuntura post crisis del campo, que culminó con el ficticio plebiscito. A partir de ahora esas fuerzas tienen por delante una confrontación mucho más dura y compleja: pelearse entre ellos para ver quién será capaz de heredar la coyuntura.
Los que pretenden encabezar un movimiento nacional y popular achicaron su frente y están a la defensiva.
Quienes postulan un proyecto reformista amplio quedaron aislados y en minoría.
Quienes creen en la formación de una fuerza popular alternativa, no pierden las esperanzas.
Todos tienen por lo menos dos años por delante.