La crisis del sistema de representatividad obedece a complejas razones sociales, económicas, políticas y culturales. O dicho de otra forma, a la siempre complicadas luchas por el poder entre las fuerzas, clases e intereses varios que se enfrentan a lo largo de la historia política. En un sistema republicano liberal como el nuestro, antes o después estos enfrentamientos también se expresan de manera elocuente en las coyunturas electorales. (Pero también se expresan de otras maneras).
Bien o mal, los partidos políticos son organizaciones que representan o tratan de representar intereses enfrentados. En líneas generales se supone que expresan a estos intereses de maneras relativamente precisas y compiten para ver cuáles intereses se imponen sobre otros. Pero, cuando los partidos entran en crisis, no sólo estamos frente a problemas propios o internos de estas organizaciones, sino además frente a problemas de los campos de intereses a los cuales representan o pretenden representar. Si bien los partidos tienen conductas corporativas que tienden a su supervivencia como organizaciones, no se trata sólo de “internas”. Estas “internas” también expresan los conflictos y las dinámicas propias de los intereses sociales, económicos y culturales a los cuales estos partidos expresan.
Hace algunos años los partidos políticos tenían varios problemas. Entre otros, que no tenían candidatos adecuados para competir por la presidencia en la coyuntura de la crisis del 2001/02.
Ante la defección de Reuteman y la imposibilidad de acordar con de la Sota, Eduardo Duhalde comprendió que Menem era capaz de ganar y realizó una serie de maniobras para dividir el voto del partido mayoritario, apostando a una segunda vuelta en la cual la mala imagen del ex presidente le impidiera ser el ganador final. Fue así que en abril del 2003 el peronismo presentó tres candidatos: Rodríguez Saa, Menem y Kirchner (el candidato apoyado por Duhalde).
Para el radicalismo las cosas no eran menos complicadas. La catástrofe en que terminó el gobierno de la Alianza provocó su descrédito general y el cisma de dos corrientes internas: la de López Murphy y la de Elisa Carrió. Maniobras internas equivalentes a las de Duhalde en el PJ impusieron a Moreau como su candidato oficial. De modo que la tradición radical también llevó tres candidatos.
Esta fractura de las fuerzas políticas mayoritarias era un dato estratégicamente preocupante para las fuerzas y sectores dominantes. Porque... ¿quién se ocuparía de asegurar la llamada “gobernabilidad”? O sea, el desarrollo de algún tipo de política que les permitiera mantener su dominio, su tasa de ganancia, etc. Fue Eduardo Duhalde quien encontró la manera de darles la tranquilidad que anhelaban - por un lado con sus políticas como Presidente y por el otro con su estrategia en el peronismo.
Y así fue que Néstor Kirchner (entonces poco conocido) ganó las elecciones que perdió. La fórmula de Menem obtuvo el 24% de los votos. Kirchner el 22%, López Murphy el 16%, mientras que Rodríguez Saa y Carrió cada uno el 14%. Las diferentes izquierdas propiamente dichas sumaron un 5%, Moreau un poco más del 2% y las derechas asumidas como tales poco más del 1%. Por acuerdos previos o por otras razones, Menem optó por no presentarse a la segunda vuelta y el que salió segundo quedó primero.
Kirchner se las arregló para acumular algo de poder. Aprovechó coyunturalmente la crisis del sistema de representatividad, creó el Frente para la Victoria y cuatro años después Cristina Fernández de Kirchner encabezó un frente que obtuvo un claro éxito electoral: ganó con el 45% de los votos. Salió segunda otra mujer, Elisa Carrió con el 23%, y tercero el ex ministro de economía, Lavagna, con casi el 17% - ambos, de diferentes maneras, representando al tronco radical.
La suma de Menem + López Murphy en 2003 llegaba al 40% y de ese modo se exhibía la fuerza de los sectores que son representados y se benefician con la propuesta neoliberal a la que ambos expresan con rotunda claridad. La suma de Cristina Fernández + Lavagna en 2007 superó el 60% y expresaba en la coyuntura a los sectores que se reconocen beneficiados por las políticas neokeynesianas – aunque con diferentes tácticas políticas.
Pero como no todo es economía (recordemos que Lavagna aplicaba al campo parecidas retenciones que la célebre Resolución 125), y como la lucha política también es lucha cultural, terminó todo mezclado: sectores, clases y fuerzas que fueron y son beneficiados por estas políticas neokeynesianas hoy aparecen enfrentados a un gobierno que les demostró ser su mejor representante económico de 1983 a la fecha.
Durante estos 7 años de gestión, el kirchnerismo acostumbró a los sectores dominantes a ciertas condiciones que no querrán modificar. Básicamente tres: les asegura la llamada “gobernabilidad” sin represión; a pesar de la crisis internacional, les asegura un modo de acumulación viable (apoyado en la política del gasto público) y se ampararon los intereses del sistema bancario.
Hay importantes fuerzas reformistas y populares que apoyan este proyecto, no tanto por los beneficios que ofrece al poder económico sino por los beneficios que también obtienen algunos sectores del trabajo. Unos y otros (importantes sectores del capital, importantes sectores del trabajo) son representados y beneficiados de hecho por estas políticas. Que esta situación pueda prolongarse en el mediano y largo plazo, ya es otra clase de problema.
Ahora ya está lanzada la lucha por el 2011. La crisis del sistema de representatividad vuelve a ocupar los primeros planos de la coyuntura. Algunas fuerzas políticas representan a los sectores que no fueron o que fueron menos beneficiados por la política económica kirchnerista. Pero lo que en realidad debaten las superestructuras de estos partidos, es quiénes serán capaces de demostrarle al poder que pueden representarlo mejor que las actuales autoridades.
Es algo análogo a lo que ocurrió hace 7 años, cuando el peronismo – a través de Duhalde – asumió la salida de la crisis que el mismo peronismo – a través de Menem – había contribuido a crear, y que estalló con el absurdo proyecto de la Alianza. La diferencia está en que ahora no hay desastre económico-social sino crisis política. En 2002/2003, a través de negociaciones internas y a través de compromisos con los principales factores del poder económico (cámaras, corporaciones, asociaciones, estados extranjeros, etc.) el peronismo abrió la opción de la propuesta reformista del desconocido gobernador de Santa Cruz.
Hoy, las fuerzas políticas electoralmente significativas pelean no sólo por posicionarse socialmente frente a las próximas elecciones sino además – y quizás sobre todo – para ofrecerse al poder real como la fuerza capaz de asegurarle tantos o más beneficios que el kirchnerismo. Una buena pregunta sería: ¿hay alguna fuerza política capaz de ofrecerle y garantizarle semejante cosa a las cámaras, corporaciones, asociaciones y estados extranjeros? En principio la respuesta debería ser no afirmativa.
Este siempre fue el dilema de los proyectos reformistas. Están en el medio de la tensión entre un poder real que siempre quiere más (o por lo menos más de lo mismo) y los sectores populares que demandan, lógicamente, lo mismo. Y parecido es el problema de los opositores: no pueden dar a conocer sus proyectos – porque son pianta-votos – y tampoco están en condiciones de asegurarle un buen modelo a ese poder real que todavía no tiene candidato propio.
Cabe entonces otra pregunta: el poder económico real, ¿a quién va a elegir entre “bueno conocido” y “mejor por conocer”? En última instancia, ¿con quién va a negociar? En realidad, todavía no se negoció. Y esto puede deparar grandes sorpresas de acá a la próxima coyuntura electoral.