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La Inducción de la Voluntad
Por Mario E. Burkún

 

El momento actual es un período de tránsito, dentro de una crisis en la globalización. Este tránsito es de carácter económico y político-social.
Podemos decir que tiene un largo devenir histórico posterior a los auges con restricciones de las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, con la formación de unas trazas de identidad específicas del ser social actual.
Axiomáticamente podemos definir como rasgos homogéneos en el sistema internacional, los siguientes.

  1. La heterogeneidad cultural disminuye y se adapta a una fase de escepticismo propio de los momentos de retracción y conservadurismo de la ideas y de las concepciones de ruptura y cambio.
  2. Los extremos pasan a ser dominantes en las visiones de mundo, como formas totalizadoras del pensamiento. El racionalismo positivista de un  lado, y el misticismo fundamentalista del otro, adoptan a las masas carentes de propuestas vitales, orientando caminos sin salida y sin retorno.
  3. La mayoría silenciosa se aleja de formas deterministas que explican la sociedad en curso, para someterse a una definición  escéptica carente de diferenciación entre lo objetivo y lo subjetivo. Vacío que  genera un revival de la náusea o la descomposición del comienzo del existencialismo.
  4. La fragmentación de las visiones, retrotrae a  pérdidas de libertad en la toma de decisiones, que quedan enajenadas a propuestas político-culturales carentes de una estética vital. El individualismo determinado por las raíces del prejuicio, y la burocracia de la cotidianeidad, dominan la escena y el transcurrir en espacios carentes de un contorno social que reproduzca actitudes solidarias y de colaboración o cooperación asociativa.
  5. Las expresiones políticas no usan un lenguaje que refleje las diferencias y lo puntos de inflexión, sino que sirven para sostener un poder unívoco, que solamente busca la reproducción sin planes y objetivos que trasciendan lo inmediato.

Partiendo de estos axiomas, se presenta como ambiguo un devenir en el que la dominancia de lo material-económico, se acentúa con la sumisión de la cultura a un pensamiento enajenado a un vacío sin crítica ni reflexión creativa.
Las formas de la política buscan, entonces, recrear lo adquirido en el tiempo, tratando de conciliar un control social, que esconda las carencias y dificultades de los desposeídos y carenciados, guardando las formas y manipulando la malicia del poder de turno.
Cambiar las pautas de la acción política-cultural aportando un pensamiento crítico que induzca mayores grados de libertad para las masas, es una actitud existencial romántica y de compromiso.
La ruptura del supuesto equilibrio entre la imaginación del poder y su forma real de expresión, pasa entonces por esclarecer con educación, trabajo intelectual y formas de pensamiento compartido los momentos presentes y futuros del ciclo actual de reproducción del capital.
Socialmente la alienación colectiva de las masas carece de un fondo organizativo en donde las organizaciones políticas y culturales ejerzan una representación valida para  una propuesta de modificación progresiva del poder.
La avanzada más significativa del malestar de la cultura popular se manifiesta en la movilización en las calles, como propuestas espontáneas carentes de una significación sustantiva como visión ideológica o praxis cualitativa.
Para afrontar esta crisis de la cultura es necesario un nuevo papel del Estado o de las organizaciones populares en el ejercicio del poder.
Una nueva metodología del uso del poder que pueda permitirse el pensamiento y la acción crítica, saliendo de la alienación y del sometimiento que enajena la conciencia de las masas.
Para ello se necesita y se demanda una inducción de voluntad política, en el corto plazo.
Las propuestas disruptivas, con un contenido de estética de ruptura y de cambio, son más inclusivas, que las conciliatorias e hipócritamente sustentadoras del bien y la moral de la sociedad tradicional.
La modificación del escepticismo y el compromiso voluntario con la reproducción de formas solidarias de reproducción social, tienen la posibilidad de expandir la conciencia sobre las dificultades de la cotidianeidad y poder afrontar la salida de la crisis.
Aquellas propuestas políticas que avancen en una estética del poder que reconozca la identidad antropológico-cultural de las masas, tiene la vigencia de una práctica que resuelva la problemática de extranéation de la marginalidad y pueda dar respuesta a la carencia de programa y propuestas de futuro.
El ser y la existencia tendrían así que poder unificar destino y trascendencia sin verse impedidos por barreras disociadoras que mantengan sumisas las identidades a políticas carentes de contenidos propios de cada individuo, compartidos en un colectivo social común.
Expresados en el día a día de nuestro país, un discurso inclusivo de estas premisas y lineamientos de acción metodológica tiene que contemplar la explicitación de los conflictos de clase.
Tiene que ser un discurso que cuestione la disociación de la clase política respecto a la realidad social. Dicho lenguaje debe afrontar la disrupción de una monotonía política carente de formas organizativas que puedan sostener cambios profundos en la cotidianeidad y que modifiquen la realidad de la fragmentación social.
La inducción de la voluntad tiene que constituir una respuesta desde la hegemonía del poder político para permitir una estética en donde la subjetividad del cambio permita imaginar una sociedad más inclusiva, más igualitaria y más solidaria entre sus protagonistas


 

 
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