La historia del liberalismo en nuestro país es la historia de una incongruencia. Es la historia de cómo se alteran los principios doctrinarios en nombre de los mismos principios que se dice sostener (o en los que se dice creer). O sea, la historia de una alienación.
Dice el diccionario acerca de la palabra “alineación”: “Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”. (Hay otras acepciones de la palabra, pero podrían parecer ofensivas).
A tal punto ha llegado esa alienación, que hoy por hoy en la Argentina ya no se sabe qué quiere decir “ser liberal”.
Los liberales argentinos son como ateos que van a misa los domingos. Sacerdotes que viven como herejes. Comunistas que extraen plusvalía. Dictadores democráticos. Cualquier cosa.
Repasemos entonces los principios básicos de su credo.
+ Desde el punto de vista filosófico el liberalismo cree en el poder de la subjetividad y afirma la separación o independencia entre el sujeto (individuo) y el resto del universo (ya sean las instituciones o la naturaleza). Cree en la neutralidad de la reflexión, cree enfáticamente que el saber mejora moralmente al hombre y, por lo tanto, que la ignorancia explica la injusticia. Cree que la razón y la libertad marchan o pueden marchar juntas y que esa marcha conduce a la humanidad hacia el progreso.
+ Desde el punto de vista político, el liberalismo postula la existencia de un Estado que se limite al cuidado de la vida de los ciudadanos y la protección de una categoría a la que llaman “el bien público”, que asegure el resguardo de las libertades civiles y por lo tanto los derechos de las minorías. Tal Estado sólo podría funcionar bajo regímenes consentidos; este consentimiento se instituye en una Constitución y la misma debería asegurar al menos el principio de la independencia de los poderes.
+ Desde el punto de vista económico, la hipótesis básica del liberalismo postula que el fundamento del interés colectivo consiste en la búsqueda del interés personal, debido a que los ciudadanos son seres racionales. Este interés colectivo de seres racionales se apoya, a su vez, en la propiedad privada y en la libertad de contratación (cada vez que compramos/vendemos bienes, servicios o fuerza de trabajo, efectuamos un “contrato”). La combinación de los principios anteriores da como resultado que los mercados se regulan en forma automática a consecuencia de la libre competencia.
Como pasa con cualquier teoría, a partir de los principios generales se desarrollan los matices – y a veces diferencias profundas. Lo que no pueden cambiar son los fundamentos doctrinarios principales. Un sacerdote puede hacer la opción por los pobres y otro la opción por los poderosos. Pero ambos deberán creer en la resurrección del Jesús, por ejemplo.
Con los liberales no es lo mismo. Revisemos las diferentes corrientes del pensamiento liberal, desde Adam Smith hasta los cerebros de George Bush. Nos encontramos con que en la mayoría de sus publicaciones se advierten corrientes intelectuales diversas: no es fácil, pero es posible encontrar el denominador común. Eso que hace que “algo” sea ese algo y no otra cosa.
Menos en la Argentina. Porque acá, a la inversa de la teología católica, el liberalismo parece no tener un equivalente a la resurrección de Jesús. A la inversa del marxismo, carece de nociones comunes a todas sus tendencias como los conceptos de “mercancía”, “plusvalía”, etc. A la inversa del freudismo, el liberalismo local carece de un equivalente a la teoría del inconsciente y sus consecuencias.
No se puede imaginar a un intelectual freudiano que no sostenga la capacidad significativa de la vida onírica. Ni se puede imaginar a un marxista que desconozca el principio de la explotación. Ni a un católico poniendo en duda la filiación de Jesús.
Pero es muy fácil encontrar a un liberal argentino que aprueba la tortura. Es fácil imaginar a un ministro de economía liberal que lleva adelante una política intervencionista. Y más fácil todavía imaginar a otro liberal que preside una dictadura. Y es igualmente fácil imaginar a un liberal argentino que combina en una sola persona todas estas contradicciones. Para tratar de zafar, en la Argentina se inventó aquello de “liberal en economía, conservador en política”. O sea, es pero no es.
En el país del radicalismo y del peronismo, o sea, en un país marcado por la experiencia movimientista, se argumentaría que estos movimientos (populistas o no) están plagados de contradicciones semejantes o peores. Es cierto. Pero no estamos analizando la lógica del movimientismo (que es una forma en la cual se expresan políticamente los sectores sociales) sino la lógica de una pretendida teoría de la historia, de la economía y del ser humano como tal, una ideología (el llamado liberalismo).
La pregunta, entonces, sería si es razonable que quien se dice liberal sea, al mismo tiempo, no liberal. Para unas cosas sí, para otras cosas no. La experiencia histórica dice que sí, que eso es algo que ocurre: está lleno de personas que se dicen “liberales” pero que no actúan como tales. Pero no nos preguntamos si es posible que ocurra en nuestro país. Nos preguntamos si eso es racional.
Para salir de este dilema que parece excesivamente formal - se diría que aristotélico de tan esquemático - tenemos los planteos según los cuales (como diría un pensador estoico) “todo se mezcla con todo”. Ya no hay – y quizás nunca hubo – teorías en estado puro. En un punto esto es cierto. Se puede ser centralmente “X” y al mismo tiempo ser influido por “N” y “M”. La articulación entre una teoría central y otras que “la enriquecen” no sólo es algo frecuente. A veces también es bueno. El mestizaje teórico no es malo en sí mismo. A veces sus resultados son superadores.
El problema aparece cuando se comete el pecado epistemológico de la incongruencia. A escala internacional, se puede admitir – y de hecho se hace – que un economista keynesiano se diga liberal y que otro del mismo signo diga que no lo es, ambos en nombre de las nuevas características del capitalismo.
Cualquier que estudie la teoría de la “competencia imperfecta” puede entender que tanto el keynesiano que se dice no liberal como el liberal que se dice keynesiano, en última instancia hacen lo mismo: tratan de salvar al capitalismo de sus crisis y a las repúblicas liberales que lo expresan institucional, filosófica y políticamente. El keynesiano que se dice liberal acusará al otro keynesianismo de pro-socialista, pero el keynesiano que se dice no liberal le responderá que, hasta donde sabemos, todavía los Estados Unidos no son un país socialista, aún a pesar de Obama y de Roosvelt.
En nuestro país el problema no es tan sencillo. El llamado liberalismo – entendido como teoría económica pero también filosófica y política, es decir, como lo que es según sus patriarcas – no aparece acá como una teoría sistemática, ni siquiera como un dogma coherente. En realidad, parece una caja de herramientas. O sea, el instrumental del oportunismo.