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Con la mirada vuelta hacia atrás
Por Hernán Invernizzi

Eduardo Galeano cita la siguiente frase al comienzo de Las venas abiertas de América Latina:La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue y contra lo que es, anuncia lo que será”.

Se asegura que las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires son muy especiales, que el elector porteño es especial... en fin, a las elecciones porteñas se les asigna una “naturaleza” diferenciada. De modo que conviene analizarlas en perspectiva.


Elecciones generales 1996.

Fueron las primeras bajo la autonomía relativa de la ciudad capital, que se acordó en el llamado Pacto de Olivos: a cambio de permitir la reelección de Menem, el alfonsinismo, entre otras cosas, reclamó la autonomía de una ciudad en la cual se sabía mayoritario. Y así fue, al menos en el corto plazo.

Se realizaron el 30 de junio de 1996. Los principales competidores fueron la lista encabezada por Fernando de la Rúa (con Enrique Olivera) por la UCR; Norberto Laporta/Ibarra por la alianza del socialismo y el Frepaso; Jorge Domínguez (Intendente saliente) con Kessler por el Partido Justicialista y Béliz/Francos por Nueva Dirigencia.

Las ganó la UCR con el 38.89% de los votos válidos. Segundos La Porta/Ibarra con el 26.50% y tercero el menemista Domínguez con el 18.62%. Béliz obtuvo el 13% y ninguna de las otras seis fórmulas llegó al 1%. Votó casi el 76% del padrón electoral y hubo muy pocos votos en blanco.

Lo más destacable fue la presentación en sociedad de la primera coalición de “centro-izquierda con peronistas” (socialismo más Frepaso), que debutó con el 26%. El peronismo fue dividido en tres: algunos estaban en el Frepaso y otros junto a Cavallo o Béliz, mientras que los radicales eran cómodamente la primera minoría.


Elecciones generales 2000.


Se realizaron el 7 de mayo del 2000, cuando ya gobernaba la Alianza. Enrique Olivera había ocupado la Jefatura de Gobierno porque Fernando de la Rúa había pasado a la Presidencia con el Chacho Álvarez.

La fórmula oficialista integró por primera vez varón y mujer: Aníbal Ibarra (Frepaso) y Cecilia Felgueras (UCR), que encabezaron una coalición que integró a diversas fuerzas progresistas, incluyendo a los diferentes socialismos. Su principal rival era la dupla Domingo Cavallo-Gustavo Béliz (el peronismo menemista).

Ganaron Ibarra-Felgueras con el 49.30% de los votos válidos. Segundo salió Cavallo con el 33.20%. Ninguna de las otras 12 fuerzas alcanzó el 5%. Votó un poco más del 70% del padrón. Hubo 2.60% de votos en blanco. La victoria oficialista había sido tan rotunda que Cavallo/Béliz optaron por no presentarse a la segunda vuelta.

Otra vez el peronismo fue dividido: unos en el Frepaso, otros detrás de Cavallo. La coalición de “centro-izquierda con peronistas” integró a la UCR y alcanzó la mitad de los votos porteños.


Elecciones generales 2003.


Se desarrollaron tres meses después de la asunción de Kirchner y fueron las primeras después de la crisis del 2001. Ibarra buscó la reelección, y como la Alianza estaba desbaratada por la crisis que ella misma provocara, alrededor de Ibarra se organizó un nuevo esquema político. Junto con Telerman encabezó un frente integrado por un conglomerado de fuerzas progresistas y de centro izquierda, el ARI de Carrió y el embrionario kirchnerismo.

Su principal opositor era Mauricio Macri (entonces conocido como Presidente de Boca Juniors) que encabezó junto con Rodríguez Larreta un frente de partidos de centro-derecha. El tercero en discordia fue Luis Zamora (ex integrante del trosquista MAS), que se presentó al frente de su partido Autodeterminación y Libertad.

Estas tres fuerzas captaron más de 83% de los votos válidos. El resto se repartió entre otras 25 fórmulas. Hubo un 2% de votos en blanco y menos del 1% de anulados.

Ganó la fórmula de Macri con el 37.55%. Ibarra-Telerman obtuvieron el 33.54% y Zamora el 12.30%. Fue necesario ir a una segunda vuelta, en la cual se impuso Ibarra con el 53.48% contra el 46.50 de Macri.

En esa coyuntura apareció una coalición de centro-derecha encabezada por una figura nueva, a diferencia de los anteriores candidatos provenientes del memenismo. El voto peronista se habría orientado más hacia la fórmula oficialista (con dirigentes peronistas del Frepaso más el peronista Telerman).Y apareció el problema del voto radical, dividido en tres direcciones: la UCR oficial (deshonrada por la crisis de la Alianza), el cisma de López Murphy (ala liberal de la UCR) y el cisma de Elisa Carrió (que pretendía ser el ala progresista del radicalismo porteño).

Fue en esa coyuntura del 2003 cuando pareció gestarse una especie de equilibrio entre dos coaliciones: esquemáticamente, el “centro-izquierda con peronistas” (Ibarra/Telerman) y el “centro-derecha que buscaba peronistas” (Macri/Rodríguez Larreta).


Elecciones generales del 2007.


Se realizaron el 3 de junio. Esta vez la elección local fue previa a los comicios nacionales (octubre 2007, ganadas por Cristina Fernández de Kirchner por más del 45%). Toda elección general porteña está influida por la política nacional, pero aquella también estuvo marcada por la destitución de Anibal Ibarra, concretada en marzo de 2006, un año antes de las elecciones.

Hasta la tragedia de Cromañon (30 de diciembre de 2004) Ibarra gozaba de bastante aceptación y prestigio. Más allá de cualquier evaluación acerca de sus responsabilidades políticas con la tragedia (las responsabilidades penales fueron descartadas por la justicia) el macrismo hizo un uso oportunista de la situación y empeñó todo su poder para destituir al dirigente que los había derrotado. En esa cruzada anti-progre fueron acompañados por el ARI, parte de la izquierda y un legislador kirchnerista que se pasó al macrismo.

Un año después de la destitución, se votó. Macri se presentó por la revancha encabezando más o menos el mismo frente de centro-derecha, al cual se sumaron algunos referentes del peronismo, que por diversos motivos no encajaron en el armado local del kirchnerismo.

El frente del “centro-izquierda con peronistas” fue dividido. La fórmula Telerman/Olivera fue una alianza de coyuntura para aprovechar la popularidad que tenía la doctora Carrió (a la cual representaba Olivera, UCR) y la popularidad que entonces disfrutaba Telerman (peronista), a cargo del gobierno por la destitución de Ibarra.

El kirchnerismo, dentro de su proyecto de agrupar al peronismo con el centro-izquierda, presentó la fórmula Filmus (peronista)- Heller (izquierda).

En primera vuelta la fórmula de Macri obtuvo el 45,62% de los votos. Filmus el 23,77% y Telerman el 20,7%. Se presentaron otras 15 fórmulas y ninguna alcanzó el 3%. Hubo apenas 1.60% de votos en blanco y un poco menos de votos nulos. Votó el 70% del padrón electoral porteño. Macri ganó en todas las secciones electorales.

En la segunda vuelta, Macri/Michetti obtuvieron casi el 61% y Filmus/Heller casi el 40%. Aprovechando el carisma de su líder, la división de sus oponentes, la destitución de Ibarra y la base electoral del centro-derecha porteño, el macrismo se había tomado revancha. Como resultado de ello el macrismo quedó con la primera minoría en la legislatura.

Haciendo abstracción de las elecciones porteñas del 2011 algunos datos políticos saltan a la vista.


Peronistas y radicales.


En cuanto al “voto peronista porteño” (bien conocido apenas media cuadra después de la General Paz) sólo se podría decir que es antes un misterio socio-político que un dato medianamente previsible. En 1996 y en 2000 se presentaron fórmulas “peronistas” y su mejor promedio fue el 33% de los menemistas Cavallo/Béliz en el 2000. En 2003 y 2007 el voto peronista se repartió de manera imposible de mensurar.

El voto radical porteño pareció evaporarse con la crisis del 2001 y los cismas subsiguientes. No obstante, una cosa es la crisis de la UCR local y otra cosa la “mentalidad radical” y sus expresiones electorales, como lo demuestran los éxitos circunstanciales y relativos de Carrió, López Murphy u Olivera (con Telerman). Esa “mentalidad radical” está presente y verificable en la ciudad desde por lo menos Irigoyen. Una de las grandes preguntas post-2001 es ¿a dónde van los votos radicales porteños?


Centro izquierda-derecha.


Desde 1996, más del 80% de los votos locales se reparten entre las coaliciones o frentes que expresan al “centro-derecha o al centro-izquierda con votos peronistas”, los cuales se reparten entre ambos sectores según las coyunturas (con la excepción de la Rúa).

En 2003, el centro-derecha obtuvo el 37.50% en primera vuelta (46.50% en segunda).
En 2007, el 45.62% en primera (61% en segunda). Considerando las diferencias de coyuntura entre uno y otro año, resulta que Macri tuvo la habilidad de generar un proyecto capaz de representar entre el 35 y el 45% del electorado porteño (antes del 2011).

Pero en ese mismo dato se encuentra su debilidad: ninguno de los dirigentes y fuerzas que integran su coalición tienen representatividad significativa propia. Todos dependen del liderazgo de Macri y de ahí su decisión de respaldarlo incondicionalmente.

En 2003, Ibarra-Telerman el 33.54% (Zamora el 12.30%). En 2007, Filmus-Heller el 23.77% (Telerman-Olivera el 20.7%). Acá no caben las sumas apenas matemáticas y no hay ejes político-ideológicos suficientemente claros.

En el 2003, si sumamos las dos expresiones que no eran de centro-derecha tendríamos el 45.84% de los votos (Ibarra Zamora). Quienes votaron a Zamora no votarían a Macri. Pero dentro del espacio Ibarra-Telerman estaba el ARI, desgajamiento radical que entonces se presentaba como un progresisimo al modo alfonsinista. A los integrantes de su fuerza le pasa lo mismo que a los macristas: para tener votos dependen del liderazgo de Elisa Carrió, de ahí que son incondicionales o se van. Es una fuerza caracterizada por la inestabilidad.

En el caso del 2007, si sumamos las dos expresiones no macristas (Filmus Telerman), tendríamos el 44.47%, casi lo mismo que sumando los votos Ibarra/Zamora del 2003. Pero otra vez aparecen los problemas con las sumas.

No queda claro a dónde fue el 12% de votos que conquistó Zamora bajo las excepcionales condiciones post 2001. Tampoco está del todo claro cómo se distribuyeron los votos peronistas porteños, si tenemos en cuenta que tanto Filmus como Telerman son dirigentes de ese movimiento y encima que el macrismo/2007 incluía referentes peronistas.

Y para peor reaparece el problema ARI/Carrió. A sus sistemático corrimiento hacia la derecha liberal, esta fuerza tenía el problema de su política anti-progre en el juicio contra Ibarra. Eso le impedía integrar la coalición con Filmus y la forzaba a aliarse con Telerman, lo cual dio como resultado que un significativo caudal de votos quedó en el limbo.


Los gorilas.


El voto gorila porteño es un misterio semejante al voto peronista capitalino. Parte de ese gorilismo acompañó a Ibarra-Telerman (apoyados por Kirchner) en el 2003 y también votó a un peronista afrancesado en el 2007. A su vez, el voto gorila es un porcentaje importante del electorado macrista, pese a la presencia de notorios peronistas entre sus funcionarios y dirigentes. Para los gorilas porteños hay peronistas bien y peronistas de mierda. Por eso Macri suma peronistas que no cantan la marchita y por eso el peronismo busca candidatos que no parezcan peronchos.


Crisis del sistema político porteño.


Esta especie de inestabilidad sistemática está relacionada con la crisis del sistema de representación, que se manifiesta en la Ciudad de Buenos Aires como en cualquier otro distrito, pero bajo las condiciones de la estructura socio-económica propia de la metrópoli. Se entiende mejor desde esta perspectiva que dirigentes, militantes y funcionarios porteños pasen de una fuerza a otra en forma permanente y a veces brutalmente contradictoria, como si no tuvieran identidad ideológico-política.


Una metrópoli no es una provincia.


Hasta acá usamos categorías como “centro-derecha”, “gorila”, “progresista”, etc. pero casi ninguna referencia a categorías económicas, de clase, etc. Esto se debe a las características del electorado porteño y a su situación relativa respecto del país en general.

La ciudad presenta un alto índice de propietarios: por lo menos la mitad de las familias asentadas en la Ciudad son propietarias de su vivienda. En al menos dos comunas, el índice de propietarios de vivienda propia supera el 70%: comunas 10 (Villa Real, Monte Castro, Floresta, Vélez Sarfield, Villa Luro y Versalles) y 11 (Villa General Mitre, Villa Santa Rita, Villa del Parque y Villa Devoto).

Más del 10% de los porteños/as son empleadores o patrones, alrededor del 70% son asalariados y los cuentapropistas son más o menos el 20%.

Para el año 2005 (sirve como referencia para este análisis) alrededor del 40% de los porteños de más de 25 años tenían 14 o más años de escolarización, es decir, que habían accedido a por lo menos el estudio terciario. Para el mismo año el nivel educacional de los porteños de cualquier edad era, proporcionalmente al resto del país, muy alto.

La ciudad tiene los índices de desocupación más bajos del país. A diferencia de las generaciones anteriores, la mayoría de los jóvenes que estudian no trabajan: quizás porque no consiguen trabajo estable (o porque aparecen como “sin trabajo” los que acompañan sus estudios con trabajos irregulares, o porque se mienten las declaraciones juradas para no perder beneficios médicos), quizás porque pueden sobrevivir en dinámicas familiares en las cuales, como vimos, se combina desocupación relativamente baja con propiedad de la vivienda, o quizás por una combinación de las anteriores.

Los datos anteriores se confirman cuando se analiza la situación frente al sistema de salud o al previsional. Más del 75% de los porteños está afiliado a algún sistema de salud y alrededor del 20% lo están a empresas de medicina prepaga, mientras que más del 70% hace aportes jubilatorios.

Con o sin autonomía (relativa), la situación económica de los porteños depende de las políticas del gobierno nacional. Su relación con el gobierno local se parece al vínculo del vecino con cualquier intendente de cualquier municipio, pero con una extraordinaria diferencia de volumen, bajo las condiciones subjetivas de la estructura socio-económica de una metrópoli y con sus partidos políticos prácticamente desbaratados. A partir de la “autonomía” en la Ciudad se está produciendo un creciente proceso de municipalización de la política, en el cual el bacheo, el mantenimiento, el espacio público, etc. son problemas cotidianos que tienden a desplazar a la ideologización que siempre caracterizó al distrito.

Lo del volumen y la estructura socio-económica de la ciudad es abundantemente debatido inclusive en ámbitos académicos. Lo del fracaso de sus partidos políticos, en cambio, es un asunto política y teóricamente pendiente (sobre todo porque no es lo mismo esta crisis de las organizaciones partidarias en cualquier otro lugar del país que en una metrópoli con una cultura relativamente propia). Los porteños se quedaron sin partidos políticos, no obstante, los mismos fueron un aspecto importantísimo de su vida político-cultural durante décadas. Ser de izquierda o de derecha, liberal, peronista o lo que fuere, en la ciudad siempre había sido importante. Hasta el bacheo se discutía por izquierda o por derecha... El macrismo supo detectar este cambio y proponerle a los porteños una alternativa, que puede no gustar pero que es notablemente eficaz. Estos cambios no los produjo el macrismo, el cual se limita a expresar y atender desde su doctrina una serie de transformaciones que el resto de las fuerzas o bien no percibe o bien no sabe qué hacer frente a ellas.


El dilema.


En semejante ciudad, y en aparente paradoja, el macrismo prevaleció en las zonas sur y norte, lo cual, en realidad, corresponde al modelo convencional y “de manual” de los movimientos conservadores populares (que no son lo mismo que las derechas clásicas). Lo de la zona norte no merece mayor reflexión. En cuanto a la zona sur, se trata básicamente de las comunas 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya y Parque Patricios) y 8 (Villa Lugano, Villa Riachuelo y Villa Soldati).

Estas dos comunas presentan características socio-económicas comunes que fueron observadas por el macrismo y que centró en ellas su actividad político-asistencial: las mayores tasas de desempleo, las mayores necesidades habitacionales y la mayor postergación medida en términos de intervención del Estado porteño sobre las necesidades de sus habitantes.

Sobre semejante base, el movimiento de pinzas conservador es obvio: por un lado, tranquilizar a los sectores porteños de mayores ingresos, mayor nivel educacional y mayor porcentaje de propietarios. Por el otro, inserción socio-política en los sectores exactamente inversos y por diversos medios.

El movimiento de pinzas consiste en que a los primeros sectores no se los involucra en la actividad del macrismo con los sectores más bajos. Para el macrismo, la actividad socio-política en villas y barrios carenciados sólo se publicita en la coyuntura electoral. Porque a los “porteños pro” les importa un rábano lo que allí haga su gobierno. Se limitan a reconocer, a regañadientes, que para ganar los necesitan y que para vivir tranquilos es necesario que alguien los controle.

A pesar de las auténticas tragedias del capitalismo que desvelan al espíritu progresista, el macrismo diagnosticó que estaba frente a una ciudad con muchos propietarios, con alto nivel educativo, menor desocupación que el resto del país, etc., para la cual era posible un discurso, un tipo de gestión y un estilo de liderazgo capaz de representar a un piso del 35% y un techo del 45% de sus votantes, aunque para ello tuviera que apelar a sus peores emociones, a sus peores miedos y a sus más conservadores reflejos. Como se dice en las mesas de café – a las que no les falta sabiduría – le picó el boleto a los porteños que le interesaban.

Condicionado por sus convicciones doctrinarias, por sus limitaciones de clase y su incompetencia política, el progresisimo y el ambivalente peronismo local no encontraron hasta ahora la manera de superar el desafío que les propone el moderno movimiento conservador porteño, lo cual quedó confirmado en las elecciones 2011.

 

 
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