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“…nada interesa tanto en estos momentos como la formación de una liga verdaderamente americana... Es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas, separadas por ahora y en el ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos, pero unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero”. (de las instrucciones dadas por Pedro Gual, secretario de Relaciones Exteriores de Simón Bolívar, a sus emisarios que partieron a toda América en misión de unidad).
El año 2006 sin duda pasará a la historia de América del Sur como uno de los más prolíficos en trascendentes pasos políticos. La abigarrada realidad continental jamás había recibido un impulso tan coherente y resuelto hacia la definición de un camino que desemboque en un desarrollo independiente, pleno y justificado.
Y jamás esa realidad política se vio tan sustentada y comprendida por la base económica como en la actualidad.
Por ello que la consolidación del MERCOSUR como organismo regional económico con grandes implicancias y compromisos políticos es el producto de un proceso natural, no forzado y, por el contrario, deseado concretamente por todos los países de la región. Inclusive por aquellos que no son sus miembros plenos. Inclusive por aquellos que ni siquiera son sus miembros.
Dejo a la inquietud investigadora el respaldar las posiciones de este análisis con datos extraídos de cualquier página de Internet. Es hora que quienes intentamos sistematizar las observaciones manejemos, antes que nada, criterios conceptuales y no operativos. Se trata, fundamentalmente, de definir estrategias y vías de encaminamiento a partir de datos de la realidad que a priori deben ser aceptados como válidos. Son datos que brinda la información cotidiana y, por lo tanto, ya incorporados por quienes reciben esa información a su modo de enfoque.
La primera deducción que es posible plantear, siguiendo lúcidos dichos de Volodia Teitelboim, nonagenario envidiable, es que la actualidad política latinoamericana ha incorporado a su léxico habitual los nombres de los Libertadores. Dejaron de ser íconos para convertirse en puntos obligados de referencia para el posicionamiento político. Compromisos irrenunciables de quienes, hoy, tienen en sus manos la conducción de los estados suramericanos.
Los postulados unitarios de Bolívar o San Martín adquieren un nuevo significado y retoman su contenido primigenio. El contenido que llevó a los patriotas argentinos a batirse contra el colonialismo en la batalla final de Ayacucho, y a los fogosos llaneros venezolanos a derrotar últimos bastiones realistas continentales en combate cuerpo a cuerpo en Junín. El significado que resultó del sacrificio masivo de pueblos conscientes de la necesidad elemental de independencia.
La segunda deducción está originada en las peculiaridades del momento en que se vive en América del Sur. La política en esta región ha dejado de ser un movimiento elitista, en el que participan sólo “entendidos” que imparten consignas a las masas. Hoy, son estas masas las que dictan las actitudes políticas. Se cumple una advertencia de más de medio siglo: “los dirigentes marcharán a la cabeza de las masas, o las masas marcharán con las cabezas de los dirigentes”.
Por primera vez en la compleja y complicada historia latinoamericana, la mayoría de sus dirigentes ha surgido de procesos electorales masivos y goza de un amplísimo respaldo popular. Y en los casos en que entre gallos y medianoches persiste un sistema de extrañamiento de las masas de los niveles de conducción, los movimientos populares han logrado un desarrollo tal que es prácticamente imposible que el gobierno surgido de estas anomalías actúe con algún grado de impunidad o sin condicionamientos. Los ejemplos de Perú y de México así lo indican.
El analista estadounidense George Grayson, al referirse a la confirmación como “presidente electo” en México de Felipe Calderón, confía en que el candidato del PAN “tome algo del viento de las velas de (Arturo) López Obrador” , el líder de la Convención Nacional Democrática. En especial en lo que hace a los programas sociales contra la pobreza y la desigualdad, que son el eje del movimiento popular. Grayson teme que, de no adoptar esta conducta, Calderón tenga que enfrentar a la Convención en las calles.
En la gigantesca asamblea del Zócalo, que congregó casi un millón y medio de mexicanos, López Obrador afirmó que la conformación de un gobierno paralelo para el cual la multitud lo ungió presidente, “es la respuesta firme y honorable a aquellos que han transformado nuestras instituciones políticas en una farsa grotesca… No abandonaremos jamás”.
La característica de estas participaciones populares impone una tercera deducción : ya no se trata de instaurar por la fuerza de la lucha armada una revolución que destruya el Estado y sus estructuras. Ahora, la masividad se apodera de dichas estructuras y les devuelve su función específica al servicio del pueblo. Es decir, el poder de la ley en manos de los nuevos gobiernos populares convierte a sus antiguos detentadores en marginales y, en el caso de resistencia, en subversivos.
El presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, distante de toda identificación revolucionaria pero con todo a su favor, buen momento de la economía, alto índice de popularidad y aprobación de su gestión, entra a un segundo mandato presidencial inmediato, hecho que solo había vivido el Libertador Simón Bolívar. En vísperas de su asunción, altos oficiales de las fuerzas armadas, cuya cúpula fue totalmente renovada, fraguaron atentados terroristas que costaron numerosas víctimas, para preservar sus posiciones.
Uribe, quien tiene el récord de cabezas de generales puestas a rodar, ya ha dispuesto nuevas designaciones y reformará un cuerpo de leyes perverso que otorga numerosas preferencias económicas y operativas a las fuerzas armadas. Al mismo tiempo, ha dispuesto la liquidación de nuevos destacamentos de paramilitares surgidos al amparo de esas leyes y el reinicio de negociaciones con las guerrillas de las FARC.
De modo que las antiguas condenas de “populismo”, “tercermundismo”, “subversión” y otras terminologías demonizantes han sido reemplazadas, o mejor dicho desplazadas por gobiernos de nuevo tipo, que se respaldan en el amplio consenso popular y reprimen toda intentona de subvertir el orden constitucional surgido de las urnas.
De tal forma, los líderes así surgidos son absolutamente apoderados para realizar el programa de trabajo por el que han sido votados. Un reciente cambio de ministros en el gabinete chileno provocó la siguiente reflexión de la presidente Bachelet : “Los presidentes debemos tomar las decisiones necesarias para garantizar que el Gobierno pueda cumplir de la mejor manera posible las tareas de verdad" .
Es un hecho inédito en nuestro continente la fortaleza que evidencia, en todos los países, el régimen presidencialista. En esta oportunidad, esta fortaleza supera los carismas personales de estos líderes. Ella, en modo especial, se basa en la evidencia de una unidad de conceptos y conductas entre esos líderes y sus pueblos. Como dice el Secretario General de Gobierno de Chile, Ricardo Lagos Weber refiriéndose a la postura del sector político opositor en su país: "Si la derecha quiere seguir criticando y no aportando, tal vez puede de esa manera seguir siendo mal evaluada por la ciudadanía. Nosotros como Concertación vamos a cuidar esta coalición y le vamos a responder a los chilenos".
Por el contrario, como otra –la cuarta- deducción , corresponde señalar con bastante preocupación la caída en el prestigio y jerarquía del poder legislativo. Por cierto, es perfectamente atribuible a la incidencia de la fuerte personalidad del líder, pero eso no es todo ni mucho menos. Los mismos factores que han convertido a ese líder en una fuerte personalidad gravitante en la sociedad son los que canalizan hacia los escaños parlamentarios a figuras descartadas del juego político central, o rezagos del antiguo poder de los caudillos provinciales, o personajes del sub-mundo político a quienes se les ha “pagado” favores con una banca. Es de todo punto de vista sintomático que figuras vinculadas con los anteriores regímenes dictatoriales pugnen por lograr esa banca.
Aunque existen excepciones, aunque actúan parlamentarios con un clarísimo concepto de la modernidad y de las tendencias principales en la política contemporánea, la gestión legisladora se encuentra en el nivel de crédito más bajo de su historia. Lo que conforma una evidente contradicción con la finalidad última del régimen democrático. Y por supuesto con las intenciones de esa misma sociedad que consagra al nuevo líder nacional.
Es posible que el camino para superar esta atonía mayor del Parlamento en América Latina pase por el reagrupamiento de fuerzas políticas en función de sus nuevas ubicaciones en el escenario regional. Y por definiciones en ese nivel, en el regional, que todavía están por tomarse. Por ejemplo, la renovación del papel del Parlamento Latinoamericano, sumido en el desconocimiento generalizado de su existencia y, mucho más, de sus funciones.
Sería interesante y en alto grado educativo preguntar en la calle por el “Parlatino”. ¿Quién lo conoce? ¿Qué funciones cumple? ¿Quiénes son sus autoridades? ¿Dónde funciona? ¿Qué resoluciones adopta, si las adopta?
La superación de esa percepción, o mejor dicho de esa falta de percepción es posible si se modifica el concepto existente respecto del papel en general del poder legislativo. ¿Será posible incorporar al funcionamiento parlamentario las nuevas formas de concertación de masas que se dan en el continente? Otra vez el ejemplo mexicano marca un hito: el Zócalo ha sido un gigantesco e improvisado parlamento popular donde durante muchos días millones de personas se han sentido totalmente representadas por las decisiones allí tomadas.
Algo que no es siquiera soñado por los parlamentarios mexicanos quienes en esta instancia brillan por su ausencia. Inclusive en algunos casos, como en las elecciones de Chiapas o en los sucesos de Oaxaca, ciertos legisladores juegan en contra de la manifestación popular, asustados por el olorcito a desastre personal que les traen estas incómodas expresiones de rebeldía o de desacomodo social.
En el Paraguay, Nicanor Duarte (desde luego para nada un líder revolucionario) se propone la reelección ante una tremenda inacción de sus parlamentarios, la mayoría de ellos abismados en la pelea interna de los colorados y más preocupados por su situación personal (incluye el destino de sus fortunas) que por los problemas nacionales.
En su primera etapa, las asambleas barriales pudieron haber cambiado el poder legislativo argentino si se hubiesen consolidado en sus expresiones masivas. La carencia de soportes políticos organizados: los partidos políticos, obligó a su desaparición en manos de marginales de la política que ni siquiera tuvieron el tino de preservar sus propios kioscos.
No es mi propósito referirme aquí a la tercera pata de nuestros sistemas democráticos: el poder judicial. Va de suyo que en América Latina los actores de ese poder dejan mucho que desear, hablando de una forma muy superficial y timorata. No soy especialista y no debo avanzar en análisis que requieren un conocimiento muy específico y profundo. De todas formas, destaco la contraposición constante que existe entre los ejecutores de ese poder y quienes finalmente los designaron: los pueblos latinoamericanos.
¿Y cuál es el camino para superar estas carencias en el poder que, al fin y al cabo, siempre será tripartito en nuestro continente? Lo que parece dibujarse en un horizonte que todavía se vislumbra con contornos difuminados es la unificación de fuerzas democráticas que, con sus diferencias y sus disidencias, comprenden la significación de acciones conjuntas en defensa de los principales postulados del sistema de Estado republicano, democrático y en muchos casos federal existente en nuestro continente.
Esta es la quinta deducción : las fuerzas democráticas evidencian algo más que tendencias a la acción conjunta. Podemos hablar de asociaciones estrechas triunfantes en Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela, Bolivia, Paraguay, etc. De triunfos cercanos como en el caso de México. De imposición de caminos democráticos como en Colombia o en Perú. Y todavía habrá que esperar la inminente conclusión de procesos electorales en Ecuador y algunos países centroamericanos.
Aparecen como claros los triunfos de Lula en la reelección brasileña y de la oposición sandinista en Nicaragua, inclusive con el respaldo de algunos sectores somocistas.
Además de la acción electoral, conceptualmente trascendente por lo que exhibe de novedoso y contagioso, esta conjunción democrática nacional se proyecta hacia emprendimientos concretos en el terreno regional, como una consecuencia de los objetivos democráticos y populares (no “populistas”) que estos movimientos hacen propios. Desde proyectos energéticos impensados hasta hace poco tiempo atrás, como el Gran Gasoducto del Sur hasta acciones de alto contenido social como las campañas de alfabetización, médicas o de asistencia social que se llevan a cabo con la participación de especialistas de distintos países en el territorio de terceros países.
La reciente “cumbre” mercosureña en Córdoba, donde se decidió la creación del banco de desarrollo, del Bonosur y otros mecanismos financieros tendientes a dotar de recursos para que los países “pequeños” puedan desarrollar sus proyectos básicos, el funcionamiento de “Petrosur”, la petrolera del MERCOSUR, así como del parlamento del MERCOSUR y otras acciones conjuntas, es un altísimo ejemplo de este movimiento hacia la unidad soñada por nuestros Libertadores.
Esta acción conjunta, esta comunidad de intereses y objetivos que recorre América Latina ha permitido cambiar el curso de los conflictos regionales y coadyuvar a que desemboquen en soluciones consensuadas. Ese es el caso del centenario litigio boliviano-chileno de la salida al mar. Se han tornado frecuentes las reuniones entre los presidentes Bachelet y Morales. En tanto que por el lado chileno se reconoce la necesidad de resolver el problema de una manera favorable a los intereses bolivianos, La Paz desliga esta solución de la provisión de gas a Chile.
Morales afirma que entre los dos países ahora impera “la diplomacia de los pueblos”, y que “ si el mar nos separó de Chile, el mar nos tiene que unir ”. El ex dirigente cocalero relató la emoción que sintió aquel soleado 10 de marzo, un día antes de la toma de posesión de Bachelet, cuando en el Estadio Nacional de Santiago cinco mil personas coreaban “ mar para Bolivia ”. Y agregó: “Algunos de mis amigos botaron lágrimas. Imagínense, que en Chile, en Santiago, la gente exija mar para Bolivia. Ésa es la diplomacia de los pueblos”, dijo.
Pero además trasciende al plano internacional. La reciente reunión del Movimiento de No Alineados en La Habana fue un claro ejemplo de ello. En principio, la propia reactivación del NoAl se debe a la gestión latinoamericana.
El vicecanciller cubano Abelardo Moreno, afirmó en estos días de reunión que “un NOAL fuerte y cohesionado es más necesario que nunca en el actual contexto internacional” , caracterizado como "un mundo unipolar, en el cual impera el uso de la fuerza, el irrespeto a la soberanía y al derecho de los Estados a su independencia".
En el terreno económico, los representantes latinoamericanos plantearon la creación de una “Comisión del Sur” que permita fijar caminos propios de desarrollo, no dependientes de los dictados del FMI o del Banco Mundial. “El desarrollo es un derecho fundamental y para lograrlo tenemos que fomentar la cooperación" , dijo en la reunión del NOAL el presidente de Panamá, Martín Torrijos.
Entre los planteos latinoamericanos formulados en La Habana, aparecen la promoción del multilateralismo frente a las pretensiones hegemónicas, el respeto de los derechos humanos, incluido el derecho al desarrollo, el enfrentamiento a la doctrina de la guerra preventiva y a la clasificación de "los países como buenos o malos", sobre la base de criterios unilaterales.
Es precisamente esta posición consensuada de la mayoría de países latinoamericanos que se acaba de evidenciar en la reciente “cumbre” del FMI en Singapur. Liderados por Argentina y Brasil, estos países anunciaron que se opondrían a las declamadas reformas de la organización, que no aclaran si los países emergentes tendrán en ella mayor peso o si seguirá el tradicional esquema por el que todo el control es detentado por las potencias centrales.
De modo que, como conclusión final es posible decir que estas posturas políticas iniciadas en procesos de coherencia económica regional, son el resultado del propio desarrollo de las tendencias asociativas. Y que, por lo visto, con mayores o menores coincidencias, con los avatares lógicos de estos difíciles pasos conjuntos, América Latina marcha hacia la consolidación de su rol protagónico en el contexto mundial y hacia la continua elevación de los niveles de vida de su población mediante la integración y la complementariedad.
Una respuesta moderna y verdaderamente revolucionaria en el contexto de un siglo que requerirá, para su efectivización, una auténtica vocación de unidad y de consenso. Y la sólida actividad, en todos los niveles, de líderes consustanciados con los reclamos de nuestros pueblos.
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