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El peronismo y la concertación
Por Roberto D. Roitman

El peronismo desde su fundación ha reconocido la necesidad de integrar frentes, movimientos, coaliciones, acuerdos programáticos, dada la insuficiencia de un solo actor para llevar adelante transformaciones sustantivas. “Esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”, “ni sectarios ni excluyentes”, “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”; son algunas de las consignas que evidencian lo que se concretó en la presencia de Quijano, Borlenghi, Mercante, Forja, los intentos con Sabattini, Frondizi, Alende, Solano Lima. Más recientemente, el Frejuli, la Hora de los Pueblos, el abrazo Perón-Balbín, hasta, en nuestro días el Movimiento Nacional y Popular, el Frente para la Victoria, etc. Encuadrados en concertaciones, Planes Quinquenales o Trienales etc. que expresaran en programas de gobierno esa voluntad de transformación.

La Argentina viene reconstruyéndose en lo político, y como consecuencia, también en lo económico, social, cultural, educativo, tecnológico, a pasos acelerados, aunque asimétricos. Post 2001, reconstituida la autoridad presidencial, relanzado un rumbo de crecimiento económico “asiático”, recuperado un rol protagónico del Estado a favor de las mayorías, recuperada la fe en que es posible la construcción de un destino conjunto... se nos plantean los deberes pendientes.

Al definir cuáles son esas tareas, surge también quiénes son nuestros enemigos y cuáles son las “causas” a las que se nos convoque. Y, sin equivocarnos: el enemigo es la exclusión, la pobreza, la desigual distribución del ingreso, el subdesarrollo, la inseguridad, la falta de oportunidades para jóvenes y viejos, la desintegración territorial, la agresión al medio ambiente, la discriminación, la intolerancia, la drogadicción y la violencia, la enfermedad del espíritu que nos lleva a pensar en términos individuales, sin acordarnos de aquello de que “nadie se realiza en una comunidad que no realiza”, la pérdida del sentido de nuestras vidas confundiendo medios con fines, etc.

Contra esos enemigos es que se debe ejercer una acción colectiva, conducido por un gobierno que, para que nos exprese a todos, no puede ser de un solo partido.

Hay que dimensionar que la crisis 2000/01 ha sido de una magnitud tal que aún no termina de resolverse. Y es en lo político y en lo social donde se registran los mayores atrasos. La contundencia y profundidad del reclamo “que se vayan todos” no ha encontrado todavía cauces de resolución. La dirigencia de la sociedad argentina, y de la mendocina, no se ha hecho eco (en la realidad, no en los discursos) de este reclamo pendiente y vigente. De allí también los insólitos niveles de descreimiento, falta de participación, alejamiento del conjunto de la sociedad sobre los espacios públicos, y la mirada de permanente desconfianza hacia todo aquello que huela a “poder político”: sea ejecutivo, legislativo o judicial, gremialista, periodista, policía o dirigente social.

 

Recuperar la identidad: el camino hacia la concertación

Lo que hoy muestra el escenario político mendocino parece más una película efectista que taller de forja de movimientos nuevos. Como decía hace 80 años la dirigente feminista Julieta Lantieri: “Todo es circular, pero sin profundidad como para transformar algo más que la propia realidad material de los que se miran entre ellos. Todo es circular, mirado en espejos donde son los mismos los que se reflejan”.

La política, noble actividad surgida para la transformación colectiva y organizada de la realidad, se ve reducida a “torneo de vivos” o a “agencias de empleo”. Confiscada la voluntad popular, con mecanismos donde los menos eligen a quienes los más deben votar. Si hacer política hoy es sólo hablar con periodistas y fabricar una realidad artificial y luego verificarla en los medios de comunicación, el tobogán es pronunciado e inevitable: es para pocos. Y los muchos, los excluidos, son resignados a una realidad (la que se oculta en el otro mundo, no construido de imágenes, de ondas y papel) que lucha por emerger, y cuando emerge suele ser el subsuelo de la Patria sublevada para hacer tronar el escarmiento.

Una acción política, o de gobierno, se concibe, planifica, organiza, ejecuta y explota. Gobernar no es anunciar. Muchas veces nos quedamos con la sensación que el acto de gobierno termina con el anuncio.

¿Cómo recuperamos hoy las identidades propias de los actores, comenzando por lo de los sectores políticos, única manera de emprender acciones conjuntas? ¿Cómo organizar?, ¿quién lo debe hacer? Con partes de la vieja institucionalidad (esa que se quebró en 2001) y las nuevas formas que necesitamos. “La Patria, como las víboras, muda su piel” nos enseñaba Marechal.

El peronismo, como todos lo sectores de la sociedad argentina (y más allá) sufrió el contagio de la enfermedad del “pensamiento único”. Hoy está en franca recuperación -aunque algunas apariencias engañen- por un camino que comienza en reconocer sus propios errores. Lo mismo ocurre con el resto de las fuerzas políticas, movimientos sociales, organizaciones gremiales, empresariales, comunicadores sociales, etc.

La sociedad mendocina está en camino de reparar sus desconfianzas, de aprestarse a desafíos colectivos, que no debe ser frustrado por anuncios rimbombantes, por “efectos especiales” que iluminan parcialmente con gran intensidad los escenarios, pero con igual fuerza se desvanecen.

En toda América Latina, y más allá de estas fronteras, emergen nuevas formas de expresar la oferta electoral para enfrentar los grandes desafíos que nos convocan, y también para captar la fragmentada sociedad. Dos Santos y Calderón han sistematizado las distintas formas a las que se ha recurrido desde frentes electorales, a acuerdos programáticos, a simples encolumnamientos tras de líderes carismáticos. De la “modernización conservadora”, al “reformismo político y social”, “los “nacionales-populares”, hasta el MAS de Evo y su frente en Bolivia, ofrecen ejemplos.

Pero cuando esta voluntad no se explicita y aclara frente a la sociedad, no se precisa qué son, quiénes son, para qué están, qué clase de sociedad es, etc... se corre el riesgo de que se piense que sólo es para perpetuarse en el poder.

Debe explicitarse. Hacer pedagogía, ejercer la conducción para el conjunto, si es que se cree en el concurso organizado del pueblo para gobernar. Si no parece que se ponen los caballos delante del carro (como comprar micros y luego licitar, o comprar un local para no se sabe qué banco), en lugar de armar un barco para llegar a un destino.

La sociedad fue sometida a procedimientos que los partidos le impusieron. Más allá de esa vocación de “hacerse cargo, de ponerse el país al hombro” del peronismo, también sus internas las dirime la sociedad (tres candidatos a Presidente en el 2003), al igual que el radicalismo con sus tres candidatos (Moreau, López Murphy, Lilita Carrió). No se animaron a resolver sus problemas internos, o no pudieron.

Debemos respuestas de la dirigencia a la sociedad. Esta sociedad que, afortunadamente, sigue más adelante que sus dirigentes, quienes todavía mucho de ellos se mueven en la política circular: los mismos, en sus espejos, y autonomizados. La mayoría mirándose el ombligo, y a veces el bolsillo, con preponderancia de intereses individuales sobre los colectivos. Es difícil que se vea de otra forma. Particularmente cuando “gobernar es anunciar”.

Como ha señalado Antonio Gramsci: “Las ideas se convierten en verdaderas fuerzas materiales cuando adquieren una dimensión colectiva. Sus creencias ponen en movimiento una determinada situación histórica”.

La sociedad está para cosas más serias que las que hoy se le proponen.

 

 

 
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