"..lo spirito etico ha nella política la premessa della sua attivita e insieme il suo strumento, quasi un corpo che essa riempia di un'anima rinnovata, e pieghi ai suoi fini. Non via morale, se prima non sia posta la vita economica e política; prima il "vivere" e poi il "ben vivere". Ma altresi non vita morale che non sia insieme vita economica e política, come non anima senza corpo. E l'uomo morale non attua la sua moralita se non operando políticamente, accettando la logica della política." Benedetto Croce. Filosofia-Poesia-Storia. Ricciardi Editore. Milano. Italia. 1951, pag. 578-579.
Cuando los procesos de representatividad política son el vinculo histórico de la legitimación de la expresión democrática, se encuentra el dilema entre la ética de los actos y acciones de los elegidos por el voto ciudadano.
En muchas circunstancias, especialmente en los momentos de crisis de representatividad, surge la posibilidad y el deseo de transgredir el juego de la política de masas y provocar situaciones proclives al autoritarismo y la falta de aceptación de la alteridad.
El sentido común y la racionalidad son entonces llamados a protagonizar un papel significativo en la escena de la negociación y la disputa política, para el buen gobierno de las acciones humanas y para obtener el consenso de las mayorías.
Los momentos de transición o de crisis son entonces puntos de inflexión en las formas de hacer de la política y pueden incluso catalizar en procesos revolucionarios de cambio permanente en las percepciones de la conciencia colectiva de un pueblo.
Es digno recordar a 60 anos de peronismo, el impacto producido en nuestra historia política por el 17 de octubre, y las secuelas de la revolución social inconclusa del peronismo producto del golpe del 55.
Es necesario reconocer también que dicho momento histórico reflejo esta tendencia al acercamiento a percepciones erróneas entre la expresión de los actos políticos, en la búsqueda del "bien vivir", a saber a la época los rasgos de la económica del bienestar, y la aceptación de la ética de la democracia social. Como ejemplo tenemos la constitución del 49, avanzado código institucional, que no pudo ser votado por el conjunto del arco político vigente en ese momento, produciendo un marco normativo con limitada legitimidad formal.
En la actualidad el contexto democrático que resulta de la salida de la crisis del 2001-2002, y las secuelas de la recuperación del funcionamiento de la economía y de la política, lleva a provocar un dilema sobre la proyección en el mediano y largo plazo de las formas de gobierno y la vinculación entre la política "tout court" y la ética social.
El loable esfuerzo de la dirigencia, en sentido amplio del termino, para ponerse a tono con una representatividad real, coloca al momento de lectura del resultado electoral, como un momento de reflexión y de necesidad de madurez para afrontar los desafíos del próximo periodo.
Reconocer el escenario vital existente, no significa desmerecer el papel de la voluntad y de la utopía posible en el transito de la política, sino asumir que la única verdad, para los actos políticos, es la realidad.
La pregunta que surge, es ¿Cual es el mensaje que la clase política tiene que volcar al pueblo para permitirse hoy, planificar y proyectar una identidad nacional representativa de la expresión de las masas y de su conciencia social?
En su momento, y tratando de no caer en la melancolía conceptual, existieron como discursos de búsqueda de un mito constitutivo, la comunidad organizada, la Argentina potencia, o el tercer movimiento histórico.
En la actualidad la carencia de un debate profundo sobre el contexto social local, lleva a tener una debilidad política para afrontar las contradicciones y los conflictos tanto en el plano nacional como internacional.
Es imprescindible asumir el compromiso de consolidar un proyecto de largo aliento, para poder reconocerse como Nación y reconocer al otro, en la disputa política.
La indisoluble relación entre la economía y la política, generan también, la perentoria concreción de un perfil de industrialización y de modernización de las formas de fijación del vinculo entre trabajadores y empresarios que desarrolle la dignificación del trabajo y de la inversión productiva.
El crecimiento económico no puede estar desvinculado de una distribución progresiva del ingreso que incluya, lo mas velozmente posible a la masa de desocupados crónicos que la estructura del modelo productivo genera en los últimos diez anos.
Después del Tequila, a finales del 94, un sector importante del movimiento obrero quedo desposeído de su fuente de trabajo, y el resto de la masa laboral, fue sometida a condiciones de producción propias de la precarizacion y flexibilización del contrato de trabajo.
El desconocimiento de los rasgos de justicia social históricamente obtenidos por el movimiento obrero en Argentina, se profundiza con el estancamiento económico desde el 99 al 2001 y entra en situación límite a partir de agosto del 2001.
La expresión política del movimiento obrero queda desnaturalizada, entonces por su debilidad frente a los cambios económicos, tanto en el periodo de destructuracion del Estado empresario, década del 90, como a posteriori con la desocupación masiva y la pesificacion asimétrica, que perforaron el contenido del salario, tanto en lo material (poder adquisitivo), como en la subjetividad del trabajador como ser digno y representativo del contrato social democrático.
La mejora del poder adquisitivo del salario, tiene entonces dos características sustantivas, la primera es la mas conocida, en lo que significa como ampliación del mercado de consumo y mejora del nivel de vida de los asalariados, la segunda tiene que ver con la posibilidad de ser conciente del papel que tiene en el conflicto social y en la posibilidad de una justicia reivindicativa de su condición.
En lo que respecta al sector empresarial, la orientación de la inversión, a través de un perfil industrializador, coloca a nuestra sociedad, nuevamente en el proceso de modernización y de cambio tecnológico.
La globalización exige tener un producto de mayor calidad y con mayor valor agregado. La generación de producciones primarias y sin procesos de transformación locales, disminuye las posibilidades de absorción de desocupados, y nos relega a un papel de economía periférica, carente de autonomía en su desarrollo.
Los grados de libertad de una economía, surgen de su núcleo interno de crecimiento, y la reproducción de su capital tiene un componente endógeno fundamental.
El comercio exterior y la inversión externa tienen un papel destacado, siempre que la centralidad del desarrollo este orientada a la adecuación de las condiciones de producción en función del propio proceso industrializador.
Dejar a la determinación externa las pautas de crecimiento, llevan a los ciclos conocidos de stop and go, que tanto nos afectaron en nuestra historia económica y social.
Frente a este condicionamiento surge, como perentoria, la necesidad de compatibilizar el ciclo económico y el ciclo político.
Para lo cual definido el proyecto doctrinario, orientado por la justicia social el problema de la normativa ética se resuelve con la política desde el vértice del Estado. Esto obliga al reconocimiento de las formas institucionales y a la valorización de las representatividades orgánicas, para poder diseñar un plan de mediano y largo plazo acorde con la adecuación de nuestra identidad a los elementos rescatables del proceso de globalización.
Como ejemplo, podemos observar, con la distancia del caso, el proceso de consolidación política surgida con la gran coalición en Alemania, después de la última elección, y como el mismo produce efectos en el papel de Francia, Inglaterra y los otros socios menores de la Unión Europea.
Es evidente que en nuestra realidad un fortalecimiento de la gobernabilidad en Argentina, permitiría retomar una senda de concreción del mercado regional ampliado del MERCOSUR, que se encuentra en la actualidad tironeado por las dificultades políticas en Brasil y los papeles disímiles de los otros componentes menores de la región frente al ALCA, a la expansión del grupo incluyendo a Venezuela, o a las diferencias sectoriales y de barreras proteccionistas entre Argentina y Brasil.
En definitiva podemos sustentar la posición, de búsqueda de una consolidación del poder político para otorgarle validez y sustentabilidad al ciclo económico. Esto podría posicionar a la Argentina en un periodo de crecimiento, evitando el carácter ciclotímico, de crisis más recurrentes, que disminuye las grandes modificaciones del modelo, de 10 años en la década de la primera etapa de la globalización, a periodos de tres a cinco anos.
Esta definición de comportamiento, no significa quitarle contenido sustantivo a la significación de la contienda política, sino ubicarla en su justo término, de modificación del discurso y de intento de revertir el descreimiento del sujeto social.
La frustración de una opción, nos dejaría nuevamente huérfanos de liderazgos políticos institucionales y carentes de una esperanza de justicia para los sectores mas desposeídos de nuestro pueblo.
La condicionalidad internacional, que no esta en lo inmediato direccionalizada en esta región sudamericana, salvo para temas de seguridad y vulnerabilidad financiera de los organismos multilaterales de crédito, esto nos permite cierto grado de libertad para intentar la validación de un mito constitutivo que permita una identidad nacional y social con una autonomía relativa.
En esta circunstancia la posibilidad de un cambio en la metodología del uso del poder puede hacer que el papel ético de la política en su representatividad democrática, vuelva a ser prioridad para efectivizar una gobernabilidad orientada a la justicia social.
Buenos Aires, 22 de octubre 2005 |