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Cada vez que asume un secretario o un ministro de cultura hay algo que no queda del todo claro. Todos entendemos más o menos bien de qué se ocupan un Ministro del Interior, un Canciller o el Ministro de Economía. Pero... de qué se ocupa el Secretario de Cultura?
Se supone que este es el funcionario responsable de concebir y gestionar las políticas culturales del estado. Pero entonces aparece una segunda pregunta: y qué es una política cultural? Y detrás de esta pregunta se agazapa otra, implícita: y qué es la cultura? De qué se habla cuando se habla de cultura? Y lo que es peor...: a qué se refieren los políticos cuando se refieren a la cultura?
Exagerando un poco las cosas, parecería que "todos" estamos de acuerdo con que la cultura es algo tremendamente importante, que no hay país si no hay cultura, que nuestra identidad como nación depende de ella, etc Sin embargo, a veces parecería que no se sabe de qué estamos hablando. No obstante, no debería sorprender que la palabra “cultura” sea interpretada de maneras muy diversas y que genere abundantes polémicas.
Un poco de historia.
En términos simples y directos se dice que la cultura es todo lo que hacen los seres humanos cuando actúan y piensan acerca de su vida como seres sociales. Llegar a una idea en principio tan sencilla no fue fácil. La noción actual de cultura es el resultado de un proceso histórico.
Si nos mantenemos dentro de la tradición occidental, en general se admite que "cultura" viene del latín cultus : cultivo, o sea, la actividad humana de la cual dependía la subsistencia. Pero es un prejuicio creer que "cultivar" era una tarea simple. El "cultivador" era un hombre que dominaba el uso de ciertos instrumentos (arado, etc), que comprendía el ciclo de la estaciones (para saber cuándo sembrar), que sabía cómo funcionan las relaciones alrededor de las cuales se organiza el trabajo (organización social, etc) y que conocía y reconocía como propios los "conocimientos" que le dan sentido a todo esto (mitos, creencias y ritos religiosos, etc.)
Este sistema que articula técnica, herramientas, relaciones sociales y una cierta explicación del mundo hacía que "lo natural" -extraño y potencialmente peligroso - se volviera propio, habitable y relativamente seguro. Por eso la idea de cultura también estaba relacionada con la palabra collo , que significaba "habitar": habitar el orden o el mundo creado por la sociedad de los hombres, la comunidad, a diferencia del ambiente habitado por los animales. Más o menos esa era la idea de los romanos.
Los griegos, en cambio, no conocían la palabra cultura. Y como nos resulta intolerable que los padres de nuestra cultura no contemplaran justo esta noción, erróneamente se ha dicho que paideia significaba lo mismo - pero en realidad se trata de un sustantivo que remite al proceso de educación que se consolidó en ciertas prácticas educativas atenienses del siglo V ac. Pero no debería extrañarnos que los griegos no incluyeran la palabra en su vocabulario. Tampoco lo hicieron otros pueblos referenciales de la antigüedad como los egipcios y los chinos. Ni se conocía semejante palabra entre los habitantes originarios de América.
No obstante, todos ellos estaban de acuerdo en que pertenecían a un determinado pueblo: a su modo, cada cual coincidía en que había "algo" que los identificaba y que los diferenciaba de otros, algo así como una "forma de ser" - ya sea que hablemos de comunidades de recolectores o de cazadores, ya sea de civilizaciones que alcanzaron el nivel urbano con un importante desarrollo económico y una notable sofisticación en su sistema socio-político e institucional.
Pese a que no usaban la palabra cultura, los griegos investigaron el asunto. Tal vez su mayor aporte en el tema consistió en un acuerdo generalizado según el cual el hombre sólo puede completarse o realizarse en el seno de su comunidad, esto es, como ser social. Plantearon que existe una relación directa y necesaria entre la educación en sentido amplio y la vida en sociedad.
Tal era esta coincidencia que hasta Platón y Aristóteles acordaban al respecto (ver La República o Las Leyes del primero, o La política y La Retórica del segundo). Polemizaban, en cambio, respecto del trabajo como parte integrante de la cultura. Para las posiciones aristocratizantes (Platón) lo importante en la formación del ciudadano era la producción teórica, la actitud especulativa y contemplativa, mientras que Aristóteles introdujo una diferencia que terminó cumpliendo un papel destacado en la filosofía occidental. En efecto, es notable su reivindicación de la techne en La Poética , o sea, la valorización del hombre como sujeto capaz de crear y producir a partir del trabajo - entendiendo por trabajo a la aplicación de una técnica sobre una materia prima para producir/crear un objeto nuevo (artístico o práctico) que completa o enriquece al mundo.
La cultura entendida como una actividad contemplativa que desdeña las artes manuales - y en general la capacidad de producción material - fue dominante durante el mundo medieval. El llamado Renacimiento recolocó el aspecto práctico del conocimiento e integró al trabajo como parte de la vida cultural. Pero la idea no duró mucho.
A mediados del siglo XVI se inicia el proceso de conquista de los pueblos americanos y de diversas sociedades de África y Asia. A un tiempo comienzan el encuentro y el intercambio con culturas diferentes y el proceso de dominación socio-económica y colonización cultural. A pesar de ello, en la Europa Moderna - con la consolidación del absolutismo - se instala la idea aristocrática de la cultura igual al refinamiento estético, erudición, amaneramiento y aprecio de las bellas artes propios de ciertas clases sociales. En ciertas tendencias intelectuales se llegó a confundir esta idea de la cultura con la idea de civilización, de donde eran civilizados aquellos que se comportaban según el patrón de lo culto establecido por las cortes absolutistas - fenómeno que inclusive se instaló en sectores colonizados de los pueblos conquistados. Durante mucho tiempo tuvo vigencia aquella idea según la cual había tres etapas evolutivas: salvaje, bárbaro y civilizado.
Recién en el siglo XIX aparecen los primeros intentos por encontrar una definición más o menos útil y precisa del término. Ante la necesidad de comprender a los otros para dominarlos mejor, la Europa burguesa estableció una serie de dicotomías analíticas al estilo de mito/razón, espíritu/materia, etc que tuvieron su utilidad a puros efectos clasificatorios pero que resultaron completamente insuficientes a la hora de producir un pensamiento sintético capaz de dar cuenta de la realidad social.
La filosofía idealista alemana realizó importantes esfuerzos teóricos por superar la identificación de cultura con ilustración/educación - que en última instancia no era más que el resultado de privilegios de clase. Fue así que cultura se convirtió en una propiedad o característica compartida por todos los seres humanos, independientemente de la clase o región del planeta al cual pertenecieran.
Se cree que la primera definición de "cultura" fue obra del etnógrafo alemán Gustav Klemm (1802-1867): “costumbres, información y destrezas, vida doméstica y pública, en la guerra y en la paz, religión, ciencia y arte”... (que) "se manifiesta en las ramas de un árbol si están deliberadamente conformadas; en la fricción de maderas para obtener fuego; la cremación del cadáver del padre fallecido; la pintura decorativa de un cuerpo humano; la transmisión de la experiencia pasada a la nueva generación".
El fundador de la antropología académica, Edward Taylor, se inspiró directamente en la palabra usada por Klemm en alemán ( kulltur ) y propuso una nueva definición: " ese todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, ley, costumbres y toda otra capacidad y hábitos adquiridos por el hombre en tanto miembro de una determinada sociedad ”.
Los debates contemporáneos.
A partir de estos autores comienza a cambiar el problema. En el habla cotidiana aún hoy sobrevive el rasgo aristocrático de cultura asociada al "cultivo" de las artes o las letras, pero desde Klemm y Taylor - y al menos en el terreno del trabajo académico - las ciencias sociales comenzaron a producir teoría sobre bases consistentes. Se propusieron alcanzar una definición de cultura que respondiera a por lo menos mínimas exigencias científicas, esto es, por lo menos: definición unívoca dentro de un sistema teórico resistente y la posibilidad de registrar/observar la cultura así definida de manera sistemática.
No obstante, hace apenas cincuenta años (1952) Kroeber y Klukhohn en un texto ya clásico, publicaron alrededor de 400 formas de definir a la palabra “cultura”. Y las clasificaron en seis grupos: descriptivas, históricas, genéticas, estructurales, psicológicas y normativas.
Sociólogos y antropólogos trataron de salir del paso proponiendo la oposición “naturaleza-cultura”. De donde cultura sería todo aquello que no es naturaleza. La definición es insuficiente, pero al menos sirvió para diferenciar lo biológico de lo cultural. Esta óptica tuvo un importante beneficio político: dio origen al llamado relativismo cultural y permitió desmentir las variantes más primarias del etnocentrismo.
Es decir, si cultura es todo lo que no es naturaleza, entonces todas las sociedades tienen cultura – y si todas la tienen, entonces ninguna de esas culturas puede ser discriminada.
Si bien se trató de un paso positivo, la idea de cultura igual "no naturaleza" tiene el defecto de ser excesivamente amplia: “al abarcar la noción de cultura tantas dimensiones de la vida social (tecnología, economía, religión, moral, arte, etc) la noción perdía eficacia operativa", como señala García Canclini.
Otro intento de las ciencias sociales por definir a la cultura se apoya en la oposición “sociedad-cultura” (eminentemente Linton y Bourdieu, con diferencias de grado también Gramsci y Lukács). Apoyados en los principios básicos del materialismo histórico, este tipo de autores concibe a la sociedad como un conjunto de estructuras objetivas que organizan la distribución de los medios de producción – estas estructuras, a su vez, determinan las prácticas sociales, económicas y políticas.
Sobre esta base más consistente se puede definir que la cultura “abarca el conjunto de procesos sociales de producción, circulación y consumo de la significación en la vida social”. Esto nos permite instalar a la cultura como un proceso social – lo cual implica que la cultura “se produce, circula y se consume en la historia social”. (García Canclini).
Estamos entonces en el terreno de la cultura como proceso, como objeto histórico que se transforma y que nos transforma incesantemente – lo cual hace que a veces resulta más bien intrincado exponer un análisis serio acerca de la vida cultural.
El mismo García Canclini propone una forma diríamos que amable de acercarse a un problema tan complejo. Ya está claro que la definición tradicional de la antropología (cultura es todo lo que hacen los hombres, cultura es la totalidad de la vida social, etc) resulta insuficiente por excesivamente amplia. Pero podemos aclarar que "todas las prácticas sociales contienen una dimensión cultural, pero no todo en esas prácticas sociales es cultura". Hay un ida y vuelta constante entre cultura y sociedad, entre práctica social y cultura.
Todas nuestras conductas significan algo. Todas interactúan socialmente. Lo cual permite proponer que existe una relación de ida y vuelta permanente entre lo social y lo cultural. Sobre este tipo de observaciones Pierre Bourdieu interpretó a la cultura como un espacio de reproducción social y organización de las diferencias.
Otros autores prefieren decir más o menos lo mismo de manera más sugestiva: dado que todas nuestras conductas están cargadas de significación, y dado que todas ellas participan de la interacción social, entonces la cultura sería algo así como una escena en la cual adquieren sentido las transformaciones sociales, la administración del poder y la lucha contra el poder. O sea, como sintetiza García Canclini, la cultura entendida como una instancia de conformación del consenso y la hegemonía. Es decir que en la cultura se dramatizan los conflictos sociales.
Si todo esto es más o menos así, entonces necesariamente estamos en el terreno del conflicto político-ideológico. Y de este modo, la cultura se convierte en uno de los protagonistas de las luchas por el poder.
Bibliografía general:
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Gramsci, A.: Literatura y vida nacional. Lautaro. Buenos Aires. 1961.
Invernizzi, H. y Gociol, J.: Un golpe a los libros. Eudeba. Buenos Aires. 2002.
Jauretche, A.: Los profetas del odio y la yapa. Corregidor. Buenos Aires. 2002.
Magrassi, G. y otros: Cultura y civilización desde Sudamérica. Búsqueda. Buenos Aires. 1982.
Margulis, M. y Urresti, M.: La segregación negada. Biblos. Buenos Aires. 1998.
Santillán Güemes, R.: Cultura, creación del pueblo. Guadalupe. Buenos Aires. 1985.
Williams, R.: Marxismo y literatura. Península. Barcelona. 1980.
Williams, R.: Cultura. Sociología de la comunicación y arte. Paidós. Buenos Aires. 1984.
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