Los esposos Putin agasajaron este miércoles pasado a los Bush directamente en el Salón VIP del aeropuerto Vnúkovo-2, la estación aérea oficial de la capital rusa, recientemente inaugurada tras su reasignación al Gobierno de Moscú.
Esto ocurrió en la “escala técnica” efectuada por el “Air Force 1” del presidente norteamericano rumbo a la reunión en Hanoi del Foro de Cooperación Económica de los 21 países de Asia y del Pacífico (APEC), que se realizará el sábado y el domingo próximos.
El encuentro solicitado por Bush, fue organizado por Putin en el más alto nivel de la hospitalidad. La comida fue tan copiosa que el mandatario estadounidense reanudó el vuelo con casi treinta minutos de demora con respecto a la hora inicialmente prevista.
En la recepción al pie de la escalerilla, Vladímir Putin le obsequió a Lora Bush un enorme ramo de rosas amarillas. Los Bush le regalaron al matrimonio presidencial ruso una fotografía donde los cuatro aparecen paseando en electromóvil, durante el último “G-8” en San Peterburgo, en junio pasado. “Nostalgias que la vida se llevó…” podría decirse.
La “escala técnica” fue considerada por los observadores internacionales como “un paso bastante inesperado” dado por la Casa Blanca si se toma en cuenta que al día de hoy las relaciones entre ambas potencias atraviesan por su peor momento desde la caída de la URSS. Posiciones encontradas en puntos clave de la agenda internacional como Irán o Irak, los tira y aflojes para el ingreso de Rusia a la OMC hasta hace un par de días impedido por Washington, la ingerencia norteamericana en la Comunidad de Estados Independientes, cuando Moscú considera a los ex países soviéticos integrantes de la CEI como su “espacio cercano”, convirtieron estas relaciones en una decidida escalada de preparativos para la confrontación, sin excluir los bélicos.
En los últimos tiempos, Moscú ha proclamado la renovación a ultranza de su armamento, lo que incluye nuevos mini-submarinos Stelth, aviones de quinta generación, misiles no detectables por ningún sistema norteamericano, renovación del arsenal atómico, reestructuración de los cuadros de oficiales, etc. Las ventas del monopolio armamentista ruso “Rosoboronoexport” superaron los diez mil millones de dólares este año y se colocaron ya en el primer lugar mundial, desplazando a los propios Estados Unidos. Chile, Brasil y Venezuela son materia palpable de este auge.
Pero por lo visto, el presidente ruso se preocupó por exhibirse ante su colega norteamericano como un verdadero anfitrión. Las conversaciones transcurrieron en medio de una gran degustación de platos de la cocina rusa. Fueron servidas ensaladas de cangrejos de Kamchatka, la famosa ensalada “Olivié”, entre nosotros conocida como… “ensalada rusa”, grandes potes de cristal con caviar rojo y negro, surtidos lujosos de exóticos pescados siberianos, lengua, hongos salados, pastet de berenjenas, frutas y verduras. Suaves blinís con requesón y gelatinas de carnes. De plato caliente se ofrecieron “golubtsí”, hojas de parra rellenas con esturión aderezadas con salsa vegetal y costillar de ternerita hecho en “mangales”, barbacoas rusas. Para el postre masas con dulces de bayas, surtido de tortas y charlote doméstico.
Para los periodistas se sirvió anchoa a la crema, surtidos de carne, encurtidos, gelatinas, surtidos de pescado rojo y blanco y como plato caliente carnes rojas y blancas con guarniciones de legumbres y hortalizas.
En todas las mesas, las bebidas fueron exclusivamente sin alcohol: aguas, jugos, kvas (un destilado de cereales pero sin alcohol) y mors (un dulcísimo jugo de bayas).
En un ángulo de la sala se había colocado una carreta con frutas y verduras: enormes zapallos, berenjenas y pepinos, manzanas y peras, uvas e higos, caquis y mandarinas. La carreta estaba decorada con haces de espigas de trigo y del travesaño pendían ristras de ajo y de cebolla.
La abundante oferta culinaria destruyó definitivamente la cuidadosa definición de los funcionarios de la cancillería rusa, que insistían hasta poco antes del encuentro en que se trataría de una “escala técnica con un subtexto político”…
De modo tal que el primer acuerdo de sobremesa fue la aceptación estadounidense para el ingreso ruso a la OMC. Además, en esta semana Moscú firmó también acuerdos similares con Costa Rica y Shri-Lanka. Le quedan pendientes Moldavia, cuestión de días y Georgia pero Tbilisi, tras la firma de sus padrinos washingtonianos, no tardará en seguir sus pasos.
El tema central del encuentro en Vnúkovo-2 ha sido, sin embargo, Irán. Por ahora se desconocen los términos de la negociación. En este punto, las divergencias son mayores que las convergencias. Sobre todo, respecto de las sanciones a aplicar al régimen de Ajmadinedzhán. Ayer, además de las habituales declaraciones de Teherán en cuanto a la incorporación de nuevas centrífugas para el enriquecimiento de uranio y el carácter pacífico de estas acciones, la Agencia Internacional de Energía Atómica anunció el descubrimiento en Irán de rastros de uranio altamente enriquecido. El Departamento de Estado, en este sentido, advirtió que “esto debe servir de shock despertador para todo el mundo”. El cálculo de la AIEA es que Irán estará en condiciones de preparar armas atómicas para 2009. Pero Rusia está construyendo la central atómica de Bushehr para la cual además suministrará combustible, y tiene previsto firmar con Teherán la construcción de otras centrales.
Putin, seguramente, tiene que haber informado a Bush sobre sus recientes negociaciones en Moscú con el secretario de seguridad iraní Ali Laridzhani. El Kremlin y el enviado persa reiteraron su disposición a construir en Rusia centros de producción conjunta de uranio enriquecido.
Moscú ha establecido hace ya un tiempo, en vistas de la política “autista” de Washington, una línea de política internacional que fue llamada “marcha a Oriente”. Así es que, al margen de los más que ricos contactos con la Unión Europea, el Kremlin ha repotenciado sus antiguos lazos con China, la India, Irán, Vietnam y otros países de la región asiática. La Organización de Cooperación de Shanghai, que reúne a estos Estados, se ha consolidado como una concreta alternativa a la OTAN y sus líderes, Rusia, China y la India, conformaron una espectacular entente bélico-armamentista.
Resultan infructuosos los intentos norteamericanos para ingresar a ella y, por el contrario, sufre enormes desgastes en los países lindantes con el foco crítico iraquí-afgano. Ha tenido que dejar sus bases en Uzbekistán. Tadzhikia le impuso condiciones brutales para poder utilizar una base aérea donde repostar sus C-130. Turkmenistán y Kirguizia hacen oídos sordos y atienden con toda la gentileza oriental a las numerosas delegaciones de congresistas norteamericanos que llegan a sus tierras, pero niegan sistemáticamente entrar en negociación con Washington y, más concretamente, con el Pentágono.
Por otra parte, el Kremlin sigue reforzando sus suministros de hidrocarburos tanto a China y Japón como a Europa Occidental. Los nuevos yacimientos de gas y petróleo descubiertos en el Mar de Ojotsk y en el Mar del Norte le permiten a Rusia planificar entregas millonarias que serán transportadas por nuevos ductos construidos con la participación financiera de la Unión Europea por un lado, y de China y Japón por el otro. Ayer, precisamente, Putin analizó con Seguéi Vainshtok, el titular de “Transneft”, el monopolio de transporte por ducto, la marcha de las obras hacia ambos extremos las que, según el informe de Vainshtok, avanza a toda velocidad.
La OTAN trata de reaccionar ante estos avances, denunciando que Moscú intenta crear una OPEP del gas. Pero eso no es correcto. Al menos en el enfoque convencional: Rusia sola es una OPEP. Su capacidad de suministro y la cercanía con los principales consumidores la tornan irreemplazable en estos campos. Y los europeos lo entienden a las mil maravillas. El socio más incondicional de Washington, Tony Blair, acaba de pedir que se respete la posición rusa en las negociaciones por la firma de la carta energética europea y se evite cuestionar la política de formación de precios internos de los hidrocarburos en Rusia.
Sin embargo, esa política interna es la que está dando un tremendo impulso al desarrollo de la economía rusa que este año, junto con el bloque de la CEI, se coloca en el primer lugar del crecimiento mundial con casi un 10 por ciento del PBI. Los precios preferenciales en petróleo y en gas hacen que los costes industriales sean realmente inferiores a los de Europa Occidental y, por supuesto, a los de Estados Unidos.
Más aún: los principales grupos económicos rusos están colocando su dinero en la compra de acciones de los grandes grupos económicos occidentales. Hace pocos días atrás, el magnate del aluminio Oleg Deripaska adquirió casi el 20% de las acciones de General Motors. El Banco de Comercio Exterior de Rusia acaba de comprar arriba del 10% de las acciones del consorcio europeo EADS, propietario del Airbus. Alexandr Mordashov colocó a “Severstal” en el mismo plano de competencia que Mital y el mundo de los aceros está siendo rápidamente dividido entre los dos grandes grupos. Los bancos rusos comienzan un proceso acelerado de fusión para garantizar la colocación de IPOs en las principales bolsas occidentales. Acá no se trata de aquellas rimbombantes compras de hoteles en Marbella por los jeques árabes. Mientras el precio del petróleo se mantenga por arriba de los 27 dólares el barril, los petrodólares rusos seguirán comprando activos occidentales.
El presidente Bush, jaqueado ahora levemente por los triunfantes demócratas de Nancy Pelosi, necesita restaurar cuanto antes aunque sea relaciones más o menos estables con Moscú. Nada fácil teniendo en cuenta que, anticipándose a esta debilidad de su “partner”, Putin ha utilizado debidamente su riqueza en hidrocarburos, que hace que Europa y Asia dependan de sus suministros y Venezuela y Bolivia inviten a “Gazprom” y a “Lukoil” para sus principales proyectos petroleros y gasíferos.
Es interesante constatar que, si antes del “G-8” un Bush militante se paseó por ese “espacio cercano” ruso para darle el espaldarazo a los presidentes Víktor Iúshenko de Ucrania y Mijaíl Saakashvili de Georgia, hoy el “Air Force 1” voló en vivo y en directo a Moscú y Bush debió solicitar la reunión con el “amigo Vladimir”. A Iúshenko, impuesto por la primera “revolución de colores” en el espacio postsoviético, no le ha ido nada bien en sus intentos de integrar a Ucrania a la OTAN y debió aceptar el nombramiento de Víctor Ianukovich, su competidor pro-ruso, como primer ministro. En cuanto a “Misha” Saakashvili, este egresado de Harvard a sueldo de la Fundación Soros, acaba de desplazar a sus principales adláteres en el gabinete, con lo que ha acelerado la caída de su imagen, bombardeada diariamente por la dura situación económica de este país caucasiano.
Bush, pues, contempla cómo sus intentos por volver a encorsetar a Rusia con una nueva “cortina de hierro” (a semejanza de los 1.600 kilómetros de muro que planea levantar en la frontera con México para evitar el ingreso de inmigrantes clandestinos) se dan de bruces con la inestabilidad de sus aliados y la dureza de sus interlocutores en la CEI. Así que ha acudido a la reunión de Vnúkovo-2, en inminentes vísperas de otra cumbre en Hanoi durante la reunión de la APEC, para buscar el hombro de Putin en este arduo camino que le espera hasta las elecciones presidenciales de 2008.
Algo bastante parecido a la “marcha a Canossa”…….. Pues el nuevo siglo plantea, como una curiosa vuelta dialéctica de la historia, el desmoronamiento de la fementida unipolaridad proclamada por tanto ideólogo trasnochado y el retorno de los “países chicos” a la principal palestra de la política internacional. Por lo visto, quien mejor aprovecha esta nueva instancia es Moscú y su recuperada cintura secular de jinete entre Europa y Asia.
Por supuesto que Moscú reconoce que es mejor mantener buenas relaciones con Washington ya que su empeoramiento puede volver el camino hacia antiguos antagonismos. Algo que también reconocen sus socios de los países BRIC: China, la India y Brasil. Es una deducción pragmática: las buenas relaciones con Washington son necesarias no porque sean agradables, sino porque sin ellas es extremadamente difícil, si no imposible, resolver cualquiera de las tareas estratégicas más importantes que enfrentan estos países: la modernización multifacética, la integración global y la garantía de la seguridad.
En lo que hace a nuestro país, los hacedores de nuestra política internacional deben atender escrupulosamente a esta ecuación, aprovechando además la cualidad de socio prioritario del replanteado Lula y la de socio entusiasta del inminente a replantear, Hugo Chávez. Dos líderes de la región que ahora, ya liberado uno de la presión electoral y el otro sin mayores problemas para su inminente reelección, están avanzando aceleradamente hacia términos de alianza estratégica de alto vuelo.
El presidente brasileño acaba de dar “luz verde” al proyecto para crear una fuerza militar conjunta sudamericana. Casualmente, esto se da luego de la reciente visita de Lula a Venezuela donde, junto con Chávez, inauguraron el gran puente sobre el Orinoco que unirá realmente a ambos países y definieron la política conjunta en hidrocarburos.
Lula presentará el proyecto para los primeros meses del año próximo pero, sin duda, recogerá las iniciativas planteadas en la cumbre caraqueña del MERCOSUR por el propio Chávez. Durante la celebración del día de la independencia venezolana, el 5 de agosto, el presidente Chávez lanzó la idea de las fuerzas armadas continentales en presencia del propio Lula, del presidente argentino Néstor Kirchner y del paraguayo Nicanor Duarte Frutos.
El objetivo de estas fuerzas armadas sudamericanas –con la cuidadosa exclusión del “gran hermano”- es impedir una aventura militar o la presión de terceros países sobre la región, y defender las riquezas naturales del continente como los hidrocarburos, el agua y la biodiversidad.
La palestra política latinoamericana, como se preveía, se perfila cada vez con mayor decisión hacia posiciones de “globalización transversal”. Algo que Washington ya no está en condiciones de torcer. En parte por un creciente y concreto antagonismo internacional y en parte porque las nuevas capas sociales norteamericanas comienzan a propugnar criterios menos cerriles y más accesibles en el manejo de la administración del Estado.
Los “neocon”, que hasta el momento detentaron el poder irrestricto y arbitrario, acaban de sufrir lo que el propio Bush calificó como “paliza”. La figura del otrora irrefrenable “sheriff” se ha deteriorado hasta tal punto que ya no alcanza siquiera para mantener bajo su égida a antiguos contertulios. Salvo el inefable “Misha” georgiano y el ahora profesor Aznar, G.W.B. ya no encuentra quien le escriba…
Por fortuna y como para mitigar esta amargura, las cumbres ruso-norteamericanas se han convertido en un hecho usual de la política internacional contemporánea. Eso es un resultado relevante del fin de la guerra fría. Sin embargo, por ahora ellas siguen caracterizadas por su tono errático, su incapacidad para superar los litigios mutuos, la carencia de programas a futuro y la inconsistencia de sus enunciados.
Al menos, esta vez la inconsistencia no se reflejó en la mesa. Como quien dice: “por algo se empieza”…